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La constitución de los vascos

jueves 16 de julio de 2009, 19:08h
Santos Juliá acaba de escribir en El País un artículo redondo en el que tras el fallo del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo pone delante del nacionalismo vasco con toda crudeza su idea bien equivocada sobre la democracia constitucional española: ni es cierto que una verdadera democracia tenga que permanecer inerme ante quienes emplean la violencia para su destrucción, de manera que, según la suprema instancia europea, la Ley de Partidos es democráticamente irreprochable, ni la actuación de los máximos grados judiciales españoles ha supuesto una reacción desproporcionada o ilegítima en la aplicación de dicha ley.

Ocurre que el nacionalismo vasco tiene un problema con las instituciones políticas españolas, que suele no comprender y a las que a menudo infravalora. Viene de lejos y sucede también con la propia organización política vasca en cuento se relaciona con la española. Acontece por ejemplo con el sistema foral, con lo que podríamos llamar la Constitución histórica vasca, que el nacionalismo aparentemente aprecia, pero que en realidad desconoce.

Cuando un nacionalista sabiniano, pongamos por caso Ibarretxe, habla de los fueros se remite a un régimen político equiparable a la independencia y en el que las relaciones con la Monarquía española se limitaban a cierta deferencia con el rey cuya jurisdicción si no era consentida no alcanzaba al territorio vasco. La realidad ciertamente no era esta. Los fueros, esto es, la imagen tradicional del autogobierno vasco, como sintética pero magistralmente dijo en su día el Tribunal Constitucional, no remiten a la soberanía originaria sino a un tipo de gobierno limitado, limitado por el sistema político español, como insistiera tan acertadamente Don José Miguel de Azaola.

Como está ocurriendo con tantas cosas venturosamente en el País Vasco también a la historia debe llegarle el momento de una reposición que la haga recuperar la objetividad y el equilibrio, de manera que la representación de lo que fue se aproxime a lo que realmente ocurrió. Sucede además que la idea tradicional de las cosas, en este caso hablamos del régimen foral, puede recibir hasta cierto punto una validación asimismo desde el punto de vista democrático. En uno de los últimos números de la New York Review of Books y en relación con la razonabilidad de las ideas tradicionales sobre lo que la Constitución americana significa o consiente, Ronald Dworkin, hace referencia, cuando estudia la obra constitucional del juez Sunstein, que es un candidato a ocupar plaza en la próxima renovación del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, al teorema que el Marqués de Condorcet, el famoso politólogo y matemático del siglo XVIII, formulara respecto de los juicios de la mayoría como portadores en principio de una mayor posibilidad de acierto.

Y aun cabe, admite Dworkin, extender el campo de referencia a la historia, o el record de juicios sobre la Constitución que se vienen formulando desde el origen de la propia Norma Suprema americana a finales, como es sabido, del siglo XVIII.

Si aplicamos el teorema de Condorcet a la problemática constitucional vasca, la conclusión podría ser que la idea constitucional preferible, o la que mayores títulos de razonabilidad ofrece, o la más adecuada, habría de ser la prevalente en la historia, esto es, aquella idea con mayor respaldo a lo largo de generaciones de políticos y de ciudadanos vascos. Desde este punto de vista la mejor Constitución para Euskadi es la que contempla la huella foral de siempre, actualizada en su formulación estatutaria de Guernica. Una vez más autonomía (o fueros en el lenguaje tradicional) y Constitución. Ohi bezala Foruac eta Konstituzio.
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