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Como Andrés

Joaquín Vila
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directorelimparciales/8/8/20
domingo 26 de julio de 2009, 18:07h
Tengo un hijo de 20 años con una minusvalía del 75 por ciento. Se llama Andrés. Tiene pecas, el pelo tieso, manos y pies regordetes y algo destartalados, unos preciosos ojos azules tras unas gafas llenas de dioptrías, tripilla más que incipiente, barba cerrada con tonos pelirrojos. Es tierno, cariñoso, caprichoso, aplicado, obediente, cabezota, rebelde, y, sobre todo, muy bueno, un buenazo.

Es como un bebé grandullón de más de metro ochenta y que sobrepasa los 80 kilos de peso. Necesita que se le entienda, que se le escuche, que se le hable. Como todos. Pero vive, él más que nadie, en su mundo.

Lo que más le gusta es la música. Se sabe de memoria, y los canta cuando está contento, discos enteros, cuyo único requisito es que sean en español. Porque el inglés no lo domina. Le da igual Manolo Escobar que Serrat, Isabel Pantoja que Nacho Vega. No discrimina. Cuando alguien le regala un disco, primero lo graba y luego lo escucha ya grabado. Y así lo aprovecha el doble. Pero no se mueve de su mesa hasta que no ha terminado la faena y si alguien se acerca demasiado en pleno trabajo puede mosquearse. Dice que le despistan, que tiene que estar concentrado.

De la televisión sólo ve las películas de Cine de Barrio, más que nada porque suelen ser musicales y, obviamente, en español. También aquí el protagonista más habitual suele ser Manolo Escobar, con carro o sin él. Y se ríe con las ocurrencias de Carmen Sevilla. Dice que es muy simpática. Un día llegó a decir que era muy guapa. Claro que lo era.

Siempre come y cena a la misma hora. Parece alemán. No se puede cambiar ni un minuto la hora estipulada: a las ocho en invierno y a las nueve en verano. Como un reloj. Se va a la cama cuando se encienden los faroles de la calle. Ni antes, ni después. Y cuando se funde alguna bombilla espera a que alguien la arregle. Si no, no se duerme.

Lo de comer, también se le da bien. Se pone morado de espaguetis con tomate o de macarrones con chorizo. Para merendar, chocolatina y fanta de naranja. Y los sábados, para cenar: pizza. Todos los sábados del año, o de los años, pizza de jamón y queso.

Cuando se ríe se contonea, te abraza, baila, grita de felicidad. Y puede reír y gritar de felicidad cuando alguien le regala un disco de Manolo Escobar, por poner un ejemplo de lo fácil y barato que es hacerle reír. Porque tiene ganas de reírse y ser feliz. Y lo que quizás no sabe es que también hace felices a los que lo ven.

Pero, a veces, se enfada mucho. Y entonces hay que abordarlo con pies de plomo y mucha mano izquierda. Y ni por esas. Es difícil que admita que está equivocado. En esto, se diferencia poco del resto de la Humanidad.

Es una suerte tener un hijo como él.

Ha estado en dos colegios y en los dos ha encajado como un guante. Porque es responsable, aplicado, trabajador, ordenado, buen compañero, educado, dispuesto siempre a cumplir con su misión. Escribe con la letra grande y regordeta, como sus manos, y sólo con alguna falta de ortografía más que los chicos inteligentes de su edad. Las matemáticas todavía no han penetrado en su cerebro. No suma más allá de dos más dos. Y de restas, multiplicaciones y demás, no sabe ni que existen.

Cuando la profesora le decía que escribiera la fecha en la pizarra se hinchaba de orgullo. Volvía radiante. Porque las fechas se las sabe mejor que nadie. Tiene calendarios colgados de la pared de tres cuartos. Y según entra por la puerta por la tarde se precipita a tachar el día que ya se acaba. Nunca se le ha olvidado.

Se ha despedido de los dos colegios, abrumado por el cariño y la amistad de compañeros y profesores.

Y ahora, que como él dice, ya se ha hecho mayor, deja el colegio que le chiflaba y el próximo curso ingresará en un Centro Ocupacional. Allí empieza su vida laboral. Todavía no sabe si va a plantar flores o a meter cartas en sacas de Correos. Da igual. Está deseando trabajar. Ya tiene plaza y da saltos de alegría, se contonea, baila, grita de felicidad. Quiere saber el horario, claro.

Porque los madrileños, gracias a la Comunidad, tenemos la fortuna de poder llevar a nuestros hijos o a nuestros mayores a cualquiera de los muchos y magníficos centros que hay para las personas que, como mi hijo, tienen una inteligencia muy limitada. Pero que necesitan sentirse normales, sentirse activos, sentirse vivos. Y ser felices. Porque cuando estos niños o estos viejos se ríen, se ríen de verdad. Y son felices de verdad.

Como Andrés.

Joaquín Vila

Director de EL IMPARCIAL

JOAQUÍN VILA es director de EL IMPARCIAL

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