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Caídos del cielo

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 05 de junio de 2009, 22:12h
Para mí hablar del teatro de Paloma Pedrero me es muy difícil, pues desde hace más de diez años soy un incondicional tanto de su extraordinaria obra dramática como de su propia persona. Su última pieza teatral, “Caídos del Cielo”, nos revela de nuevo su voz inconfundible, su violenta rebeldía contra la banalidad del mal y su búsqueda casi angustiosa en convertir las tablas en una herramienta de trabajo ético, de labor educativa, de demopedia anteroquentaliana ( y no es fruto del azar que el gran pedagogo Gil y Zárate, creador del cuerpo de inspectores de educación en España, fuera ante todo un dramaturgo: véase su obra “La escuela de los jóvenes” ). Toda la alta poesía dramática de Paloma arranca de un realismo y verismo de la representación de lo humano que sobrecogen. Lo que su corazón convierte en joya artística, antes ha sido visto escrupulosomente por sus penetrantes ojos, por sus espabilados y siempre observadores ojos. Autora y directora magnífica de desmedido sentir – casi siempre late en ella un lacerante sufrimiento por la condición humana frágil y el misterio de su existencia – se percible claramente en sus textos y en su dirección de actores. Los moribundos, las víctimas de la violencia de todo tipo, los marginados por cualquier circunstancia social, sexual o física, las gentes sin techo – como es el caso de “Caídos del Cielo” - nos desvelan más palmariamente nuestra condición humana esencial. La mayoría no la puede revelar porque la mayoría está investida en las convencionales indumentarias del ámbito público, ahogada en una mezquina seguridad, sepultada en una mezquina uniformidad. El punto débil del género humano es el autoengaño. Sólo la minoría de los marginados suelen ser honestos consigo mismo. Por eso el criterio que separa y define las mayoría de las minorías socialmente seclusas es la moralidad. Una audacia sin prejuicios de ningún tipo, al servicio de un “amor mundi” liberado de la banalidad del mal, está siempre presente en el teatro axiológico de Paloma Pedrero, una verdadera luchadora política en el sentido prístino y genuino del término.

Los actores de Caídos del Cielo coinciden con sus personajes; personajes sin techo ni hogar coinciden con actores sin techo ni hogar. Convertir en actores a estas personas ha tenido que representar para Paloma Pedrero un esfuerzo aún mayor que la elaboración del propio texto dramático, que es magnífico. Chiqui Fernández, Blanca Rivera, Paloma Domínguez, Manuel Fernández, Manuel Mata, Carlos Piñeiro o Félix Pérez constituyen ya un elenco de actores magníficos, capaces ya de interpretar cualquier texto dramático, sin necesidad ya que apunte directamente a su azarosa biografía.

Nuevos hijos del Hombre comparten con el Pastor su destino sin hogar: “Vulpes foveas habent et volucres caeli tabernacula, Filius autem hominis non habet, ubi caput reclinet”. Y hay algo en el teatro magnífico y comprometidamente moral de Paloma Pedrero que recuerda el origen del teatro en Roma de acuerdo a los Ab urbe condita Libri, de Tito Livio. El teatro en Roma nació para conjurar de modo mágico ( teatral ) una terrible peste que se cernía sobre la ciudad y diezmaba a la población. Pues bien con aquellas primeras representaciones de mágia simpatética, llevadas a cabo por actores, histriones etruscos ( del etrusco “ister” ) o ludiones, volvió la salud pública a las calles, y desde entonces el teatro tuvo siempre en Roma una valor y fin terapéuticos. También el de mi distante pero admirada amiga Paloma.

Dulce paloma de vuelos altivos
posa su rosa de cálidas plumas
sobre muñeca de escena hogareña.
Sopla su viento en la escena del mundo,
faldas, tejados, sentires levanta,
y nos arranca del sueño inventado,
torpe artilugio de falsa firmeza.
Solos estamos naciendo a la muerte.
Solos, solos, esencialmente solos.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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