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El catedrático de Economía considera extremos el ecologismo y el escepticismo

Jaime Terceiro: "Hay un riesgo de catástrofe climática bajo, pero no despreciable"

sábado 04 de julio de 2009, 16:48h
Jaime Terceiro, catedrático de Economía, ha escrito "Economía del cambio climático" para mirar al fenómeno del clima desde la luz de esta ciencia social. Él fue también un escéptico, nos dice, pero cambió de opinión tras dedicar varios años de estudio al asunto. Hay que actuar y hay que hacerlo ya, dice. Hay un riesgo de catástrofe climática que es bajo, pero suficiente como para justificar políticas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.
Terceiro ha sintetizado varias décadas de ciencia económica y largos años de estudio del fenómeno del cambio climático en un libro breve y accesible que se llama, casi no podía ser de otro modo, “Economía del cambio climático”, cuya segunda edición actualizada se ha publicado muy recientemente. Lo ha escrito para arrojar luz sobre el asunto y para responder a ciertos errores cometidos por dos posiciones entre las cuales se sitúa: la de los ecologistas y la de los escépticos; ambas le parecen extremas.

El Imparcial: Cambio climático. Estamos ante un ejemplo clásico, dice usted en el libro, de un fallo de mercado.

Jaime Terceiro: Así es, lo digo en la Introducción del libro y dedico un capítulo entero: “Cambio climático y fallos de mercado” a justificarlo.

El Imparcial: Pero en la aplicación de la economía a esta cuestión nos enfrentamos a un problema que es muy anterior a la reciente preocupación por el clima, y que va más allá, y que es el de la valoración por parte de la economía de fenómenos que no tienen precio. Es decir, ¿cuánto vale, por ejemlo, la extinción de una especie de cucaracha? No lo sabemos. Aquí nos enfrentamos a las mismas lindes de la ciencia económica.

Jaime Terceiro: Probablemente el ejemplo de la cucaracha no es muy afortunado, más relevante sería poner como ejemplo el hecho, refrendado por la NASA (Nacional Aeronautics and Space Administration de EE UU), de que en los últimos cuarenta años la superficie de hielo y nieve disminuyó aproximadamente en un 10%, o atenerse a la respuesta, que a petición del Congreso de EE.UU., dio el National Research Council of the National Academies en el año 2006 en la que afirma, con un alto nivel de confianza, que la temperatura global media superficial de la Tierra fue más alta durante las últimas décadas del siglo XX que durante cualquier otro período comparable de tiempo de los últimos cuatro siglos. Francamente, en ninguna de la mucha literatura que he consultado noté preocupación alguna por la valoración económica de la extinción de las cucarachas.

Pero, en efecto, es importante señalar los problemas inherentes a la valoración en términos monetarios de muchos de estos costes y beneficios. En consecuencia, hay que ser especialmente cuidadoso para que factores cuantitativos no dominen factores cualitativos muy importantes, como en nuestro caso puede ser la pérdida de biodiversidad. Es algo arrogante que nosotros los economistas valoremos en términos monetarios considerables erosiones y cambios en el medio natural. Es, como poco, discutible que fenómenos de este tipo puedan traducirse, de manera totalmente satisfactoria, en términos monetarios y, sin embargo, el análisis económico del cambio climático los traduce en moneda o los ignora. Sin embargo, hay que reconocer que no tenemos una alternativa mejor, ya que cualquier otra tendría una falta de rigor mucho mayor. En todo caso, esta dificultad de valoración no es un problema especifico del análisis económico del cambio climático, también lo es por ejemplo de los problemas de pobreza y desigualdad, y en general de valoración de rentas no monetarias.

El Imparcial: Pero no es eso lo que me preocupa, sino cómo valoramos esos fenómenos que no tienen un precio. Porque, efectivamente, a mí me puede preocupar la extinción de una especie del reino animal, pero ¿qué relevancia tiene eso? ¿Cómo se aprecia, si no contamos con la referencia de los precios? ¿Quién decide, y cómo, si mi valoración es o no importante, si lo es para más gente?

