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El milagro berlusconiano

Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 12 de julio de 2009, 17:33h
El pasado viernes, el G-8 organizado por Silvio Berlusconi terminó con pocos resultados tangibles, muchas promesas programáticas y, sorprendentemente, ninguna sorpresa. Reconozco probar bastante alivio: la organización de un evento tan importante y de alcance mundial requería mucho cuidado y sobriedad por parte de un personaje acostumbrado a los excesos. Sin embargo, como ya había augurado en la precedente columna, confiaba en una asunción de responsabilidad y discreción por parte de Berlusconi. Vaticinaba un anfitrión discreto y no dudaba del Cavaliere como maestro de ceremonias: mucha presión le obligaba a asumir una postura atenta y ponderada. Reconozco que, en parte, ha sido así y, por eso, comparto las palabras finales de Berlusconi: “he hecho un milagro”. No sé bien a que se refería: personalmente, al hecho de no haber metido la pata, ni puesto los cuernos, ni llevado a ninguna bailarina o insultado a otros países. Un verdadero milagro.

Sin embargo, la “semana italiana” se ha caracterizado por una serie de episodios que merecen la pena ser destacados: en primer lugar, la biografía oficial distribuida por la Casa Blanca a los periodistas que acompañaban al Presidente estadounidense Barack Obama confirma que en Washington el premier italiano no cuenta con muchos admiradores: si el pequeño dossier de prensa de la pasada cumbre del G8 en Hokkaido (Japón), definía a Berlusconi como un “diletante político que llegó al cargo sólo mediante el uso de su considerable influencia en los medios nacionales”, ésta vez para evitar “difamarlo” se ha preferido limitar a 7 líneas (frente a las tres páginas para Giorgio Napolitano o el Papa), mencionando descaradadamente sólo fecha y lugar de nacimiento, profesión y última victoria electoral.

Secundariamente, la protesta de las víctimas del terremoto se sintetiza en la frase “Yes, we camp”, a subrayar que más de 25mil personas siguen alojadas en tiendas de campaña, pasando apuros y viviendo con escepticismo las promesas del Gobierno. La reconstrucción de la zona procede de forma muy lenta y el Cavaliere ya ha anunciado retrasar desde septiembre a noviembre la fecha de entrega de las nuevas casas. Siguiendo con las protestas, resulta imposible no compartir el mensaje de cuatro ciudadanos franceses y un griego (detenidos): “Mantengamos el clima frío, así Berlusconi puede seguir vestido”.

¿Y los medios internacionales? Pues, en principio muchos periódicos internacionales han arremetido contra de él, ironizando sobre Italia y representando a Berlusconi con sujetadores en lugar de pañuelos, con escort (prostitutas) y menores rodeándole. De hecho, algunos han llegado a conjeturar la expulsión de Italia del G-8 (The Guardian), otros sugerían a Obama tomar el mando de la situación (New York Times) debido a la negligencia del Gobierno italiano en la elaboración de la agenda de la cumbre o a pronunciar juicios lapidarios sobre el mismo Berlusconi como “Showmanship, perhaps; leadership, no” (New York Times). Hasta el canal árabe, Al Jazeera, hablaba de un G-8 “obscurecido por los escándalos del primer ministro italiano”. Sin embargo, terminada la cumbre, los medios han “bajado el tiro” y promovido la organización del evento, bosquejando algún elogio al premier italiano (con el evidente riesgo que, de ahora en adelante, se sienta menos débil, legitimado por un éxito temporal).

Finalmente, Italia sigue representando una anomalía, un país donde hasta la normalidad parece algo excepcional, donde nos hemos acostumbrado a considerar corriente una realidad extraña y particular. Berlusconi, líder controvertido y difícil de entender fuera de los confines nacionales, encarna perfectamente el “estilo italiano” actual, más de lo que nos apetece admitir. Caracterizado por su entusiasmo e incoherencia, su sentido del humor y sus éxitos económicos, su donjuanismo sempiterno y su ridiculez son la de todos los italianos. Por ello, mientras los extranjeros observan con perplejidad los acontecimientos italianos (el connubio sexo-poder, el monopolio económico-informativo, las mentiras cotidianas, los ataques a la Magistratura), en Italia paradójicamente eso poco importa. Por eso, todos están listos para celebrar su buena conducta de tres días. Palazzo Grazioli, Noemi, Casoria, las fotos, las condenas judiciales: todo arrinconando, olvidado para mostrar un país tolerante y libertino, que, en el fondo, le envidia una vida tan onírica y desinhibida. Se le puede perdonar sus exageraciones, se puede pasar por alto el conflicto de intereses (entre político y hombre más rico de Italia), se puede aceptar que se garantice la inmunidad, siempre y cuando ofrezca la imagen de trabajar “para el bien del país”. No se bien si se trata de falso moralismo, quizás sea genuina hipocresía, con una punta de pereza, servilismo y desinterés por la actualidad nacional. Pero no cabe duda que es nuestra forma de ser: memoria corta, duplicidad caracterial con tendencia al engaño y, antes de volver a pecar, todos a misa a pedir perdón. Por eso, poco nos importa como nos vean fuera de Italia aunque nos quedemos tristes-enfadados cuando los ataques se mueven alrededor de los tópicos, estereotipos y prejuicios de siempre: mafia (el último documental de la BBC sobre la Italia berlusconiana tenía como banda sonora la canción del Padrino), corrupción, mujeres, sexos, picardía, desprecio por las leyes. Sin embargo, Italia es todo eso: una mezcla de factores que llevan a Berlusconi como producto y usuario final.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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