Corea del Norte: los límites de la diplomacia
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 01 de junio de 2009, 20:02h
El régimen comunista de Pyongyang recuerda al de Albania en los tiempos de Enver Hoxa: brutales dictaduras por completo aisladas del mundo exterior y dedicadas en exclusiva a la supervivencia de la sanguinaria clase dirigente. Las dos con una poderosa relación clientelar con China. Pero allí donde la dictadura albanesa no tenía más enemigos que sus propios ciudadanos y ningunas intención agresora conocida hacia el exterior, Corea del Norte ha rizado el rizo de su carácter delincuente –el más acabado ejemplo existente en la actualidad de lo que ha se ha venido en llamar un “estado gangsteril”- al dotarse de armamento atómico.
Aunque algunos tachen de locura el comportamiento coreano y lo achaquen a los delirios de grandeza de Kim Il- sung y de su hijo, el infelizmente reinante Kim Jong-il, en realidad el cálculo no puede ser mas maquiavélico: al dotarse de armamento nuclear –y haberlo anunciado desde hace tiempo, para poder calcular las reacciones- el pequeño y misérrimo país adquiere un importante elemento de presion chantagística sobre la comunidad internacional y sobre sus vecinos –Corea del Sur, Japón- en particular. En la única dinámica que mueve a la “clique” que ostenta el poder, causante directa de una de las más terribles catástrofes humanitarias de los últimos decenios, importa solamente convertirse en un permanente riesgo de seguridad para la que en tiempos más felices hubiéramos llamado la “comunidad de naciones civilizadas”. Y en efecto lo que queda de esta última reacciona como Pyongyang prevé: buscando soluciones diplomáticas a la aguerrida voluntad de los norcoreanos para convertirse en potencia nuclear.
En ese camino delictivo, abiertamente contrario a la legalidad internacional, Kim Jong-il no se ha parado en barras, desafiando abiertamente al Consejo de Seguridad, amenazando con acciones bélicas de represalia a los que se interpusieran en su camino con la aplicación de sanciones, desarrollando sistemas balisticos de lanzamiento y efectivamente procediendo a la detonación de ingenios nucleares. A cambio de sus amenazas, en un juego tan sutil como criminal, ha ido consiguiendo lo que necesitaba: combustible para sus exhaustos depósitos, levantamiento del bloqueo bancario, supresión del carácter de terrorista aplicado al régimen y, sobre todo, la promesa implícita de que nadie –léase los Estados Unidos- van a utilizar la fuerza para acabar con el tirano y su régimen.
Y en efecto no es fácil imaginar a Washington utilizando la fuerza para extirpar el cáncer norcoreano. El gran vecino chino no contemplaría la acción de buen grado –por decirlo de manera perifrástica- y tampoco las condiciones logísticas y la misma memoria americana –la guerra de Corea a principios de los cincuenta fue una de las mas traumáticas nunca peleadas por los Estados Unidos- lo hacen aconsejable o factible. Pero la diplomacia que todos predican y muchos exigen no cuenta con las mínimas exigencias para su éxito: dureza y consistencia. Moscú y Beijing se han mostrado sistemáticamente esquivos a las urgencias occidentales en ambos sentidos, por razones que tiene tanto que ver con preocupaciones internas –para Beijing se trata sobre todo de no desestabilizar al régimen norcoreano y consiguientemente evitar una emigración masiva hacia China- como con la permanente tentación, que tanto favor tiene en las dos capitales, de rebajar la influencia americana. Al fin y al cabo el régimen del Norte es una directa herencia de los peores tiempos del comunismo de guerra fría. Los primeros elementos del sistema nuclear de Pyongyang fueron facilitados por los soviéticos.
Entre tanto, y para mayor gravedad, los norcoreanos no sólo se dotan de armamento nuclear y de sus sistemas de lanzamiento sino que además los exportan, convirtiéndose en estos momentos en los mayores y menos escrupulosos proliferadores del mundo. Las huellas del infame comercio al que con tanta fruición se dedican se encuentran en Irán, en Yemen, en Pakistán, en Siria y probablemente en Egipto. No hay ninguna razón para pensar que se detengan ahí. Y hay mas de una razón para pensar que si la proliferación continua, serán cada vez más los que quieran aprovecharse de ella, bien para seguir el modelo norcoreano, bien para defenderse frente al mismo. Ya se sabe como pueden acabar estas cosas: con una nube en forma de hongo elevándose en el horizonte.
El dilema es extraordinariamente grave. Son mayoría los que desearían su solución por vías pacificas y diplomáticas. Siempre que su perversión no resulte en el peor de los escenarios posibles: un mundo renuclearizado al antojo de los Kim Jong-il que pueblan este planeta. No son muchos pero uno basta para desencadenar la catástrofe.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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