Jaime Terceiro: Son dos las aproximaciones que discuto en el libro. La primera de ellas utiliza el análisis coste-beneficio en un entorno de incertidumbre, y es aquí donde se plantean los problemas de valoración a los que usted hace referencia, y a los que he aludido en mi contestación anterior. La idea básica es considerar la estabilidad del clima con lo que, por ejemplo, conlleva en cuanto a la calidad del aire y a la variabilidad de la temperatura dentro de un determinado rango, como un bien público. Como bien sabemos, los bienes públicos distorsionan la asignación de recursos que se lleva a cabo bajo el mecanismo competitivo del mercado, porque los individuos tienden a ocultar sus verdaderas preferencias respecto a ellos, con el propósito de traspasar a otros la carga de su financiación.

La segunda aproximación es la que lleva a algunos autores a justificar los costes de combatir el cambio climático como una forma de seguro al que se le hace frente hoy para prevenir daños inciertos, tanto respecto a su cuantía como al tiempo en el que puedan tener lugar. Después de todo, esta es la actitud que tomamos al contratar un seguro frente a cualquier tipo de accidente, aun a sabiendas de que las compañías de seguros probablemente ganarán dinero con nuestra decisión. En efecto, la ciencia del clima enseña que la probabilidad de eventos catastróficos no es despreciable, aun teniendo en cuenta que esta baja probabilidad no es objetivamente cuantificable.

En el capítulo titulado “Tasa de descuento e igualdad intergeneracional” discuto detalladamente cual es el origen de los distintos resultados que se obtienen con los modelos de coste-beneficio, y llego a la conclusión que la mayor parte de las diferencias tienen su origen en los distintos valores numéricos que se utilizan para las tasas de descuento. Parece claro que es difícil elegir, con criterios estrictamente económicos, cuáles son las tasas de descuento a utilizar en los modelos económicos de cambio climático, ya que no cabe validación empírica alguna. Las decisiones son más bien de carácter moral y ético. Conviene señalar, sin embargo, que si se consideran explícitamente los criterios de equidad intergeneracionales e intrageneracionales, las tasas de descuento disminuyen de manera apreciable, lo que conduciría a intervenciones aún más tempranas.

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El Imparcial: Es que cualquier acción tiene una vertiente ética.

Jaime Terceiro: En efecto, así es, y sobre todo en problemas económicos de esta naturaleza. De no entenderse bien la naturaleza del problema puede llegarse a contradicciones evidentes

El Imparcial: Como cuáles

Jaime Terceiro: Por ejemplo, las derivadas de la posición escéptica que afirma que hay que posponer cualquier actuación, y que si el problema es de las generaciones futuras, que lo resuelvan ellas, puesto que tendrán más recursos y mejor tecnología. Sin embargo, esta posición que coincide con los que niegan cualquier tipo de intervención en el mercado, no es la misma que mantienen cuando, con razón, dicen que hay que evitar el excesivo gasto público, financiado con deuda que deberán pagar las generaciones futuras. Cuando la cuestión se refiere a la deuda pública este tipo de liberales tiene el discurso contrario.

En este contexto se suele decir , con cierto desprecio, que quienes defendemos en esta materia algún tipo de intervención pública representamos “la postura oficial” y “políticamente correcta”, y nada está más lejos de la realidad. La postura oficial…

El Imparcial: Es el IPCC

Jaime Terceiro: No, desde luego que no.

El Imparcial: Son las Naciones Unidas.

Jaime Terceiro: Tampoco. Esa puede ser la postura de un organismo internacional. Pero una cosa son los pronunciamientos teóricos y las normas que se hacen públicas, y otra el cumplimiento de estas normas. Y lo que ha triunfado hasta ahora es la postura escéptica, porque las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando. En efecto, a pesar de las intensas negociaciones sobre cambio climático, IPCC incluido, que han tenido lugar en los últimos quince años, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ha aumentado en los últimos ocho años un 33% más que en la década de los noventa, tal y como un reciente informe de la Academia de Ciencias de EE UU ha puesto de relieve.

El Imparcial: En el caso de Europa, desde luego.

Jaime Terceiro: Y en el caso de Estados Unidos también.

El Imparcial: Menos.

