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Eco, hic et nunc

martes 09 de junio de 2009, 20:20h
En esta prescindible presentación asoman varios peligros. Uno, el uso y abuso de encomios para alguien que no los necesita y que acaso los puede recibir con discreto tedio. Otro, el recurso a proferir enunciados que resulten ser mero eco de sus palabras. Quienes hemos tenido el privilegio de haber estudiado, colaborado con él y aún más de poder disfrutar de su amistad, hemos dado en llamarle en más de una ocasión Funes, evocando el conocido personaje de Jorge Luís Borges, exclusivamente (sic) por una memoria realmente portentosa.

No me consta que le disgustara, habida cuenta de la enorme simpatía que siempre ha procesado a Borges, homenajeado en el personaje Jorge de Burgos de El Nombre de la
Rosa.

Borges, que como Eco, habló de espejos, de laberintos (uno de sus últimos libros de
Semiótica, Del Árbol al Laberinto), de mapas, de dobles es recuerden, el constructor de la Biblioteca de Babel, que así comienza:

“El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido y tal vez infinito de galerías hexagonales con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores interminablemente. La distribución de la galería es invariable: veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y derecha del zaguán, hay dos gabinetes minúsculos, uno permite dormir de pie; otro satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito (…)”

Es esta una biblioteca, que Umberto Eco conoce a la perfección –sospechamos que habita en ella- una biblioteca que ha estudiado, descrito y, como excelente taxónomo, clasificado, analizado sus códigos secretos… Una biblioteca de la que no se puede salir, ha dicho, pero que nos permite deambular de un libro a otro.

Una biblioteca distinta a la de D. Quijote, un lugar del que se sale para enfrentarse con el mundo. No sólo a la de Babel y la de D. Quijote, también a la de Alejandría le ha dedicado su atención. Del mismo modo que le han interesado las de “piedra”, de las pirámides egipcias a las catedrales góticas, enciclopedias que registraban números sagrados, cálculos matemáticos, enseñanzas morales, narraciones. Memoria mineral que se prolonga de los primeros ideogramas a los actuales ordenadores cuya materia prima es el silicio. Y también se ha ocupado eco de la memoria vegetal, que nace con la escritura, aunque el papel aparezca en el siglo XII (La memoria vegetale e altri scrilti di bibliofilia), un libro editado elegantemente por la exquisita editorial Rovello de Milano.

Bibliófilo, bibliómano, coleccionista. En el universo del libro, Eco lo ha hecho todo, coleccionista, editor, traductor, director de colecciones, de revistas científicas, director de cursos de doctorado sobre edición, escritor de ficción y de no ficción, autor de un fundamental Tratado de Semiótica General y de una recensión de “varia et curiosa”, de un catálogo de Cabinet on curiositè, donde se incluían publicaciones médicas de la época positivista, desde un estudio sobre la locura de Rousseau, experimentos de transplantes de testículos de monos a hombres o prótesis testiculares de plata a una obrita en que se denuncia la sífilis como posible causa de tuberculosis.

Eco es en sumo grado lector. “El héroe no es la biblioteca misma, sino el lector, nuevo
D. Quijote, móvil, aventurero, incansablemente inventivo, alquímicamente combinatorio, capaz de dominar los molinos de viento”. A Eco le hemos llamado también Lector Modelo, concepto por él acuñado para referirse a una estrategia, el Lector, que coopera con el Autor para activar los significados de los textos que él llama “máquinas perezosas”.

Cuando topamos con la palabra /ballena/ no vamos al diccionario para encontrar una voz que reza: “mamífero, cetáceo…” sino que activamos una enciclopedia, es decir, un archivo de todas las informaciones, una “librería de todas las librerías” que hace aparecer en /ballena/ a Jonás, a Moby Dick.

La enciclopedia también regula la actividad interpretativa, una obsesión en Eco que desde Opera Aperta se ha preocupado por los límites de la Interpretación, desoyendo el ocurrente aforismo de Lichtenberg: “El texto es un pic-nic donde el autor pone las palabras y el lector el sentido”. El sentido en cambio se construye en los textos y hay límites en la interpretación. Un ejemplo contrafáctico: Si Jack el Destripador hubiese sido detenido por sus nefandos crímenes y en el interrogatorio hubiera dicho “He hecho lo que he hecho tras la lectura de la Biblia” puesto que el texto Biblia no consiente esa interpretación, Jack hubiera “usado” ilícitamente en su interés el texto.

Nos ha enseñado que si bien en una interpretación continua –semiosis ilimitada en Peirce- cabría pasar de /cosaco/ a /armado a caballo/, de /armado a caballo/ a /húsar/, de
/húsar/ a /personaje de opereta/ y de /personaje de opereta/ a /viuda alegre/, no estamos autorizados a decir que existe parentesco semántico entre un cosaco y una viuda alegre.
Desde un profundo conocimiento de la escolástica –Santo Tomás de Aquino, la estética medieval, el árbol de Porfirio- Eco ha sido leal al modo, al modus ponens –y nos ha recordado siempre aquellas palabras de Horacio “Hay una medida en todas las cosas, hay, en suma, confines precisos, más allá de los males no puede existir lo recto.”

Modos, confines, límites, fronteras, umbrales, conceptos siempre presentes en la obra de
Umberto Eco, y contenido en la Enciclopedia, único medio con el que podemos dar cuenta no sólo de cualquier sistema de signos, sino también de la vida como una cultura, como sistema semiótico; dicho con otras palabras, Semiótica de la Cultura.

El primero texto en inglés de Eco, ya era un programa semiótico de gran alcance, intitulado Towards a Logic of Culture. Y en esa semiosfera, diríamos hoy, se ha mantenido indagando por ejemplo el modo en que Moctezuma fue capaz de definir a los caballos que llevaron los conquistadores y que sus emisarios definieron (maçel) como si fueran ciervos, o clasificando a un inclasificable ornitorrinco, que puede parecerse a un castor, a un topo o a un pato, pero no a un gato, un elefante o un avestruz, o afrontando los grandes problemas de traducción y de las fronteras entre las culturas.

Por encima de todo, Eco es un profesor. Profesor de Semiótica en la Universidad de
Bolonia, la más antigua universidad del mundo, donde todavía imparte un magisterio en los cursos de doctorados de excelencia de Investigaciones Semióticas (hace un par de años todos participamos en el tema común de la memoria), Presidente del Istituto Superiore di Studi Umanistici.

Defensor a ultranza de la Universidad, una institución que habrá que recordar, tiene más de 7 siglos y algo nos dice que merece la pena que continúe más allá de los necios y oportunistas embates contra ella.

Doctor Honoris Causa por la UCM, hace unas semanas lo ha recibido en la Universidad de Tartu, donde nació con Lotman la Semiótica de la Cultura, que gracias a Eco hemos conocido en estos lares y que está demostrando gran fuerza y vigencia. Eco, con Jakobson, Barthes y Lotman –entre otros- siempre se ha dedicado a la semiótica “esa disciplina joven que tiene más de 2000 años”. Como hemos visto, a la biblioteca, a la enciclopedia, a la memoria.

Lector modelo, Funes el memorioso, Eco leyó las palabras de Nietzsche “agobiados por nuestro conocimiento histórico, no podemos rechazarlo”, y contestó “tenía razón
Nietzsche: nuestro saber histórico nos agobia. Sin embargo, debemos rechazar su rechazo, e ir más allá de su bien y su mal”.

Jorge Lozano

Catedrático de Teoría de la Información

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