www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Viajes de agua

Concha D’Olhaberriague
jueves 25 de junio de 2009, 21:50h
Así llamaban en Madrid a la red subterránea de la urbe medieval que, a través de galerías y conductos, transportaba el agua desde los arroyos y pozos aledaños a las fuentes y plazas de los barrios. Según los cronistas, este sistema hipogeo duró desde tiempos de los árabes hasta mediados del siglo XIX, cuando, bajo Juan Bravo Murillo, se inician las obras del Canal de Isabel II, con sus miras puestas en el río Lozoya.

En esta denominación tan poética de viajes de agua late la mediación de la mano del hombre; también en los trasvases cuyo nombre ya no suena igual. Leo que se manifiestan en Talavera, con el apoyo de Aranjuez y Toledo, y me pregunto si aragoneses, castellanos extremeños o portugueses son los dueños del Tajo o si se les puede estrangular el río pese a que no lo sean.

Viajeros intermitentes son ciertos acuíferos, surgencias, manaderos o reservas casi naturales tales como las maravillosas y atribuladas Lagunas de Ruidera que, con su agua de malaquita envuelta por las ferruginosas tierras y su Cueva de Montesinos, forman una sarta escalonada de quince cuentas. Tiene el aire, por estos parajes, algo de inconcreto y sugestivo.

Cervantes habla de siete hijas más dos sobrinas de Ruidera.

Las autoridades locales pretenden ahora, dice la prensa del lugar, vedar el paso a dos de ellas: la Colgada y la Batana. Y se oyen, de nuevo, las protestas de los vecinos. Tampoco sé a qué carta quedarme, pero, al ver a las multitudes subidas entre las frágiles toberas que separan la Lengua de la Redondilla, tengo la tentación de pedir que pongan una valla transparente.

Ojos llamaban los árabes a los brotes líquidos anunciadores de una posterior cuenca fluvial, nos dice Américo Castro, y los del Guadiana, por Villarrubia, se disputan con las lagunas su condición de cuna del río.

Y es que el agua, eterno casus belli, es esencialmente huidiza, caprichosa y nómada. Si pasan ustedes por allí, observen el nacedero del río Duratón en la zona aún madrileña de Somosierra; de inmediato hace un quiebro hacia tierras segovianas por donde discurre y horada sus rojizas hoces.

Así el hombre, desde tiempos remotos, se ha afanado por encontrarla, llevarla a su molino, apresarla, desviarla y hasta hacer fecundas las inundaciones. Allí donde abunda no siempre es bebible ni cibera. La esencial y deleitante agua da mucho quehacer, hermana a enemigos ideológicos y enfrenta a correligionarios que habitan en los lugares litigantes. No hay burlas con ella. Los antiguos poblaron de personajes fantásticos –inquietantes o monstruosos- los humedales, y en el desierto, dice Ortega, hay un hermoso proverbio: “bebe y deja tu sitio a otro”.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios