De la vida y la muerte
sábado 25 de julio de 2009, 17:31h
Acaba de morir otro combatiente de la Primera Guerra Mundial. Su nombre era Henry Allingham y tenía ciento trece años. Aunque la muerte resulte siempre lastimosa, a semejante edad produce menos tristeza que de costumbre. Gracias a tipos como él, la longevidad de los occidentales ha aumentado notablemente en los últimos tiempos.
¿Cuál ha sido el secreto de la larga vida de mister Allingham? Es difícil saberlo. Él lo atribuía a tres aficiones: el tabaco, el güisqui y las mujeres. ¿Bromeaba? Puede. Al parecer poseía un envidiable sentido del humor. Sin embargo, no es el primer centenario que confiesa rutinas insalubres. Francisco Ayala, por ejemplo, declaró en una entrevista que el único hábito que había mantenido a lo largo del tiempo era no acostarse nunca sin tomar antes un vasito de güisqui. ¿Será el veneno la dosis, como sostenían los antiguos? Pero, ¿y el caso de Jünger? Este sorprendió a la concurrencia el día que fue a recoger el doctorado honoris causa de la Complutense subiendo la escalera que llevaba al salón del homenaje dando ágiles zancadas con un puro en la boca. Para tener cien años y llevar a la espalda una vida que incluía las balas y gases de la guerra mundial, la experiencia con drogas sintéticas, el veneno de una serpiente y miles de botellas de vino, no estuvo mal. Sin ser, que yo sepa, fumador compulsivo, a la manera del incombustible Carrillo –cada vez más próximo a ingresar en el selecto club centenario-, no parece que estas cosas le afectaran mucho. Podría añadir otros ejemplos, pero no quiero dar la impresión de que pretendo elevarlos a categoría. Me limito a señalarlos a fin de advertir que, alcanzada cierta edad, las malas costumbres tienen el mismo efecto que las buenas, y que si vino, tabaco y mujeres –por emplear la rancia fórmula popular- son un escollo para llegar a los setenta, una vez sobrepasada esta edad apenas tienen importancia. Los vicios afectan a las personas con mala salud, no a los que la tienen buena.
Sé que esto que estoy diciendo contradice las verdades oficiales de la medicina y los lugares comunes subsecuentes, pero como también lo han hecho mister Allingham, herr Jünger y el señor Ayala viviendo más de la cuenta sin que nadie haya demostrado la imposibilidad de que lo hicieran, continuaré con mi argumentación. Les ruego que sean condescendientes conmigo y que consideren que al poner en entredicho la idea de que el premio de unos hábitos saludables es una larga vida entro en terrenos peligrosos. Como decía uno de los personajes de El pato salvaje de Ibsen: “si se le quita al hombre medio su mentira vital, le quitamos también su felicidad”.
A los médicos actuales les gusta repetir esta sentencia: “un individuo sano es un individuo mal estudiado”. Si a primera vista lo que se esconde detrás de esta frase es la constatación de que la tecnología ha alcanzado tal grado de sofisticación que resulta casi imposible escapar de un chequeo sin un achaque, su verdadero significado es el de que la salud es un concepto que tiene menos que ver con nuestras impresiones particulares que con ciertos valores establecidos científicamente. Los buenos médicos, conscientes de la complejidad de la vida, ironizan con esto, pero los que no lo son, y aquí incluyo a todos esos que viven de impartir consejos que garantizan una larga vida, caen a menudo en el error de tomar esos valores como la clave de la salud, y de resultas, se convierten en una fuente constante de desasosiego para los millones de hipocondríacos que pueblan el mundo.
Hoy vivimos rodeados de un coro vociferante que nos previene a todas horas del riesgo de hacer esto o aquello. El colesterol y los triglicéridos se han convertido en tema de vital importancia. Pocos dudan de que la condición para una larga vida es llevar una vida saludable, de acuerdo con el patrón médico. Cada pieza del organismo debe estar a punto. Para lograrlo es preciso un sinfín de esfuerzos y privaciones. Ya no es la salud un bien del hombre, sino al revés, el hombre el que está al servicio de la salud. Invertir en una vida sana es, según se cree, invertir en tiempo. Por desgracia, nadie garantiza que esto sea así. Los negocios a largo plazo nunca son seguros. Cabe incluso que el empeño por vivir demasiado termine haciéndonos perder las ganas de hacerlo mucho antes.
Yo tengo una opinión sobre este asunto, no una opinión científica, sino poética, por expresarlo de alguna manera. Creo que lo que nos mata no pertenece al género de cosas que uno hace y podría dejar de hacer, sino a aquellas que no cabe dejar de hacer porque forman parte de nuestra cotidianidad, entendida –permítanme la cita de Marina Tsvietáieva- como “materialidad no transfigurada”, como tiempo despojado de sentido.