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Isaiah Berlin: un liberal

viernes 05 de junio de 2009, 19:52h
“...entrará una persona... Él y yo conseguiremos agitar el siglo XX”. Este “huésped del futuro” que irrumpió en la vida de una de las poetisas más grandes de la literatura rusa contemporánea, Anna Ajmatova, es Isaiah Berlin, nacido en Riga el 6 de junio de 1909. Los grandes poetas tienen, como es sabido,, el don de la clarividencia. A Ajmatova le bastó un golpe de vista para comprender que estaba ante un hombre excepcional, testigo del siglo XX, que acertó a estar en muchas de las encrucijadas dramáticas en que tan pródiga fue su época. Llegó muy joven a Petersburgo en el momento en que la revolución bolchevique cuajaba, lo que lleva a sus padres a emigrar a Inglaterra. Su formación académica excepcional en uno de los colleges de más solera de Oxford, su origen judío y el hecho de tener como lengua materna el ruso le convirtieron en un candidato idóneo para ser reclutado como analista del Foreign Office. Comenzada la SGM, sirvió en la embajada británica en Washington y sus resúmenes sobre la política norteamericana pronto gozaron de prestigio, siendo leídos por Eden y Churchill. Su amistad con Weizmann, el líder sionista, le permitió ser uno de los primeros en tener acceso a la información reservada que llegaba con cuenta gotas desde el oriente nazi, donde había comenzado lo que hoy conocemos como “Holocausto”. A pesar de dichos informes, Berlin afirmó después que la imaginación judía alimentada por el pasado de progromos y campos de internamiento, nunca pudo adelantar la “solución final”. A muchos les costó creerlo incluso con las pruebas delante. En septiembre de 1945 llegó a Moscú como consejero de la embajada británica, donde fue testigo de excepción de los preliminares de la guerra fría.

Pero Berlin no fue sólo ni eminentemente un hombre de acción sino ante todo un filósofo y un intelectual profundamente comprometido —y su forma específica de compromiso fue conocerlas a fondo— con las tres culturas que formaron parte de su legado: la judía europea oriental, la ilustración rusa y la filosofía moderna occidental, con el cuño empirista y liberal británico. Lo empírico le llevó a prestar siempre una extraordinaria atención a los hechos, las cosas, hasta el punto de distinguir constantemente entre las palabras que hablan de palabras y las que consiguen llegar a las cosas. Y en lo liberal, no sólo fue un convencido en la práctica política, sino que sus conocimientos históricos, estuvieron puestos al servicio de su recuperación, después de la quiebra que había sufrido ante el embate totalitario. Sus aportaciones teóricas más celebradas responden a ese reto. Pienso en la famosa distinción entre libertad negativa y libertad positiva, así como su convicción de que vivimos en un mundo en el que tenemos constantemente que elegir entre distintos valores. Esto es trivial. Pero no lo es tanto la tesis de Berlin de que esos valores no son armonizables ni hoy ni nunca, de tal modo que no hay elección sin pérdida: si quieres libertad no puedes tener igualdad en la misma medida. Esta posición contiene un ataque frontal contra el utopismo moderno que creía en la posibilidad de construir el paraíso en la tierra.

Berlin también fue consciente de que el otro peligro simétrico y opuesto, el relativismo cultural, resultaba igualmente indeseable. Dedicó muchos ensayos contra esta autocomplaciente interpretación de la racionalidad postmoderna, argumentando que defender la tolerancia activa y la exigencia de comprender al otro no implica perdonarlo ni, sobre todo, dejar de luchar contra él cuando es enemigo. Asimismo defendió que el pluralismo cultural no es idéntico al pluralismo político, porque el primero atañe a un orden de creencias que suelen tener raíz religiosa y cada sociedad tiene derecho a proteger su propio núcleo de tradición de ataques e interferencias.

Sorprende de Berlin su asombrosa erudición, su capacidad de trabajo, su inteligencia para ir a lo esencial y la indiferencia que mostró hacia su obra. Si no hubiera sido por sus abnegados editores hoy conoceríamos aproximadamente una cuarta parte, pues solía publicar en revistas eruditas de remotas ciudades y era incapaz de volver sobre un texto cuando ya había sido mandado al editor. De las dos posibilidades que le caben a un autor cuando muere, a saber, que su obra se olvide en cuestión de horas o que se cargue con el halo del prestigio y la veneración a la de Berlin le pasó lo segundo. Ha sido una buena suerte para todos nosotros, sus lectores, porque su frecuentación, acaso nos haga un poco más sabios y un poco menos malvados.

José Lasaga

Doctor en Filosofía

José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.

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