crítica
"El primer día del resto de tu vida": cuando todo cambió para siempre
sábado 20 de junio de 2009, 21:01h
Coincidiendo con la esperada llegada de las vacaciones escolares, este fin de semana han aterrizado en la cartelera distintos tipos de comedias de la categoría de “para casi todos los públicos”. Desde la romántica y tradicional “Ejecutiva en apuros” con el innegable reclamo de la encasillada Réene Zellweger, a la más gamberra y osada “¿Hacemos una porno?”, pasando por la cinta francesa de corte familiar “El primer día del resto de tu vida”, lo cierto es que da la impresión de que el verano es época sólo para sonrisas y ratos al fresco sin pensar en nada.
Por otra parte, el antaño sesudo e intelectual cine francés parece haber dado un definitivo giro hacia la comedia más intrascendente. Desde que se produjo el extraordinario éxito internacional de Amelie, los cineastas del país vecino siguen explotando el filón de la comedia amable con moraleja, a pesar de que en la mayoría de sus últimas creaciones hayan tocado fondo y corran el riesgo de provocar en los espectadores el efecto contrario: no volver a confiar en un título francés a la hora de comprar una entrada para refugiarse del calor en la fría oscuridad de una sala con la intención, además, de echarse unas sanas carcajadas.
Si la muy aclamada en su país de origen “Bienvenidos al norte” ya produjo cierta desilusión fuera de sus fronteras, la comedia familiar “El primer día del resto de tu vida”, dirigida por Rémi Bezançon, deja al espectador con la sensación de haber presenciado la escenificación de una gastada historia llena de tópicos y patéticamente falta de chispa cómica. La originalidad de su planteamiento a la hora de contar la historia de un matrimonio y sus tres hijos a través del relato de cinco días repartidos a lo largo de doce años, los correspondientes al más importante para cada uno de sus cinco miembros, se pierde, precisamente, en lo que se cuenta y resulta incluso difícil creer, en alguno de los casos, que lo que pasó aquel día pueda ser de verdad lo que le cambió la vida al protagonista de esas 24 horas. Por lo general, lo que hace el filme es repasar los distintos momentos por los que atraviesa una familia típica, incluidos graves desencuentros o falta de comunicación entre padres e hijos, para concluir que, al final, lo más importante y lo que nos hace ser lo que somos es la familia en la que hemos crecido.
En todo caso, la cinta se salva gracias precisamente a ellos, a sus protagonistas. Los personajes dibujados por el propio director, que ejerce también de guionista, están muy bien definidos, desbordan ternura a la vez que incomprensión y, lo más importante de todo, están muy bien interpretados tanto por actores jóvenes que llegan pisando fuerte, como es el caso de Marc-André Grondin, el hijo soñador y pasota, y el de Déborah François, la adolescente rebelde en plena guerra sucia con su madre y que experimenta con las drogas, cuyos papeles les valieron los César a las mejores interpretaciones revelación masculina y femenina, como por actores consagrados como Jacques Gamblin, que da vida a un peculiar padre de familia.