España era una fiesta
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 29 de junio de 2009, 20:21h
Más prolongada y generalizadamente que el París hemingwiano, España ha sido una fiesta durante las “treinta gloriosas”, que en ella se dilataron casi sin cesura desde la “década prodigiosa” a la depresión de medio siglo más tarde. Las generaciones nacidas o llegadas a la adultez en tan ancho abanico cronológico disfrutaron de unas oportunidades y gozaron de un nivel de vida incomparables con los de cualesquiera otros periodos anteriores de la historia nacional. Una etapa dulce, una fase única en un pasado bimilenario presidido de ordinario por la dureza extrema de las condiciones geográficas de un territorio en el que indiscutiblemente no se halló “el bíblico jardín”.
Suprimido lo mucho que de instrumentalización, desmesura y propaganda hubo en los adjetivos bombásticos pandereteados por los diferentes regímenes que se sucedieron en el poder en tan dilatado espacio –franquismo, incipiente democracia, plena democracia- aparecerá indeficientemente la imagen de un pueblo próspero e incesablemente consagrado con indisimulable fruición al consumo acezante de toda suerte de gozos y bienes. Sin desaprovechar ninguna coyuntura para acrecentar el PIB y modernizar espectacularmente la faz del país, objeto de una operación quirúrgica sin precedente en su nervatura económico-social y moral, la trepidante carrera de España por los raíles de la prosperidad pareció no tener fin. Ninguna de las muy escasas voces que se atrevieron a lanzar tímidos mensajes de cautela y prevención no hallaron eco alguno en la opinión pública al paso que las tronitronantes quedaban instantáneamente descalificadas como expresión de aquella “España negra” cuya erradicación era justamente la meta final de la renovada y europeísta surgida del boom y los affaires…
Los cambios operados en la sociedad hispana, paralelos a los de las restantes colectividades de Occidente atravesadas por una misma onda de inagotable avance, fueron de mayor ritmo e intensidad que los registrados simultáneamente en las últimas. El descenso de la natalidad, el consumo de estupefacientes, la quiebra de las antiguas formas familiares, el progreso de la secularización o, entre otros muchos de no menor calado, la llamativa irradiación de la permisividad en las estructuras educativas, pusieron de relieve, en el cruce de una a otra centuria, la hondura de las mudanzas experimentadas por la nación finisecular respecto a la de treinta años atrás. La almoneda –a menudo, festiva y alegre-, no la sustitución o el reemplazo, fue el método más empleado en este vasto proceso de transformación y mudanza. Los viejos valores perdieron vigencia a velocidad vertiginosa, sin que su lugar fuese ocupado, por lo común, por algo más que el vacío existencial y nihilista.
La modernidad y, sobre todo, la democracia exigen, per naturam y cara a su auténtica plenitud, un plus de atributos cívicos y éticos respecto de los modos de convivencia más arcaicos o autoritarios. Sus mores y costumbres, basadas por encima de todo en el pluralismo, ejercicio de las libertades y respecto inalterable a la igualdad, construyen un edificio ético de líneas tan firmes como espaciosas. Hasta el momento ninguna arquitectura política ha sido capaz de albergar una convivencia más creativa, pacífica y estimulante, así en el plano nacional como en el internacional.
Sino que en la España de la primavera de 2009 la construcción iniciada ha más de un tercio de siglo no se ofrece todavía concluida en su totalidad, con pesarosas consecuencias para la atmósfera moral del país.
Abastada siempre de paradojas según el juicio de sus mejores conocedores extranjeros, nuestra nación semeja acrecentar su caudal en épocas de turbulencias como la presente.
Puestos a la cabeza de su acelerada modernización los sectores más avanzados y progresistas, éstos anatematizaron con acritud cualquier crítica sobre su deriva moral proveniente de las esferas más tradicionales. Ni el tono ni el número de las admoniciones fueron elevados. Los mencionados sectores participaban también en algún grado de la euforia general traída por “los vientos del cambio” y de la empatía con el aumento incesante de toda suerte de recursos, y, en último extremo, eran conscientes de que la hora histórica exigía nuevos talantes al frente del nuevo e inédito rumbo seguido por la comunidad española. Las escasas y débiles censuras de los círculos más apegados al pasado quedaron así asordinadas en un clima que parecía dejar la marcha del país a la expansión sin freno del enriquecimiento material y a la manifestación ilimitada de sentimientos e ideas constreñidos en la antigua sociedad. Más allá de las diferencias políticas y de la dinámica de los principales partidos, la cultura del consumismo y el placer a caño abierto vertebró la colectividad hispana de la etapa intersecular, que en estos días estudiosos y publicistas dan ahora por concluida con la gigantesca crisis abatida sobre el país.
Sobrevenida ésta, tomaría cuerpo la paradoja aludida más arriba, produciéndose un espectacular volte face en la designación de papeles. De manera casi indeficiente, a lo largo de los siglos de nuestra contemporaneidad, las fuerzas más conservadoras patrimonializaron la legitimidad de la crítica de costumbres en nombre de una ética de inspiración religiosa de la que se ofrecían como sus exégetas más autorizados. No obstante, a raíz de la recesión que inunda toda la economía mundial, sus principales flageladores se reclutan en los ambientes denominados progresistas. Desde el punto de vista de la actividad productiva ello viene a ser lógico, dado que sus militantes sitúan a las nocivas políticas neocapitalistas en el centro originario del terremoto. Menos lo es, empero, en el campo social, en el que los citados autores y las corrientes de pensamiento de que son exponentes abanderaron en todo momento los procesos y hábitos morales hodierno encausados como corresponsables cuando no principales inductores de la asombrosa quiebra del sistema financiero internacional, en la que han participado, según su diagnóstico, actitudes y prácticas de gran amoralidad, como un inembridable afán de lucro y una insolidaridad de perfiles difíciles de imaginar en hombres y mujeres de refinada educación en su mayor parte.
En España, solar de moralistas, su cepa ha vuelto a reverdecer y hallado terreno el más favorable en los aludidos sectores, con mayor ímpetu incluso que en los que de manera casi ininterrumpida distribuyeron las patentes de la ética individual y colectiva. Ya decía bien el hoy tan traído y llevado, a propósito de su actuación en la guerra de la Independencia, lord Wellington que España era “el único país del mundo en que dos y dos no daban cuatro”… No hay, por descontado, ningún ejercicio de cinismo ni reivindicación extemporánea del lado de gentes o sectores poco entregados en el correr de las épocas a mostrarse enfervorizados laudatores temporis acti o practican con ahínco el casandrismo. Únicamente, la ocupación de un insólito lugar en su orientación habitual, ubicación que, por lo demás, deja elocuentemente al descubierto la hondura y gravedad de la crisis que nos maltrata en el día.
Para su análisis –no se diga, para su resolución…- todas las auscultaciones serán escasas.