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¿Cuánto valen las vidas de Dalilah y Rayan?

miércoles 15 de julio de 2009, 21:53h
Ante un hecho tan absoluto como la muerte, poco o nada se puede decir para consolar a quienes acaban de perder a un ser querido. Y, sin embargo, es en esos primeros momentos de desconcierto y de vacío cuando más se agradece un abrazo, un beso, una palmada en el hombro o un simple apretón de manos. Nunca se está preparado para una pérdida, pero si ésta además llega sin síntomas de enfermedad grave, a una edad en la que los planes más presentes son los de vivir y, sobre todo, con un grave error de terceros de por medio, el dolor que golpea a los que se quedan tiene que ser tan cruento, que ni siquiera esos gestos de cariño de los que te rodean pueden sacarte, aunque sea sólo durante los segundos que rozan tu piel, de la amarga presión que acaba de cambiar tu vida para siempre.

El fallecimiento de Dalilah a causa de la gripe A, el primero que se producía en nuestro país por causa de la enfermedad, nos sorprendió a todos porque hasta el momento los casos registrados habían sido leves. Además, después de la alarma que en todo el mundo se había creado, estábamos tranquilos porque el protocolo establecido por las autoridades nos parecía incluso exagerado. Las toses y las fiebres que siempre se habían tratado en casa o en el ambulatorio, ahora exigían llamar al 112 para que un equipo sanitario debidamente protegido recogiera muestras y te aislara para que, en caso de haber pillado el maldito virus, no fueras por ahí diseminándolo a diestro y siniestro. Y, sin embargo, la tos y la fiebre de Dalilah, presentes hasta en tres ocasiones en los servicios de urgencias madrileños, sirvieron sólo para volver a mandarla a casa. Ni se ingresó a la paciente, ni se tomaron muestras y, por supuesto, nadie le recomendó que permaneciera aislada para no contagiar a otros.

Después de la muerte de la joven marroquí llegaron excusas tan peregrinas como que su avanzado estado de gestación y sus antecedentes asmáticos habían confundido a los profesionales que la atendieron y no la ayudaron. ¿Pero no tendría que haber sido al revés? Siempre escuchamos que las vacunas contra los virus de la gripe están especialmente indicadas para las personas con enfermedades crónicas o cuyas defensas por alguna causa puedan estar mermadas. Entonces, ¿no eran precisamente esas circunstancias médicas que se alegaron como causa de su muerte las que deberían haber aconsejado su ingreso inmediato desde un principio? Nunca he llegado a entender que se utilizaran esos motivos como excusas porque lo que en realidad me parecen son agravantes.

En Rayan, el hijo que in extremis los médicos sacaron del vientre de su madre agonizante, la familia buscó el consuelo que tan difícil parecía encontrar. Había que centrarse en el pequeño que ya había escapado del contagio del virus que mató a su madre y evolucionaba bien a pesar de haber venido al mundo antes de tiempo. Pero no pudo ser. Una enfermera confundió la sonda nasogástrica con la vía intravenosa a la hora de alimentar a tan especial bebé, y hay profesiones en las que hablar de error equivale a hablar de muerte. Será juzgada por los tribunales. Por su parte, la dirección del Gregorio Marañón a través de su director gerente, enseguida calificó lo ocurrido como “terrorífico error”, lo que equivale a admitir su responsabilidad civil subsidiaria y, sin duda, en la compañía de seguros correspondiente ya estarán valorando el “siniestro” para realizar una buena oferta económica a la familia como indemnización, con la intención de llegar a un acuerdo extrajudicial. El primer paso, por lo tanto, será hacer una pregunta tan fría y estremecedora como necesaria: ¿cuánto valen las vidas de Dalilah y de Ryan?

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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