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se repetirá este domingo

Flórez dedica a Kraus un recital antológico que pone en pie al público dentro y fuera del Teatro Real

miércoles 03 de junio de 2009, 10:37h
Anoche, nadie del público tenía prisa en el Teatro Real. Así lo aseguraba en voz muy alta, para que se escuchara bien en el escenario, una señora desde el patio de butacas, nada más finalizar el recital. Quería, como todos los presentes, animar a Juan Diego Flórez para que continuara, después de casi dos horas de actuación, deleitando a todos con los bises a los que él llamó “propinas”. Y lo cierto es que nadie se movía de sus asientos, más que para ponerse en pie, aplaudir y gritar “bravos”, de esos que salen del alma, al gran tenor peruano. Juan Diego no defraudó y fue generoso con un público que, en realidad, ya se había metido en el bolsillo desde que salió al escenario junto al pianista Vincenzo Scalera y empezó el recital con el aria de La cenerentola “Si, ritrovarla io giuro” de Rossini.
Además, en esta ocasión, el público del Real no estaba sólo en su interior. Gracias a una gigantesca pantalla de plasma situada en la fachada principal del teatro, muchos madrileños asistieron al primero de los dos recitales que Juan Diego ha venido a cantar en la ciudad que él considera como “su casa” y a cuyo público quería compensar, de algún modo, por no cantar el papel del duque de Mantua en el Rigoletto que se estrena esta noche. Por eso, no se trataba de un recital cualquiera. El tenor peruano confesaba estos días que el de anoche y el del próximo domingo día 7 son los dos recitales más difíciles de toda su carrera, incluso con arias que no se cantan nunca en espectáculos de este tipo. Todo un reto que ha superado con creces gracias a una voz prodigiosa que enamora al instante, con una dicción impoluta, una elegancia exquisita en el fraseo, un registro sobreagudo que asombra a quien lo escucha y una técnica depurada, perfecta, extremadamente natural.

Rigurosamente fiel a su repertorio, la primera parte ha estado dedicada a Rossini, con piezas deslumbrantes a las que su voz se adapta con una naturalidad que sencillamente emociona, como L’orgia, La lontananza o la difícil “Terra amica” de Zelmira, aria a la que se enfrentaba por primera vez y que ha provocado, como no podía ser de otra forma, una gran explosión de entusiasmo en el público. Pero, sin duda, ha sido con la segunda parte, en la que ha interpretado arias de zarzuelas como Doña Francisquita de Amadeo Vives, La alegría del batallón de José Serrano o la famosa serenata o Jota de Perico de Agustín Pérez Soriano, con la que más fervor ha arrancado de los asistentes, muchos de los cuales ya andaban, seguramente, preguntándose por los temas de “propina” que cantaría el gran belcantista al finalizar el recital, como no, con Rossini, en concreto con la cabaletta “Amis, amis” de la ópera Guillermo Tell, la última del gran compositor italiano.

Pero antes de empezar con los bises, Juan Diego quiso dedicar el recital a la memoria del que él confiesa su gran ídolo, Alfredo Kraus, en el décimo aniversario de su fallecimiento, un gran tenor que como el peruano permaneció siempre fiel a su repertorio. Después, con “Cessa di più resistere” o “L’alba separa dalla luce l’ombra” el entusiasmo de los espectadores siguió creciendo y todos en pie, incluidos Antonio Moral, actual director artístico del Real, y Gerard Mortier, que ocupará dicho cargo a partir de enero del próximo año. Y a pesar de que ya parecía que no se podía llegar a más, aún faltaban los nueve do de pecho del aria “Ah mes amis” de La Fille du Regiment y, para terminar, el popular bolero “Juramé”, que desde el público se le pedía junto con piropos tan castizos como “Que majo eres”.

Sin embargo, el final del antológico recital aún no había llegado para el público que vibraba fuera del teatro igual que lo hacía el de dentro. Sin previo aviso, el magnífico y carismático tenor salió a la terraza del Real para cantar, a capella y micrófono en mano, “La flor de la canela”, creando tal arrebato y exaltación, sumando aún más fans a la legión que ya le sigue incondicionalmente, que quien pasara por allí sin tener ni idea del acontecimiento, bien pudo pensar que a quien se aclamaba así era a una estrella de rock y no a una del belcanto.
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