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Tesoros

sábado 27 de junio de 2009, 18:10h
Los tesoros vienen a ser en el orden material lo que los misterios en el espiritual: su realidad es incierta y su descubrimiento depende menos del empeño que del azar o la providencia.

Encontrar un tesoro es dificilísimo, particularmente si se busca. Los propietarios de detectores de metales lo saben. No hay como auscultar las paredes de la casa familiar en busca del cántaro donde guardaba la bisabuela las monedas de oro para comprobarlo. A diferencia de los cardenales romanos, cualquiera de los cuales reunía en un santiamén una espléndida colección de figurillas etruscas y esculturas paganas -la mayoría falsas, aunque nadie se molestaba por ello, sobre todo si los falsificadores se llamaban Cellini o Miguel Ángel-, el moderno cazatesoros debe resignarse con herraduras y clavos. Salvo sorpresas, la cacharrería subterránea carece de valor. Verdad que a veces suena la flauta. Un primo mío, sin ir más lejos, tropezó una vez en el campo, mientras recogía setas, con un sueldo de Justiniano. No tenía la menor idea de lo que había encontrado y al conocer el valor de la pieza, volvió a la zona y la registró a conciencia, sin éxito. Imagino que la moneda tuvo que portarla un pájaro en el pico, quizás desde Constantinopla, aunque he de confesar que nunca sobresalí como ornitólogo.

Los buscadores profesionales –y hoy, como ayer, existen peritos especializados- tienen una idea mucho menos romántica del negocio que los aficionados. Nada que ver, desde luego, con la cueva de Alí Baba o la isla del tesoro. La planificación racional se ha impuesto también en este ramo. Los tesoros que ahora se buscan no son quiméricos. Primero se escudriñan bibliotecas y archivos, luego se estudian a fondo los documentos, finalmente, cuando se localiza con exactitud el punto donde naufragó tal o cual galeón o donde ocurrió tal o cual batalla, se echa mano de sofisticados instrumentos técnicos para sacar a la luz las piezas detectadas. El mapa del tesoro no es ya un pergamino mugriento elaborado por un pirata con pata de palo y parche en el ojo, sino fruto de una meticulosa investigación científica. Tanto han cambiado las cosas que la palabra pirata no se aplica hoy a quien ocultó el tesoro, sino a quien trata de apropiárselo.

Y es que los tesoros, presentes y futuros, tienen a priori un dueño: el Estado. De acuerdo con los principios establecidos por éste, el buscador pertenece potencialmente al género de los expoliadores. Los aficionados deben andarse con mucho cuidado. Pase lo que pase siempre es preferible compartir con aquél los hallazgos. La semana pasada los tribunales reconocieron el derecho de un albañil a recibir como recompensa parte del valor del tesoro que halló ocho años antes en el curso de sus trabajos, dos mil dinares de oro, al cambio actual ocho millones de euros. El resto irá a parar a su legítimo dueño, el erario público.

La sentencia tiene un fondo ejemplarizante. Puesto que los tesoros se desquitan del olvido infundiendo en sus descubridores la codicia de poseerlos, parece necesaria una instancia superior que vele por la integridad del patrimonio histórico. Recuerden el barco hundido repleto de monedas de plata que apareció hace poco en aguas nacionales. Por otra parte, el negocio anticuario se ha globalizado gracias a internet y ello supone un peligro añadido para las reliquias del pasado. A esto debemos sumar la gran importancia que ha adquirido la industria de la falsificación y el sucedáneo. Cualquiera puede pujar en la red por las trompetas de Jericó o las perlas de Cleopatra. Son innumerables los que quieren pescar en la ciénaga de la Historia. La ingenuidad estriba en creer que el Estado está al margen de estas pasiones y que sus motivos son siempre más honorables que los de la ciudadanía. Un repaso a las actuaciones de las instituciones encargadas de proteger el patrimonio sería suficiente para extender la duda. Y no piensen que hablo por hablar, pues esas instituciones están en manos de las mismas personas que, llegado el caso, no dudan en talar un bosque para hacer una zona verde.
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