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Los billetes falsos del Dioni

jueves 09 de julio de 2009, 22:44h
Una de las historias más sorprendentes que he escuchado en mi vida me la contaron hace varios años en Nápoles. Me explicaron el significado de una “profesión” cuya existencia hasta entonces desconocía. Porque, ¿a qué se dedica un “acompagnatore fiscale”, es decir, un acompañante fiscal? En un país como Italia, en el que al parecer a las autoridades no les resulta nada fácil ejercer la labor recaudatoria, existe la obligación por parte de los establecimientos públicos de entregar un scontrino (un ticket) a sus clientes. Pero la norma va más allá, porque los consumidores están obligados, a su vez, a portar dicho resguardo que pruebe que les han cobrado con el IVA correspondiente y no pueden deshacerse de él hasta que no se hayan alejado, por lo menos, cien metros del local que han visitado. Si tienes la desgracia, por ejemplo, de salir de un bar después de haber saboreado un delicioso cappuccino mientras un guarda di finanza merodeaba por allí, más vale que te hayas acordado de guardar el dichoso recibo, porque te puede caer una multa y, al final, el café te sale por un ojo de la cara.

Como ya sabemos eso de que donde está la ley, aparece siempre la trampa, en algunos lugares del país transalpino, fundamentalmente en el sur, existen restaurantes que han incorporado a su plantilla al susodicho acompañante. Si después de una suculenta cena, con antipasto, primo, secondo y un buen tiramisú de postre, todo regado con vinos de la tierra y una grappa o un limoncelo para ayudar a la digestión, el camarero te llega con la cuenta, que no es tal cuenta, sino una simple suma de los precios correspondientes a los exquisitos productos consumidos y, además, se ofrece a hacer un descuento para redondear la suma total, seguramente se trate de uno de esos establecimientos que cuentan con los servicios de un profesional del acompañamiento fiscal. Su función consiste en acompañar al cliente, y a sus amigos o familia, durante el recorrido de los cien metros. Parece uno más del grupo, lleva en su bolsillo la factura legal y si por los alrededores les da por aparecer a los guardias, enseña la justificación de la cena debidamente abonada que demuestra el cumplimiento con la bendita Hacienda Pública por parte del restaurante y del cliente. En caso contrario, y una vez rebasada la peligrosa distancia, saca la factura y la rompe cuidadosamente en trocitos.

A mí nunca me ha ocurrido, así es que a veces sigo pensando que quien me lo contó, estaba simplemente tomando el pelo a una extranjera. Podría ser, pero lo que sí que es cierto es que el punto que más nos diferencia a los mediterráneos de los anglosajones, es precisamente esa mal llamada picaresca que permite que los timadores, mentirosos o sencillamente defraudadores sean vistos como singulares personajes con gracejo y mucha cara dura. Sólo así puede entenderse que todos los medios hayan dedicado estos días importantes espacios para hablar del Dioni. El impresentable tipo acaba de celebrar con una gran fiesta, en la que se repartieron falsos billetes de mil pesetas, para conmemorar el vigésimo aniversario de la comisión de ese delito que, aún no me explicó por qué, le hizo tan popular. Engañó a sus compañeros del furgón blindado y robó 298 millones de pesetas. Después se fugó a Brasil hasta que le pillaron y le condenaron a tres años y cuatro meses de cárcel. Por supuesto, sólo pasó entre rejas 34 meses y sin devolver un duro de la pasta que se llevó, se hizo famoso contando “su aventura”, además de reciclarse como un dudoso cantante que ya va por su tercer trabajo discográfico.

Ahora festeja su hazaña por todo lo alto y le reímos las gracias a un simple chorizo que, además, jamás se ha arrepentido. Al contrario, asegura que si el robo hubiera tenido lugar ahora, en vez de 300 millones se habría llevado 5.000, “porque los euros abultan mucho menos”.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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