www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

crítica

Los límites del multilateralismo: continuidad y novedad en la política internacional

miércoles 13 de mayo de 2009, 14:54h
El debate sobre el papel que lo multilateral debe jugar en la gestión de los asuntos internacionales de nuestros días es, sin lugar a dudas, uno de los más importantes e intensos tanto en Europa como en España. Cualquier asunto relativo a nuestra política exterior se ve envuelto de inmediato en disputas y argumentaciones sobre legitimidades y legalidades relativas al papel jugado por unos u otros organismos internacionales. Son muchos los libros sobre la labor que cumple Naciones Unidas, sobre sus bondades, defectos y límites. Llega ahora a nuestras manos un texto escrito por uno de los diplomáticos europeos más destacados, que además reúne la doble condición de memorias y de breve tratado sobre Naciones Unidas.
El debate sobre el papel que lo multilateral debe jugar en la gestión de los asuntos internacionales de nuestros días es, sin lugar a dudas, uno de los más importantes e intensos tanto en Europa como en España. Cualquier asunto relativo a nuestra política exterior se ve envuelto de inmediato en disputas y argumentaciones sobre legitimidades y legalidades relativas al papel jugado por unos u otros organismos internacionales. Son muchos los libros sobre la labor que cumple Naciones Unidas, sobre sus bondades, defectos y límites. Llega ahora a nuestras manos un texto escrito por uno de los diplomáticos europeos más destacados, que además reúne la doble condición de memorias y de breve tratado sobre Naciones Unidas.

En realidad no podría ser de otra forma porque la biografía de Javier Rupérez es la de un hombre dedicado a la política exterior desde esa doble condición, la de diplomático de carrera y la de fino analista. Podríamos añadir una tercera: la vocación política, que en realidad es proyección de las dos primeras desde un compromiso en el terreno de los principios y valores.

La historia de la política exterior española en los últimos cuarenta años va unida a una serie de nombres. Uno de ellos es el de Javier Rupérez, que desde una u otra posición aparece en todo momento aportando ideas, asumiendo responsabilidades diplomáticas o debatiendo desde las Cortes por una política determinada. Su currículo es impresionante, falto sólo del colofón de haber dirigido la diplomacia nacional, cargo, sin duda, para el que está sobradamente capacitado.

Tras haber ejercido la condición de embajador de España en Estados Unidos, en el único y breve período en que nuestro representante ha tenido acceso directo al Presidente, a los altos cargos del Gabinete y a los senadores de referencia, pasó a ocupar el puesto de Director Ejecutivo del Comité contra el Terrorismo de Naciones Unidas, el cargo más elevado que un español ha ocupado en la Organización desde su fundación. El recién creado Comité debía establecer una nueva doctrina a partir de la existente, dispersa en documentos de distinta naturaleza. De todos es sabido que la Asamblea General de Naciones Unidas no ha querido aprobar una definición del término terrorismo, porque fuera la que fuese supondría señalar a gobiernos u organizaciones cuyas acciones son defendidas por muchos de los estados miembros. Paradójicamente Naciones Unidas es capaz de elaborar una doctrina compleja sobre algo que no sabe qué es. Desde esta premisa es fácil imaginar los problemas que encontró Rupérez en su paso por el citado Comité, así como la relativa frustración que le produjo el resultado de sus tres años de trabajo al servicio de Naciones Unidas. Un club tan poco exigente a la hora de captar socios tiene que asumir que el comportamiento de muchos de sus miembros, de hecho de la mayoría, sea escasamente ejemplar. Si la mayor parte de los gobiernos allí representados violan sistemáticamente los derechos humanos, ignorando todo aquello que la carta de Naciones Unidas defiende ¿cómo podemos esperar de ellos una doctrina que facilite la condena de la violencia?

Partiendo de su experiencia en el Comité contra el Terrorismo Rupérez pasa a realizar un ensayo sobre lo que realmente representa Naciones Unidas y el multilateralismo en nuestros días, valorando lo que hay de continuidad y de novedad en la política internacional actual. Desde un equilibrio entre lo vivido, lo leído y lo pensado, el autor nos ofrece una visión rica y sensata de lo que esta Organización ha representado desde 1945 y de lo que de ella cabe esperar. No hay en su texto dogmatismos de ningún tipo, sino un esfuerzo por distinguir y matizar, siempre desde una visión realista, lo que una Organización de esas características y con esos miembros puede dar de sí.

Rupérez no defrauda. Para cualquier persona interesada en la política internacional la lectura de este libro resultará provechosa, sobre todo si quien a este Espejismo multilateral se acerca padece todavía del prejuicio multilateralista que desde la escuela se infunde en las mentes de los europeos como remedio, o penitencia, por una Historia que nos pesa en demasía. El que no seamos capaces de asumir nuestro pasado no es razón suficiente para inventarnos el presente. Naciones Unidas es una necesidad, pero ni es un ejemplo ni un poder superior. Es sólo el foro en el que todos los gobiernos de este planeta deben encontrarse para tratar aquellos temas de interés global.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios