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El museo de la amargura

sábado 30 de mayo de 2009, 17:38h
Cuando un turista va a Florencia y se detiene delante de la Puerta del Paraíso, en el Baptisterio, quizás para acabar el helado o para hacer la cola de la cúpula del Duomo, es difícil que resista la tentación de echar un vistazo a las escenas allí representadas. Si pertenece a la generación anterior a la ruina de las humanidades, el viajero identificará fácilmente, entre otras historias bíblicas, la de Noé, aunque sin duda se sorprenderá al constatar que el arca tiene la forma de una pirámide. Hay que haber cursado algo más que el antiguo bachillerato para saber que esta pirámide es un guiño a los partidarios de Orígenes, autor del siglo IV censurado por la Iglesia, y concretamente al descubridor de sus homilías, Ambrosio Traversari, amigo del escultor. Nadie necesita conocer todo esto para apreciar la calidad de la obra, desde luego, pero no es lo mismo mirar la Puerta de Ghiberti y no ver nada, que rememorar por su intercesión un episodio del Génesis o las querellas acerca del significado místico de las matemáticas que se remontan a la época en que Hugo de San Victor escribió De arca Noe morali. Una puerta, digámoslo así, es a veces más que una puerta.

Los seres humanos tenemos dos vidas, una contante y sonante, de carne y hueso, cotidiana y externa, y otra interna y maravillosa, hecha de imaginación, lo que no quiere decir en absoluto irreal o absurda. La improbable convergencia de ambas vidas explica que a los hombres nunca nos baste el mundo. Por eso soñamos. Con la ínsula Barataria o el harén del sultán de Rajputana, da igual. Los sueños repetidos acaban adquiriendo tanto o más peso en nuestras existencias que las realidades evanescentes del día a día. Cómo nos vaya en general depende de que sepamos conciliar los dos órdenes. El placer de viajar guarda relación con ello. El viaje nos aleja del escenario donde representamos nuestro papel cotidiano y nos transporta a un mundo en el que es posible liberar nuestro yo oculto, ese yo que sueña e imagina. Claro que para eso hace falta un yo oculto. Sin cultura, sustancia de la vida interior, no hay viaje que valga y hasta las visiones de los narcóticos son simple rutina. Se ve lo que se sabe y cuando no se sabe no se ve; no se ve la pirámide, ni el arca, ni a Noé, ni nada de nada, sólo una puerta de bronce, y puede que ni siquiera eso porque quizá estábamos muy atareados fotografiándola y no reparamos en ella.

Las autoridades culturales deben ser conscientes de todo esto porque llevan años promoviendo los denominados centros de interpretación. Del juguete, de la ciencia, del vino, del toro, del cómic, de la evolución, de cualquier cosa que el ciudadano reconozca fácilmente y le ayude a descubrir que también él posee vida interior. Yo, aunque elitista, estoy a favor de estos museos populares, y para demostrarlo les propongo la creación de uno nuevo: el de la amargura. La idea, lo admito, no es mía. Me he encontrado con ella en una novela de Kadaré, uno de mis autores favoritos. El personaje que la tiene acaba de ser abandonado por una mujer. Mientras mira el cenicero repleto de colillas –la mitad blancas, la mitad teñidas de carmín-, piensa que cualquier espectador que hallara este objeto en un museo de la amargura evocaría al momento una típica escena de pareja: ataque de ira, explicaciones, reproches recíprocos, lágrimas. No sé si un museo como este sería hoy factible. Seguramente no. De acuerdo con los ideales de nuestra mayoría parlamentaria y de su leal oposición, la amargura es fruto de valores y usos que hay que erradicar. Creo, no obstante, que mientras la pedagogía acaba con ellos cabe aprender mucho estudiándola. Millones de años de historia del universo, con sus cataclismos, sus fósiles y dinosaurios, pesan bastante menos en la balanza del corazón humano que estas cosas cotidianas.

Pero: ¿qué cosas habría que exhibir en un museo de la amargura? He compuesto una breve lista para que ustedes la desarrollen: un cenicero repleto de colillas –la mitad blancas, la mitad teñidas de carmín-, una declaración de amor que no llegó a tiempo, un palacio en ruinas, una corbata negra, unas gafas rotas, una persona sin memoria, una tarde de domingo, un teléfono que nunca suena, una mujer frígida, un buzón vacío, las huellas de una paliza, un juguete que no funciona, la calle de un suburbio, una estatua mutilada, un ojo a la virulé, el telar de Penélope, una toca de recato, una nota injusta, las literas de un internado, una doncella ofrecida como víctima expiatoria a un monstruo, el pañuelo de Desdémona, una mazmorra de castigo, un testimonio falso, la sonrisa de un enemigo que se salió con la suya, la efigie de un dios depuesto, la mirada de Maritornes, un obstáculo insuperable, el sonajero de un bebé recién fallecido, finalmente, guardado en formol, el frustrado embrión de un ser vivo, por así decir.
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