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Réquiem por un cónsul

Concha D’Olhaberriague
martes 02 de junio de 2009, 22:59h
Leo la noticia de la muerte del cónsul español en Uruguay. Dicen que preguntó a unos pescadores si la profundidad del agua en esos parajes era mucha, y, al contestarle que sí, rompió la ventana trasera de su coche y se precipitó con decisión al Río de la Plata.

Y, tras la sacudida y las interrogantes que provocan saber que alguien conocido se va de aquí de forma voluntaria y planeada, lo asocio de inmediato, casi de forma maquinal, al suicidio de otro diplomático español, granadino y escritor, Ángel Ganivet, quien por dos veces se lanzó a las gélidas aguas del Duina en Riga.

Me viene luego a la memoria un magnífico artículo publicado en este mismo periódico: “Luces y sombras sobre el último vuelo de Antoine de Saint-Exupéry”. Así fue como descubrí a Juan María López-Aguilar. Más tarde salieron otras columnas suyas a las que tituló Cartas desde Montevideo, no sé si en homenaje a las Cartas finlandesas del escritor del 98. Me gustaron en especial las que dedicó a las mujeres en la sombra: Eulalia, Conchita, Mimí.

En el “último vuelo”, contradecía López-Aguilar las confesiones de un piloto alemán quien, ahora, sesenta y cuatro años después, decía haber disparado contra el avión de Antoine de Saint-Exupéry, y aventuraba el diplomático una versión distinta, personal y poética, del fin del creador de una de las obras imprescindibles del existencialismo, según Martin Heidegger, El Principito.

La pericia del piloto y escritor francés no encajaba, a criterio del cónsul, con lo que sostenía el alemán. Era de día y el avión estaba debidamente equipado. Su radar habría detectado al enemigo. Don Juan María, también piloto, apuntaba un desenlace muy distinto, más acorde con la narración inquietante del cuento más famoso del mundo. La elección postrera de Saint-Exupéry fue volar al revés hasta hundirse en el mare nostrum tantas veces contemplado como contracielo.

Entre las posibles incitaciones alega López-Aguilar un amor marchito, un cambio forzoso en su vida profesional -el vuelo era el colofón de su carrera- y, sobre todo, el deseo intenso e irreprimible de trascender lo conocido en pos de la estela de su héroe.

Y tampoco quiso el cónsul acudir a su nuevo destino en São Paulo, se declaró en rebeldía, y marchó con rumbo distinto, quién sabe hacia dónde.

Ya sólo cabe desearle paz y descanso en su nueva galaxia.
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