Jaime Terceiro: Y por tanto, no hay que tomarse en serio las afirmaciones de quienes nos sitúan en “la postura oficial”. La postura oficial, y real, es la que defienden los escépticos. Esto fue lo que afirmé hace unos días, cuando mantuve un debate con unos escépticos de la escuela de Lomborg. Y mire, yo no soy nada oficial, ni vengo a hablar en nombre de nadie.

El Imparcial: Usted no menciona expresamente el principio de precaución, que es el que informa todo el tratado de Kioto. Y, sin embargo, sí incide mucho en una idea concomitante, que es la de cambios catastróficos e irreversibles.

Jaime Terceiro: Son dos cosas distintas. El libro no entra con detenimiento ni en Kioto ni en las medidas de la Comunidad Económica Europea, ni en las de algunos estados americanos, sino que explica, de la manera más sencilla posible, algunos conceptos económicos complejos asociados al fenómeno del cambio climático.

Sí, hablo del principio de precaución cuando aludo al artículo 3 de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, en vigor desde 1994, donde entre otras afirmaciones se mantiene que: «Cuando haya amenaza de daño grave o irreversible, no debería utilizarse la inexistencia de total certidumbre científica como razón para posponer medidas».

La idea de los cambios catastróficos es más compleja, y a ella le dedico bastante espacio en el libro, tiene mucho que ver con los trabajos de Weitzman. Este autor desarrolla un riguroso modelo matemático para situaciones en las que eventos extremos con efectos catastróficos pueden tener lugar con una baja probabilidad. Como resultado del análisis de los trabajos científicos más acreditados, llega a la mejor estimación de la probabilidad de que tal tipo de eventos tenga lugar. La conclusión es que en un horizonte de doscientos años la probabilidad de que la temperatura se incremente en 10 ºC es del 5%, y la de que el incremento sea de 20 ºC es del 1%. Sea cual sea el criterio que se considere, un cambio climático que venga acompañado por incrementos de temperatura de semejante magnitud, con niveles de probabilidad que varíen entre el 5% y el 1%, conduce, con un riesgo nada despreciable, a una situación de catástrofe.

El Imparcial: Dice que la estabilidad del clima es un bien público. ¿Por qué es un bien público? ¿Por qué es un bien?

Jaime Terceiro: Porque tiene algunas propiedades que lo diferencian de otros bienes económicos al uso, como la no rivalidad, que implica que el consumo o disfrute de ese bien por un individuo no impide el consumo por otros individuos; y la no exclusión, que supone que los individuos pueden acceder libremente al disfrute de ese bien, de forma que nadie puede ser excluido sin costes prohibitivos.

El Imparcial: ¿Cuál es la principal batalla en el campo de la economía del cambio climático?

Jaime Terceiro: Luchar contra la interpretación errónea, y muchas veces interesada, de informes como los del profesor Stern, y no darse cuenta entre otras cosas que la variable crítica, la más sensible frente a los resultados finales, es la tasa de descuento. En el libro creo haber realizado un cierto esfuerzo en explicar este problema con claridad.

El Imparcial: Al fin y al cabo es la que nos permite valorar el futuro, y por tanto el valor de las consecuencias futuras de nuestra acción.

Jaime Terceiro: Bajo ciertas hipótesis, es posible expresar la tasa social de descuento como la suma de dos componentes. La primera es la tasa a la que los individuos descuentan el consumo futuro bajo la hipótesis de un nivel de consumo per cápita constante a lo largo del tiempo. Esta es la que se conoce como tasa pura de descuento temporal, y se puede interpretar de diversas maneras. Desde una perspectiva individual, podríamos decir que se justifica por la impaciencia, o lo que es lo mismo, porque los individuos tienden a preferir el consumo hoy que posponerlo. Por consiguiente, esta tasa tendrá un valor superior a cero, y cuanto mayor sea su valor más se descuenta el futuro.

La segunda componente hace referencia al crecimiento del consumo per cápita a lo largo del tiempo, lo que implica que el consumo futuro tiene una utilidad marginal menor que el consumo actual. Donde está el mayor desacuerdo es en la primera de ellas.

