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Fútbol, televisión y ridículo

viernes 15 de mayo de 2009, 00:47h
La final de la Copa del Rey de España -Cataluña y Euskadi incluidas- jugada el miércoles por la noche se saldó con la victoria del Barcelona sobre el Athletic de Bilbao por un contundente 4-1. Su juego fue espectacular y ese debía de haber sido el tema principal de los corrillos deportivos ayer jueves. Pero se coló de rondón un incidente, por otra parte esperado, pero magnificado por la torpeza de unos y la estulticia de otros. Se trata de la sonora pitada que un buen número de seguradores catalanes y vascos dispensaron al himno de España. Dicho incidente fue sospechosamente silenciado por Televisión Española, en un acto de censura tan absurdo como inadmisible.

Guste o no, el himno fue increpado por parte de la afición vasca y catalana. Entre ellos hay un buen número de nacionalistas que, haciendo honor a su nulo bagaje intelectual, son totalmente incapaces de mostrar un mínimo de cortesía cuando suenan los acordes de su himno mayor. Ya se contaba con ello. Pero eso no es óbice para silenciar lo que ocurrió. El arranque de censura le ha costado el puesto al responsable de deportes del ente público, aunque quizá la responsabilidad haya que dirigirla algo más arriba.

Por otra parte, Barcelona y Athletic de Bilbao son dos clubes con gran número de seguidores fuera de sus respectivas comunidades autónomas. Gentes de muy diversa adscripción política que ven el fútbol como lo que debe ser, un deporte ajeno a otro tipo de consideraciones. Sus directivas han de velar porque todo lo que le rodea se desenvuelva en el terreno estrictamente deportivo. Ya que ambas callan de manera vergonzosa ante este incidente, cabe preguntarse cuál hubiera sido su reacción si los silbidos se hubiesen dirigido contra “Els segadors” o el “Eusko gudariak”, himnos de Cataluña y Euskadi. Si llegan a la final de una competición española, lo mínimo que se les debe exigir a las aficiones de los equipos finalistas es un respeto a la institución bajo la que se celebra la competición en sí. Y si no la sienten como propia, que no la jueguen.

El jugar a dos barajas es característica común al nacionalismo. La idea es que ellos se independizan; pero los demás, no. Algo parecido a lo que decían los campesinos avispados en las colectivizaciones de Aragón durante la Guerra, para desesperación –con razón- de los anarquistas: “entre lo que tengo y lo que me toque en el reparto…” Quizá haya llegado el tiempo de exigir a los nacionalistas un poco de coherencia. Y precisamente el deporte es el terreno menos catastrófico para este tipo de experimentos pedagógicos: si quieren selecciones propias fuera de la Federación Española, pues a jugar su propia liga con el Palamós o el Eibar. En eso consiste la secesión. En todo. Las directivas de los clubs en cuestión deberían explicar a tan ardorosos forofos la consecuencia lógica de su planteamiento. Por ejemplo, a aquellos que en Mestalla desplegaron una inmensa pancarta con un “Good Bye Spain”, se les debería explicar que el tratado de la Unión lo firmó el Reino de España; no la República de Catalunya ni la de Esuskadi. Por lo tanto, el “adiós” a España es también la despedida de Europa, Unión en la que tendrían que solicitar su ingreso. A la cola con Turquía, pues.
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