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El esplendor de Constantinopla

jueves 16 de julio de 2009, 19:16h
De entre los muchos atractivos que tiene el Mediterráneo, Turquía destaca por la gran cantidad de contrastes que posee. La biblioteca de Efeso, Troya, Pérgamo, la Casa de la Virgen María o los amaneceres en Capadocia (sobre todo en globo, una de las principales atracciones turísticas de la zona) son sólo algunos de los lugares emblemáticos de un país lleno de contrastes. Desgraciadamente, todos los tour operadores incluyen una parada en Ankara, fea y prescindible, salvo por su Museo de las Civilizaciones. Quienes se dispongan a viajar este verano a Turquía, que descuenten ese día y, sobre todo, que se armen de paciencia ante el aluvión nacional-propagandístico con que la totalidad de guías turcos castigarán al sufrido viajero a la hora de relatarle las bondades del padre de la patria, Ataturk.

La auténtica joya es Estambul, antigua Bizancio y posterior Constantinopla. Capital del Imperio Romano de Oriente, la ciudad guarda todavía innumerables vestigios de su glorioso pasado, aunque no todos estén a la vista. De hecho, las obras del metro de Estambul van a paso de tortuga por la gran cantidad de restos arqueológicos que se han hallado. Parte de ellos se pueden atisbar, como lo que fuera uno de los puertos más importantes de la antigüedad, mandado construir en el siglo IV por Teodosio II. Sepultado por toneladas de limo durante más de 900 años a causa de un tsunami, hoy ve la luz en el barrio de Yenikapi, en la parte vieja. Muy cerca de allí se han encontrado también las mazmorras utilizadas por la dinastía bizantina de los Paleólogo, con una profundidad que supera los 30 metros y en cuyo interior aún se conservaban horrendos instrumentos de tortura.

También en el subsuelo podemos ver uno de los lugares con más encanto de todo el Mediterráneo, la Cisterna de Basílica (llamada así por su proximidad a Santa Sofía). Se trata de una de las cisternas mayores y mejor conservadas que se conocen, con casi 15 siglos de historia a sus espaldas. Ya en la superficie, esperan al viajero Santa Sofía, La Mezquita Azul y la de Solimán (para muchos, una de las más bellas del mundo), así como el Palacio Topkapi, epicentro del imperio otomano. Como colofón, al apoteosis del consumismo cobra forma en el Gran Bazar, fundado por el propio Mehmet II en 1464, pocos años después de la caída de Constantinopla.

Pero si lo que realmente se desea es huir de caos y bullicio de Estambul, puede optarse por una deliciosa y no muy conocida excursión, con destino a las llamadas Islas Príncipe. Se llega a ellas tomando un ferry en el muelle de Sirkeci - Adalar, muy cerca de la estación de trenes. El viaje dura poco más de media hora, y cualquiera de ellas merece la pena, no solo por su belleza, sino por su tranquilidad: en ninguna está permitido el tráfico de vehículos a motor, por lo que sólo circulan bicicletas y coches de caballos. La más representativa de todas, Büyükada, se convirtió a mediados del siglo XIX en refugio de las familias más acaudaladas de Estambul, por lo que sus mansiones son espectaculares. Contrastan con la sencillez del monasterio de San Jorge, asentada sobre cimientos bizantinos en lo alto de una colina, donde el tiempo parece haberse detenido. Más abajo, playas muy poco concurridas permiten olvidarse del mundo y degustar pescado fresco a la brasa. Un lugar ideal para perderse.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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