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Los últimos de la clase

José María Herrera
sábado 06 de junio de 2009, 16:15h
Tras veinte años de desatinos, los think tanks del ministerio de educación acaban de rematar la reforma educativa que emprendieron entonces con una medida que sería asombrosa si no fuera simplemente una estupidez. Se trata de estimular a los estudiantes remolones, aquellos cuya renuencia al trabajo académico es en gran medida responsable del deterioro de nuestras escuelas, con ayudas económicas que los animen a permanecer en el sistema. La medida, conocida ya como PER educativo, no difiere en sutileza a las que empleaban los arrieros para espolear a los burros y demuestra que las tormentas de ideas que se desatan en los despachos donde reina la pedagogía más progresista apenas si alcanzan la categoría de apáticos nublados. Está muy bien hacer lo posible para que nuestros jóvenes lleguen a ser miembros útiles de la sociedad, pero creer que ello pueda lograrse rescatando el procedimiento de la zanahoria revela no sólo un grado extremo de desesperación, sino también un desconocimiento de la naturaleza humana ciertamente inquietante.

Yo no sé si el poder, además de corromper, embrutece, o si un grado notable de degradación moral, restringe la política a la gente más mediocre, pero la impresión es que el nivel de nuestros gobernantes y sus expertos asesores resulta más bajo que nunca. ¿De dónde sale esta gente? “¡Pues ya ve usted, de todas partes, el ministro es catedrático de metafísica!” Cierto, y confieso que cuando lo supe albergué la esperanza de que algo cambiara en la educación española. Agua de borrajas. El día en que el nuevo ministro eludió responder a la pregunta sobre qué es el ser humano con la excusa de que, como profesor de metafísica, no podía contestar brevemente, comprendí que mis expectativas carecían de fundamento. Cuando alguien necesita mucho tiempo para explicar qué es un ser humano, particularmente tratándose de un perito en la materia, hay que comenzar a inquietarse. En el caso de un ministro de educación el asunto resulta mucho más grave porque de sus ideas acerca del hombre depende la enseñanza de nuestros hijos. Desde luego, es posible que el ministro supiera qué es un ser humano, pero que, por motivos que no son al caso, prefiriera no dar una respuesta que quizá fuera malentendida. El lado bueno de esto sería la constatación pública de que la metafísica no está peleada con el pragmatismo; el lado malo, la confirmación de que en política la verdad debe someterse a intereses de otra naturaleza, algo que explica porqué la educación en España va como va. Consideren, por no concentrar las críticas en el ministro, la sospechosa actitud de los sindicatos de profesores (con sus centenares de liberados cobrando un sueldo para no encontrar jamás un defecto en el sistema) o el sintomático giro de los docentes a la vida interior, giro que no sólo los ha convertido en un gremio adocenado y políticamente nulo, sino en pasto de todo tipo de desórdenes psicológicos, su enfermedad profesional por antonomasia.

He comenzado mi artículo hablando de estupidez. Me gustaría aclarar que uso el término en su más preciso y descriptivo sentido, no como un insulto. Recuerden la frase de Ortega: “cuando el estupor persiste se convierte en estupidez”. Nuestros gobernantes llevan años asistiendo con estupefacción al estrepitoso fracaso de un sistema educativo que, de acuerdo con los ideales pedagógicos que lo inspiran, debería funcionar como un mecanismo de precisión. Pero no lo hace, al contrario, todas sus piezas rechinan como si se tratara de un viejo cachivache. La incapacidad para aceptar que lo que falla aquí son las ideas, la obstinación en mantenerlas contra viento y marea, tal vez porque se supone que lo único que hace falta para llevar una idea a la realidad es imponerla por decreto, es lo que ha convertido en persistente el estupor y lo que explica el carrusel de torpezas con el que se viene intentando enmascarar el problema.

Antes, cuando se sabía qué era un hombre, los ideales educativos estaban claros. La pedagogía aún no se había convertido en la loca de las ciencias y, con mejor o peor criterio, cooperaba en la búsqueda de una cierta perfección. Luego se dejó de saber qué es el hombre y la zarpa velluda de la sospecha hizo trizas el concepto de perfección. En medio han pasado muchas cosas, la más importante de las cuales ha sido la usurpación por parte de la pedagogía del derecho a cultivar la tierra quemada por el desplome de la tradición, pero al final del camino lo que encontramos es una trivialidad que bordea el patetismo: la idea de que lo importante es obtener un título expedido por el ministerio de educación y que carecer de él constituye un fracaso personal tan serio que es preciso recurrir a cualquier medio con tal de evitarlo. En ningún momento se ha considerado la posibilidad de que el sistema esté mal concebido, que la pedagogía que lo sustenta sea una nebulosa y que la idea de partida –todo ciudadano tiene el derecho y, por tanto, la obligación de saber que el feldespato cristaliza en octaedros- constituya una ridiculez. ¿Tan difícil es admitir que no todos los hombres quieren ni necesitan una instrucción académica?
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