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Fantasía zoológica

José María Herrera
sábado 13 de junio de 2009, 19:22h
El asunto es bastante claro: si el hombre, según creemos ahora, escapó un día del mundo animal, pero no tanto que haya devenido otra cosa, no existe ninguna razón para pensar que no pueda retornar en cualquier momento a él. Esto es lo que rechazaron en el orden cultural los ilustrados y vean donde hemos ido a parar. ¿Quién nos iba a decir que después de Wagner volvería el tan-tan o que la moda rescataría el tatuaje, la perforación epidérmica y el desnudismo?

La posibilidad de una reversión evolutiva en el orden biológico no cuenta con el respaldo de los científicos, pero ha recabado adhesiones de postín. La de Julio Verne, por ejemplo, quien inquirió en El eterno Adán las consecuencias de lo que sucedería si una generación dejara caer el testigo de la tradición. Aunque la idea ha dado muchísimo juego –les aconsejo el excelente tríptico sobre Bacon publicado aquí por José Lasaga-, habitualmente suele menospreciarse como un disparate. Los presagios de Verne gozan de enorme predicamento cuando confirman el progreso; si van en contra se toman como desvaríos de un lunático.

Abordemos la cuestión desde algo concreto: el mundo de los gestos. Los seres humanos podemos gesticular porque, además de la actividad puramente física, nuestros músculos realizan una actividad expresiva compleja. Esto nos diferencia del animal. Los músculos que se activan espontáneamente cuando nos encontramos bien o, al contrario, cuando nos sentimos mal, pueden también activarse discrecionalmente en ausencia de tales estados. Todos poseemos en diverso grado dicha capacidad, cuya simple existencia constituye un poderoso argumento contra quienes creen razonable reducir lo humano a claves mecánicas. Los actores la cultivan de hecho hasta el punto de que, llegado cierto nivel de maestría, es imposible distinguir lo fingido de lo orgánico, el sentimiento de la actuación.

Todas las operaciones humanas cristalizan en usos culturales. Igual pasa con los gestos. El occidental, proclive al exhibicionismo, tiende a gesticulaciones complejas; el oriental, enemigo de lo individual, a la inexpresividad. En los teatros chinos, cuando se desea representar pasiones y sentimientos, se recurre a los maquilladores. Una máscara cubre otra máscara, aunque esta última sea tan difícil de descifrar como los ideogramas de su escritura. Por eso los chinos se asemejan tanto entre sí. Rigidez y frialdad ocultan un espíritu que cuando irrumpe parece un fantasma de ultratumba. No diré que los ojos rasgados sean fruto de una mutación genética provocada por la necesidad de preservar el alma de cualquier inspección externa (algo justificado dadas las penosas condiciones en que aquellos vivieron durante siglos), pero es indiscutible que favorecen la reclusión interior.

En Occidente, hasta hace poco, se trataba esencialmente de lo contrario. Todo el mundo ostentaba con orgullo su individualidad. La racionalización creciente de la vida está dando sin embargo a nuestras sociedades de masas un cierto aire de hormiguero. El retroceso de lo individual frente a lo colectivo ha potenciado a la vez el cosmopolitismo y la uniformidad. Seguimos siendo exhibicionistas por cultura, pero ahora preferimos la línea general. Al parecer es mejor comportarse de manera estereotipada. Mucha gente, particularmente entre los jóvenes, busca en los arquetipos de moda el santo y seña de su identidad. El vestido, el peinado, el tatuaje, el propio cuerpo, tallado como si no fuera propio en gimnasios y clínicas estéticas, usurpan lo que en otro tiempo se consideraba improntas del alma. Esta, en cambio, no sólo se esconde, sino que se rechaza como una superchería de sacerdotes. Las dudas sobre la posición jerárquica del ser humano en la escala zoológica han acabado favoreciendo la vinculación entre lo que se representa al adoptar tales o cuales apariencias y lo que somos o creemos ser. No es el individuo, sino la sociedad, la medida de todas las cosas. Un hombre es lo que parece. La identificación llega a extremos increíbles –envilézcanse un rato delante del televisor para confirmarlo- y hace pensar en aquellos caníbales que se comían al jefe de la tribu a fin de apoderarse de su fuerza. Evidentemente, se trata sólo de un paso, pero un paso atrás. Verán como tarde o temprano surge algún iluminado que, invocando el pensamiento zoológicamente correcto, anatematiza la marcha erguida con el argumento de que es discriminadora y arrogante comparada con la arcádica cuadrupedestación.
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