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Luis Francisco Esplá y su apoteosis de rioja y oro

domingo 14 de junio de 2009, 19:08h
Se puede torear y triunfar por todo lo alto acordándose de Joselito El Gallo, de su hermano Rafael, de Antonio Fuentes y Manuel Granero. Sí, hoy mismo, en 2009 d. C. Mi tío Miguel, que aprendió a bailar viendo hacerlo en las fiestas familiares a su madre y a su tío El Gato y cuyo paladar de aficionado fermentó y se refinó en los tendidos de la Edad de Plata, me aseveraba ya a finales del siglo XX que únicamente dos toreros del escalafón llevaban hasta su pituitaria el aroma de los de sus días mozos: Rafael de Paula y Luis Francisco Esplá. Uno alcanzó asimismo a conocer a don Antonio Bellón, quien, habiendo visto de luces al gran Antonio Fuentes, seguía en la década de 1980 escribiendo y firmando reseñas en la prensa taurina. A juicio de don Antonio Bellón, Ignacio Sánchez Mejías había sido el mejor banderillero de la historia hasta que había visto a Esplá… O quizá –tendría que revisar mis notas de entonces, y no voy a hacerlo ahora- me dijo que el mejor, a sus ojos, con los rehiletes había sido Esplá, detrás sólo de Ignacio Sánchez Mejías.

El caso es que Ignacio se me ha “aparecido” varias veces. Se me apareció en un sueño, en el que me paraba en la calle Princesa para preguntarme si había visto pasar por allí a su perra Marquita. Se me “aparecía” siempre que iba a casa de Pilar López, cuando en cada cenicero creía apreciar la huella de una colilla de Ignacio. Y se me “apareció” la otra tarde en Las Ventas.

Bueno, no exactamente en Las Ventas, porque este año no me han dado pase (los pases deben ser, al parecer, no para quienes contamos lo que vemos acaecer en la plaza, sino para quienes redactan dificultosamente “reseñas” de dos líneas para no se sabe qué gacetillas locales), y la corrida de despedida de Esplá la vi, como todas las demás, gracias a las modélicas retransmisiones de Manolo Molés por el Plus. Pero bueno. El caso es que yo ya sentía un nudo presionándome la garganta, porque con el paso de Esplá a la tertulia de las clases pasivas se terminaba de ir de naja mi adolescencia, ya de por sí bastante prolongada. Yo creo que era el que quedaba de los espadas con cuyos paseíllos granó mi pasión por la Fiesta, allá en la grada del 3 donde la familia de mi amigo Carlos Lancha tenía varios abonos. Porque lo cierto es que ya no están –aunque estén- Rafael de Paula, Antoñete, Pepín Jiménez, Curro Romero, Manzanares, Curro Vázquez, Rincón (aunque el cesáreo advenimiento de este último aconteció siendo yo ya hombre de pelo en pecho)… Ni están Julio Robles, Ojeda, Lucio Sandín, Manolo Cortés, Miguel Espinosa Armillita, Paco Ruiz Miguel, José Luis Bote, Joselito, Capea, Galloso, Dámaso… Vivimos ya de pleno en otra época del toreo.

Así que la congoja estaba ahí. ¿Cómo podía ser de otro modo? Pero se me “apareció” Ignacio Sánchez Mejías y ya sentí la corbata de la emoción ceñirse a mi garganta como si estuviera escuchando a Antonio El Rubio cantar un fandango a la muerte de su perra galga. Se asió Esplá con la zurda a las tablas para recibir por las alturas al toro, y sí, allí estaba, guerrero y gallardo, el torero del 27. Cuando, tras el primer muletazo, se llevó la pañosa a la cadera, tenía las orejas cortadas. Dios estaba con él. Su faena a Beato -¡qué toros le salen a don Victoriano del Río cuando le salen!- fue una de las que más hondamente me han emocionado de cuantas he presenciado, a fuer de constituir la mil y una veces soñada sublimación, casi tangible, del sueño utópico gallista. El toreo al natural –ante todo, eso: naturalísimo- de Esplá dio fugaz, pero consistentísimo cuerpo a un sentido monumento que hora era ya de que alguien alzara en honor de la vieja plaza de la Carretera de Aragón. Enorme, gran y naturalísima sensibilidad, asimismo, la de don José Antonio Chopera al propiciar que el adiós del torero a Madrid tuviera lugar ante astados de un hierro de lujo. Limpiando los pinceles en los bufidos de Beato, Esplá, que también es pintor, terminó por fin, además, de rematar su autorretrato humano y artístico. Siempre aprecié en él a un torero fundamental y radicalmente tímido. Siempre creí detectar bajo su terno, incluso en sus comparecencias más felices ante la afición, un soterrado ataque de timidez que le impedía sacar a la luz muchas cosas vibrantes en su corazón y muñecas. Comprendo ahora que el ángel de su Destino le susurraba la orden de guardar todo eso en reserva para el final del camino. Nada menos que treinta y tres temporadas matando alimañas con trasteos repletos –para quien quisiera y supiera verlos- de subrayados, notas a pie y alusiones varias a la tauromaquia de Gelves le ha costado desprenderse de esa timidez.

Y ¡con qué elegancia se despojó del velo! Faena aromática, salpimentada de especias toreras, con pases de pecho tan gráciles como rotundos, con firmas y desdenes de tan sencilla como esmerada acuñación. ¡Esos dos naturales! Y todo, con un señor toro: toro con volumen, cuajo y arboladura. Toro con embestida, con brío, celo, empuje… Toro para toreros machos. Un toreo –lo subrayo- naturalísimo, sencillo, acunado por el don del ritmo, bendecido por un mágico sentido de la medida en cuanto a tiempo y distancias, sin ahogar al toro ni a la hora de la muerte, y para cuya plasmación los astros y el clima concedieron su preciso beneplácito.

Dios, decíamos, anduvo a su lado, y en la suerte de recibir, con permiso Suyo, Martín Agüero y Fortuna. La faena de Esplá, turiferada por ello con los inciensos de la verdadera espiritualidad y, pese al nombre del toro, ayuna por entero de esa beatería falsuna conformada a base de desplantes desencajados, zapatillazos, suma y sigue de pases de pecho y golpes de guedeja desordenada por el viento, ha quedado ya inscrita en el cuadro de honor reservado en el frontispicio de la Fiesta a las más nobles hazañas.

Gracias, torero. No te echaremos de menos, porque lo que hiciste es imborrable y nos acompañará siempre en la memoria. Espero te llegue mi emocionada y humilde enhorabuena.


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