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Famagusta y la península de Karpas

sábado 25 de julio de 2009, 17:39h
Era conocida como Varosha y en el verano de 1974 sus playas, hoteles y apartamentos rebosaban de plácidos turistas. La que una vez se consideró la “Riviera” oriental, frecuentada por artistas, ricos y famosos, es hoy una ciudad fantasma que permanece en píe, deshabitada y exactamente igual que en agosto de 1974, cuando sus habitantes la abandonaron. Rodeada de alambre, es Inaccesible por resolución de Naciones Unidas que pretende preservar la propiedad de los que huyeron por si un día Chipre se reunifica.

Ni la peste, ni un incendio, ni una fuga nuclear, ni un terremoto obligaron al desalojo y abandono del antiguo centro de vacaciones. Fueron razones políticas. El día 15 de agosto de 1974, tropas turcas invadieron Chipre y expulsaron a los griegos del norte de la isla. Varosha, propiedad de estos ciudadanos, quedó en la parte turca, justo en la frontera, y se convirtió en el símbolo de la división, en el símbolo de la incuria, de la pobreza que trajo consigo la invasión turca. Varosha pertenece administrativamente a Famagusta, la más ciudad más hermosa y olvidada de Chipre.

En un enclave estratégico, dominando una amplia bahía, Famagusta ha sido visitada por todas las civilizaciones que han surcado el Mediterráneo. A las afueras todavía pueden visitarse las ruinas greco-romanas de Salamis, en la que las aceptablemente conservadas termas, teatro, anfiteatro y gimnasio sobrevuelan una espléndida playa donde se reúnen las familias turcas los fines de semana. Pero Famagusta es sobre todo una ciudad veneciana, rodeada de murallas y con la correspondiente ciudadela, construida en la típica arquitectura militar que los dogos fueron dejando como muestra de su poderío a lo largo y ancho del Mediterráneo oriental durante el siglo XVI. Bien es cierto que el principal edificio, la antigua catedral, es herencia cruzada. Aquellos estravagantes y enloquecidos personajes construyeron a principios del siglo XIV un imponente edificio gótico: la catedral de San Nicolás, una copia casi exacta de la de Reims. Los otomanos le añadieron un minarete y la convirtieron en mezquita, todavía abierta al culto.

El Impresionante edificio descansa en una de las pequeñas y recoletas plazas que adornan el centro histórico de Famagusta. Aunque decadente, no deja de ser una hermosa ciudad, con sus estrechas callejas medievales, los viejos palacios en decadencia, semiderruidos, reflejo de esplendores pasados, de tiempos mejores, en que la convivencia entre griegos, turcos, armenios, sirios era posible. Cuando Chipre era una y no dos separadas por la frontera, conocida como la línea verde que custodian los cascos azules de la ONU.

Desde hace seis años, las tensión se ha relajado un poco y es posible cruzar la frontera desde la República de Chipre, la parte sur, la oficial, la griega, miembro de la Unión Europea. No es fácil encontrar el paso fronterizo, pero para quien visite la isla es casi una obligación dar ese paso, pese a las voces disuasorias de los ciudadanos del sur. Chipre es una isla rica en paisajes, interesante, cuajada de cosas que ver, pero, sin duda, lo más atractivo está en la parte turca: Famagusta y la península de Karpas.

En Famagusta se inicia la carretera que va hacía la península de Karpas. La parte más oriental de la isla y de Europa, una estrecha cinta de 80 kilómetros que, a modo de un barco, se dirige hacia los confines del Mediterráneo. Casi tropieza con Siria.
Karpas es una tierra ondulada, de colinas, con una naturaleza casi salvaje, con pequeños pueblos de agricultores, que cultivan tabaco, o el arte de la pesca a escala familiar. Moteada por olivos, pinos, cipreses, pequeños huertos con frutales, paisaje tan meridional se ve envuelto en la tranquilidad y la paz que proporciona la despoblación de la zona y la ausencia del turismo masivo. Una de las pocas zonas vírgenes que quedan en el Mediterráneo, una de las regiones menos polucionadas de Europa, paraíso de ornitólogos.

Llaman la atención las numerosas iglesias que aparecen a cada rincón, en cada vuelta de la carretera: solitarias, humildes, algunas colgadas sobre el mar. La mayoría, iglesias ortodoxas, y la minoría, mezquitas. La más espectacular es la que está enclavada en el remoto monasterio del Apóstol Andreas, al final de la península, cuando las últimas rocas de karpas caen en el mar, de un azul esmeralda, brillante y manso. En aquel lugar tan lejano y solitario, un pope desaliñado, con las ropas talares mugrientas, pasea por la iglesia a un grupo de fervorosos griegos venidos desde Larnaca. En el aparcamiento, la policía turca toma nota de las matrículas de los escasos coches que llagan. Les hizo gracia toparse con españoles. Al fin y al cabo la afición al fútbol, en concreto a nuestra liga, une mucho en la inmensidad de la nada.

Todo es hermoso y sorprendente en Karpas, pero sobre todo sus exquisitas playas de arena blanca, fina y dorada, alejadas del turismo de masas. Unas playas desérticas donde desovan las tortugas. Las más bellas del Mediterráneo, vírgenes, sin urbanizar. En algunas, la única construcción es un pequeño y escondido chiringuito. Todavía recuerdo el de la playa conocida como Playa Dorada. En mi memoria permanece la calma, la soledad, el silencio, la ensalada aliñada con un aceite de verdad, no refinado pero exquisito, de olivas de la tierra, un pan horneado a la antigua y un delicado pescado, recién salido del mar, hecho a la brasa, difícil de igualar en un restaurante de lujo. Recuerdo al singular personaje, mitad libanés mitad turco, que lo atendía y el placer maravilloso de un agua limpia, fresca, reconfortante. Un lugar idílico, único, paradisiaco.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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