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El patinazo de monseñor Cañizares

sábado 30 de mayo de 2009, 01:24h
Las declaraciones sobre el aborto y los abusos cometidos en orfanatos católicos irlandeses realizadas por el Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, monseñor Antonio Cañizares, han levantado una enorme polvareda. Y no es para menos. Por separado –y desde la óptica de la jerarquía católica- la condena de ambas cuestiones no admite discusión. Calificar el aborto como el exterminio de un ser vivo no es una postura ridícula ni puede caricaturizarse como una expresión más de una Iglesia cavernícola y medieval: se fundamenta en una determinada definición de la vida, considerada como tal desde el instante en que el óvulo ha sido fecundado, como lo hace un número significativo de científicos solventes, católicos o no –y sin que tampoco de una definición de tal naturaleza se siga necesariamente que todos los científicos que la formulan deriven las mismas conclusiones radicales que la jerarquía católica en relación al aborto. Del mismo modo que existen otras definiciones distintas y más complejas de la vida humana que pueden aducirse para fundamentar -desde perspectivas diferentes a la católica- el aborto, bajo determinados supuestos y/o hasta ciertos estadios de la gestación, sin que por ello deje de considerarse tal medida como la expresión de una tragedia, un mal menor que debe tratar de evitarse y, en su caso, regularse, sin que por ello deba celebrarse como una suerte de conquista social.

Sería peor que injusto, incoherente juzgar las declaraciones de monseñor Cañizares con la medida de estos últimos supuestos que él no comparte. El problema es que, desde su propio sistema de pesas y medidas morales, sus afirmaciones o, para ser más precisos, el orden y la mezcla de factores realizado, carece de sentido. Desde un punto de vista católico, ambos comportamientos, por separado, son execrables y condenables. Pero su mezcla y comparación, es un despropósito moral. Del señor Cañizares, unos suponían o descontaban, y otros esperaban, la condena del aborto. Lo que pocos pueden entender y menos sostener es la desafortunada comparación. La pesadilla que se vivió en determinadas instituciones católicas irlandesas durante demasiados años –condenada sin ambages por monseñor Cañizares- con el abuso reiterado a menores, ha producido en muchos casos secuelas irreversibles. Y su comisión por parte de personas cuya tarea se suponía que consistía en impartir lecciones y ejemplo de moral lo hace particularmente odioso –sobre todo, para los católicos. Por eso, lleva aparejada una doble carga de responsabilidad. Además –tiene razón la Ministra de Sanidad- es un delito tipificado en el Código Penal, de obligada observancia para todos los ciudadanos, católicos o no.

No es, en efecto, “comparable” con el aborto. Pero precisamente en el sentido contrario que conjuga el verbo el señor Cañizares: no es comparable porque no se pueden, no se deben, comparar ambos comportamientos. El problema está en mezclar ambos asuntos. El argumento –tan español- del “anda qué tu” o “peor es lo tuyo”, carece de consistencia moral. Reprobables los dos para los católicos, por su especial trascendencia merecen ser tratados por separado y de forma bien distinta, no como lo ha hecho Cañizares.

El desliz cometido llega con un sonido ampliado porque quien así ha hablado ostenta uno de los cargos más elevados de la Curia Romana. El caso es que monseñor Cañizares está al frente de uno de los dicasterios -lo que en un gabinete tradicional equivaldría a un ministerio- más importantes de la Iglesia: es el Prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Así, no estamos ante la homilía de un párroco ante sus feligreses, sino ante las palabras de un alto cargo eclesiástico con repercusión universal. Durante los años en que el español Joaquín Navarro Valls fue su portavoz, El Vaticano siempre se había distinguido por su tiento y prudencia a la hora de emitir comunicados públicos pero en esta ocasión ha cometido un dislate que haría bien en enmendar. Lo antes posible.

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