El Imparcial: La gente tiene distintas impaciencias, o distintas preferencias temporales, y de hecho hay un mercado para dar salida a estas valoraciones, que es el mercado de tipos de interés. Hay un criterio válido, en principio, como es elegir el tipo de interés de mercado. Si no se elige éste, que es un criterio más o menos objetivo, pues es un dato que surge del mercado, se ha de elegir otro criterio para elegir una tasa de descuento frente a otra. Porque, de hecho, y usted lo refleja en el libro, hay propuestas muy divergentes.

Jaime Terceiro: Lo que yo digo en el libro es que los tipos de interés de mercado no son una buena referencia. Es más, por las razones que todos conocemos hoy tenemos tipos de interés próximos a cero, mientras que los que teníamos en este país hace quince años eran superiores al diez por ciento. Por tanto, ¿cuál es el tipo de interés de mercado?, especialmente cuando hablamos de espacios temporales de cuarenta, o cincuenta años.

Esa aproximación, la de los tipos de interés del mercado, es la razonable para otro tipo de análisis de inversiones, pero no en este caso. Los tipos de interés que revelan los mercados son valores claramente superiores a cero, pero estos valores reflejan decisiones privadas de los individuos de invertir hoy para obtener beneficios futuros. Sin embargo, cuánto se debe invertir hoy en generaciones que aún no han nacido es una cuestión totalmente distinta.

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El Imparcial: Bien, nos encontramos entonces con el problema de la herencia intergeneracional y con el juicio de que para ella no valen los tipos de interés de mercado. De nuevo, ¿Qué criterio cabe para elegir uno u otro, que nos llevará a una acción inmediata o a otra más pausada?

Jaime Terceiro: Parece claro que es difícil elegir con criterios estrictamente económicos cuáles son las tasas de descuento que hay que aplicar en los modelos económicos de cambio climático, ya que no cabe validación empírica alguna. Las decisiones son más bien de carácter moral y ético. Conviene señalar, sin embargo, que si se consideran explícitamente los criterios de equidad intergeneracionales e intrageneracionales, las tasas de descuento disminuyen de manera apreciable, lo que conduciría a intervenciones aún más tempranas.

Lo que desde luego no se debe hacer es lo que se propone en el, ciertamente cómico, llamado consenso de Copenhague, que se alcanza mediante un ejercicio que utiliza la formalidad y complejidad de los modelos para ocultar juicios de valor e hipótesis arbitrarias, por el procedimiento de fijar previamente ciertos valores de los parámetros y variables que van a ser determinantes en el resultado final, que, por otra parte, coincide con el elegido de antemano. En este caso proponiendo tasas de descuento del 5%, para proyectos de mitigación del cambio climático y, por ejemplo, del 3% para proyectos de prevención del sida. Procediendo de esta manera se aseguran de antemano los resultados que se quieren alcanzar.

El Imparcial: Pero si esa elección es cómica, ¿Por qué no lo es la del informe Stern, que ha elegido libremente el criterio contrario?

Jaime Terceiro: Porque lo justifica y explicita claramente. Él dice que las generaciones actuales no pueden, bajo ningún concepto, condicionar las funciones de utilidad de las generaciones futuras. El cambio climático deja huellas definitivas de imposible marcha atrás, y las condiciones futuras no serán reversibles, por muchos recursos que dediquemos a volver a la situación actual, a la que nos hemos adaptado técnica, política, económica y socialmente a lo largo de siglos invirtiendo en este proceso ingentes cantidades de capital físico y humano. Por otra parte, este carácter irreversible hace que la estabilidad del clima deba plantearse como prerrequisito para cualquier política de desarrollo económico, de manera análoga a como, por ejemplo, la paz y la estabilidad se consideran como condiciones necesarias, que no suficientes, del progreso humano.

El Imparcial: Pero entonces, ese tipo de interés no es un hallazgo técnico sino mera expresión de una concepción previa, la de actuar ahora. Es decir, no surge de un análisis económico, sino que es una plasmación numérica de una concepción anterior.

Jaime Terceiro: Sí, o mejor dicho, no surge solo de consideraciones económicas. En todo caso, creo que es una propuesta más adecuada que la de elegir tipos de mercado, por las razones que ya he comentado. Hay que recordar, no obstante que existe otra aproximación que justifica la reducción de emisiones y que no tiene que ver con la elección de tasas de descuento, a ella hago referencia con cierto detenimiento en el libro, y como ya le dije está fundada en que la ciencia del clima nos enseña que la probabilidad de eventos catastróficos no es despreciable, aun teniendo en cuenta que esta baja probabilidad no es objetivamente cuantificable.

