www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Desde París

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 24 de julio de 2009, 22:21h
La espectacularidad ciertamente ciclópea del París de los dos napoleones – que no hay que olvidar el amor expresado en monumentos del sensible sobrino hacia el tío – se mitiga en la estética protagórea de los borbones y las pequeñas mesas de las terrazas de las brasseríes y bistros, en donde uno tiene que recordar a Anatole France. No es cierto que la grandeur de La France, expresada en el colosalismo parisino – v. gr. Arco de triunfo con el espíritu faraónico de un Ramsés II con algunas presuntas victorias de resultado harto discutible – ahogue la medida del hombre mortal que reina en todo el espléndido París.

Así, el encantador Teatro de la Comedia, en el arranque de la rue Richelieu, es de unas medidas exquisitamente humanas, tanto en su sobrio exterior como en la delicadeza de sus interiores, las que son propias para lo sensitivos ojos y oídos de su público. Lo que ocurre es que los franceses subrayan colosalmente lo colectivo, el colectivo nacional, pues tienen un amor propio desaforado en cuanto constituyentes de una gran nación que les encanta, a diferencia de nuestro infame gobierno que arrastra por el lodo el interés de la patria habiendo entregado con felonía la soberanía gibraltareña al Reino Unido, al admitir por primera vez – jamás ningún español lo había formulado desde Utrecht -, sin la más leve piedad patriótica, las inadmisibles tesis de los gibraltareños, cuyos ancestros puso allí la reina Ana, tras haber expulsado o masacrado a los “auténticos” gibraltareños ( dicho con todo el respeto del mundo en relación con los ciudadanos de la colonia británica ). ¿Se imaginan ustedes – ahora que escribo desde la Place Vendôme – que algún gobierno francés se hubiese comportado con la misma impudencia con los territorios de la Alsacia y la Lorena? Es inimaginable ver caer a Francia tan bajo. Hasta Petain, que aunque el destino no le dejó ser la espada de Francia contra la brutal Alemania invasora, al menos intentó de algún modo ser su escudo, no llegó jamás a entregar a los invasores en ningún documento ni el más pequeño pedacito de Francia, ni de fuera ni de dentro. Conviviría con los hechos de la guerra y la derrota, pero nunca aceptó sus consecuencias. Claro está que al otro lado del espejo está el genial y valiente Charles de Gaulle, en quien el espíritu tenaz y resistente de Juana de Arco pareció vibrar en su pecho como quizás en ningún otro francés.

Pero hoy el gobierno de España representa el estado más bajo y más abyecto que el poder político ha tenido en nuestra larga Historia respecto a los indicadores de dignidad, competencia, eficiencia, eficacia, patriotismo y cultura general. Realmente nuestra sociedad civil tiene que ser poderosa y estar llena de fuerza vital y creadora, pues es capaz de sobrevivir a Zapatero; otros países ya hubieran sucumbido.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios