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El amigo catalán

jueves 04 de junio de 2009, 19:39h
Pueden ustedes imaginar la fruición con que he dado cuenta de la biografía del doctor Martín de Riquer, subtitulada Vivir la Literatura, que han escrito con tanta devoción como inteligencia, con tanta minuciosidad como penetración, Cristina Gatell y Glòria Soler. Considero desde hace muchos años a Martín de Riquer el autor del libro más importante que se ha escrito sobre el libro más importante, o sea, la Nueva aproximación al Quijote. Por nada del mundo prescindiría en mi biblioteca de este volumen, esta breve guía, que reduce la complejidad del clásico, y a la que vuelvo en tantas ocasiones para recordar un personaje, comprender un extremo, orientarme en fin en el relato maravilloso de Cervantes.

Lo que a uno le pasma de esta biografía es la redondez de una vida, que puede contarse sin ocultar nada y en la que por encima de toda peripecia el personaje salva su dignidad con una coherencia admirable. No lo tuvo fácil el lograrlo. Martín de Riquer hubo de interrumpir sus estudios de literatura catalana combatiendo en la guerra civil con los nacionales, en el tercio de requetés Virgen de Montserrat. Su testimonio de ese momento debe leerse como una muestra de la complejidad de la circunstancia social y de la crisis de conciencia que la quiebra de la República supuso para muchos.

Durante el largo tiempo del franquismo la actividad de Martín de Riquer fue la de asegurar una continuidad, especialmente en la Universidad, a los estudios lingüísticos catalanes, sobre todo medievales, manteniendo el nivel logrado durante la República, pero entroncándolos con lo que se hacía en la historiografía española, escuela de Menéndez Pidal y Dámaso Alonso, y encuadrándolas en la romanística europea de la época. Dotado de una vitalidad realmente absoluta, su actividad universitaria, como maestro y profesor, ha dejado una estela admirable en las aulas barcelonesas de la Vieja Universidad y la Autónoma. Su capacidad para el protagonismo social hace que el testimonio de su presencia en el mundo cultural y político resulte imprescindible para conocer la Cataluña hasta la transición, se trate de la vida editorial o de la preparación del reformismo político. Así, formó parte del establishment del régimen, pero fue un amortiguador de ductilidad patente en la revuelta universitaria de los años sesenta, integrando el Consejo privado de Don Juan y siendo designado en nuestra constituyente senador real.

Ha amado, felizmente sigue haciéndolo, sobre todas las cosas, como el viejo hidalgo, el Caballero del Verde Gabán, el placer de la conversación, el goce de la amistad. Recuerda como cuando volvía a Barcelona de Madrid citaba en la estación de Zaragoza, en aquellos tiempos sin AVE, a su colega José Manuel Blecua “para charlar durante el cuarto de hora de la parada”. Y añade, “hasta que la sordera lo incomunicó del todo, pude mantener con Blecua unas conversaciones deliciosas”.

Pero lo que costará es, sobre todo, encontrar a alguien que asuma como Martín de Riquer con total normalidad la dimensión española de Cataluña y que explique a los catalanes las razones de su interés por España.
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