El Imparcial: Usted mismo ha hecho referencia a la tendencia, asentada desde la Revolución Industrial, de crear y acumular riqueza generación tras generación, una tendencia que se sigue manteniendo. Y, de este modo, legaremos a las generaciones futuras no sólo este problema, sino la riqueza que tenemos las que se haya generado en ese tiempo. Y eso es importante, porque el problema de la incidencia del hombre en el clima es un problema económico y técnico. Y con el paso del tiempo legaremos más medios económicos y mejores medios técnicos.

Jaime Terceiro: En el capitulo de “Energías alternativas” abordo con detenimiento esta cuestión. En efecto, es posible demostrar, tanto desde el punto de vista teórico como empírico, que la exclusiva utilización de las nuevas tecnologías para mitigar el problema del cambio climático, pretendiendo sustituir totalmente a las políticas de control de emisiones de GEI, es una solución cara y arriesgada. La aproximación correcta es su empleo complementario. En todo caso, es difícil poder concretar en la práctica una regla, definida a priori, que responda a lo que podría ser una aproximación óptima al problema, simplemente porque las múltiples partes afectadas tienen objetivos e intereses muy distintos respecto a los problemas de adaptación y mitigación del cambio climático

El hecho de que los mercados subestimen la inversión en I+D relativa a las nuevas tecnologías energéticas refuerza la propuesta de que los instrumentos de control de emisiones de GEI deben estar diseñados para promover que se innove, como un efecto indirecto de la internalización de las externalidades negativas que generan. En ausencia de estos instrumentos, la incorporación de nuevas tecnologías está doblemente penalizada en el mercado, por lo que las subvenciones a estas tecnologías están especialmente justificadas, sobre todo cuando la corrección del fallo de mercado que representa la emisión de GEI no es completa. Vemos de manera clara la interacción de dos tipos de fallos de mercado: por un lado, la emisión de GEI que genera externalidades negativas; por otro, las nuevas tecnologías energéticas que generan externalidades positivas. Una adecuada política sobre el CC debe tener presente ambos aspectos.

Los escépticos están sólo por el desarrollo tecnológico, todo lo fían a esta variable, y los partidarios de Kioto están, básicamente, a favor de instrumentos impositivos o de permisos de emisión. Los instrumentos de control que deben utilizarse son aquellos que proporcionen incentivos a los agentes económicos para que reduzcan sus emisiones y desarrollen nuevas tecnologías menos contaminantes.

El Imparcial: Finalmente, ¿cómo piensa que la crisis económica actual puede afectar a las políticas sobre cambio climático?

Jaime Terceiro: En mi opinión, no son tiempos para elegir entre la solución a la crisis económica a corto plazo o a la crisis climática a largo plazo. Si en este contexto reflexionamos sobre la elección de decisiones con efectos a corto y a largo plazo, debemos reparar en las causas que nos han llevado a la crisis actual. Estamos en esta situación porque, durante demasiado tiempo, se ha puesto un énfasis excesivo en el corto plazo, tanto en la política de beneficios como en la política de incentivos. Si algo tiene en común la crisis económica y financiera actual con la infraestructura energética de combustibles fósiles, es que en los dos ámbitos se han gestionado y valorado equivocadamente los precios y los riesgos, lo que ha producido un exceso de activos tóxicos en el primero y está produciendo un exceso de gases de efecto invernadero en el segundo.

Una vez más, se pone de manifiesto que siempre que el precio de algún bien no refleja los costes y riesgos que conllevan su uso, los ciudadanos se exceden en su consumo. Y esto es exactamente lo que ha sucedido en el sistema financiero y está sucediendo en el sistema energético.

Hay, sin embargo, una diferencia sustancial entre ambas crisis: la económica se deja ver inmediatamente, por ejemplo en la evolución de los mercados de valores y en las cifras de paro, pero la climática se dejará ver con un retraso que se mide en décadas, y es precisamente este largo plazo en su impacto el que nos puede conducir de manera equivocada a posponer la toma de decisiones.

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