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Proyectar el futuro de la sociedad española

martes 14 de julio de 2009, 20:19h
Desde hace ya algunos años detecto en numerosos miembros de la generación que ahora ronda entre los 60 y los 75 años y que aún tienen mando en la política, en la empresa y en la universidad, una cierta desazón con los actuales tiempos porque no parece que haya ningún ideal de envergadura que cumplir. Estas gentes tenían en 1975 entre 25 y 40 años, estaban en la plenitud de su vida y en muchos casos llegaron pronto a puesto de poder académico, político, empresarial; tenían no sólo grandes retos por delante sino también muchas posibilidades abiertas para afrontarlos, lo que hicieron en general con bastante éxito tanto en lo personal como colectivamente. La sociedad española de 1975 tenía a la vista el añorado empeño de homologación democrática y de integración plena en la entonces llamada Comunidad Económica Europea y en otras instituciones internacionales. Esos objetivos, compartidos por la inmensa mayoría de los ciudadanos, eran la culminación del proceso de modernización iniciado a finales de los años 50 en pleno franquismo. Dentro de estos grandes retos había otros menores, pero no por ello de poca importancia como abrir las puertas de la universidad a las clases medias y bajas (lo que sólo tímidamente se había hecho en los últimos años de la dictadura), conseguir una sanidad avanzada que cubriese a toda la población, reconvertir un sistema industrial que se iba quedando obsoleto en algunos sectores, diseñar una tributación basada en impuestos proporcionales a la renta que permitiese financiar un Estado del bienestar en desarrollo, integrar la pluralidad de nacionalidades y regiones en un marco político constitucional descentralizado, modernizar un ejército muy anticuado no sólo en su sustrato ideológico sino también en sus medios materiales, etc., etc., etc.

El último coletazo de esos grandes objetivos por cumplir fue la integración de España en la Unión Europea de la moneda única, para lo que hubo que cumplir los estrictos compromisos del tratado de Mastrique, si bien pienso que no hemos valorado suficientemente lo que supone “estar en el euro”.

Si echamos un vistazo superficial a esta España presente de la bronca constante por la financiación autonómica y de las cajas amenazantes que sacan algunos de sus despachos para intentar defenderse jurídicamente de sus presuntos delitos, como antaño roldanes y perotes amenazaban con tirar de la manta, no me extraña que haya gente que no vea grandes proyectos que ilusionen de cara al futuro, pero convendría profundizar un poco en la mirada. Lo de las cajas no merece más comentario que decir que se pongan a disposición judicial. Y lo de la financiación, en un Estado tan descentralizado como el nuestro, debería tratarse con una mayor claridad, por un lado, y con menos partidismo, por otro. Si la mayoría de las competencias las ejecutan las Comunidades autónomas, es normal que el grueso de lo que el Estado recaude vaya a sus arcas para que puedan ofrecer eficientemente servicios a los ciudadanos, y no habría que echarse las manos a la cabeza cada vez que se incrementa el porcentaje de participación de las Comunidades autónomas en algunos tributos. Cuestión distinta es la de cómo se realiza el reparto, que es más discutible y, sobre todo, la de que no se explique cómo la cantidad en que se incrementa la financiación autonómica disminuirá los gastos del Gobierno central, porque que todos ganen sólo es posible a costa de incrementar los ingresos o el déficit, y lo que a todas luces es imposible es que todos estén por encima de la media, como parece que, supongo que en un lapsus mental, ha afirmado el presidente Zapatero. Ya he dicho unos artículos atrás que no se puede gobernar contra la matemática, pues es ésta ciencia muy tozuda.

Pero no íbamos a esto sino a matizar lo que de verdad hay en la desazón que sufren algunos miembros de la generación que ahora tiene entre 60 y 75 años. Los políticos actuales no nos ilusionan con ningún gran proyecto, pero, crisis aparte, hay que reconocer que la sociedad española ha vivido en los últimos años una de sus etapas de mayor éxito colectivo, con, por ejemplo, unos incrementos de la renta nacional considerables y unas bajísimas tasas de paro. Hoy sabemos que este crecimiento estaba apoyado sobre los pilares poco robustos de lo que se ha venido en llamar “economía del ladrillo”, hogaño tan denostada, y que sólo el incremento de la población inmigrante hizo posible este desarrollo, pero también somos conscientes del potencial que la sociedad española tiene, gracias en buena medida a estos inmigrantes que han contribuido al desarrollo, y también a los muchos más que han de venir.

Este potencial que tiene la sociedad española sólo llegará a materializarse en nuevos crecimientos si se sabe inventar nuevos proyectos que ilusionen a los ciudadanos. Estos proyectos eran los que deberían haber llenado este artículo, pero el espacio razonable que me da el periódico y la prudencia hace que queden aquí solamente apuntados y ya tendrán su hora:

1) La apuesta firme por una sociedad del conocimiento donde el factor humano y la productividad sean los elementos claves, basados ambos en una mejora sustancial de la educación y en el uso intensivo de la tecnología.
2) Apostar por el liderazgo de España en la construcción de una Federación europea que desborde, ahondando en él, el actual marco de la Unión, y que suponga un nuevo papel de nuestro país en el orden internacional como interlocutor clave con América y África, nuestras dos fronteras transeuropeas, sin olvidarnos de tener siempre puesto un ojo en Asia.
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