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Córdoba: horas bajas

lunes 27 de julio de 2009, 18:53h
La sombría etapa económica que atravesamos depara también algunos efectos beneficiosos. En los más importantes a escala colectiva se cuenta el de haber rebajado el alto nivel de hipocresía padecido aún en nuestro país por el discurso elaborado desde las esferas públicas, y, consiguientemente, un mayor estímulo a la crítica de las instituciones, tarea primordial del gremio de los intelectuales, al menos desde que éstos se revistieran de la función y papel de principal contrapoder de las sociedades libres.

Dicha circunstancia alienta a engolfarse en una empresa llena siempre de contrariedades y por la que es sumamente arduo que cualquier pluma por modesta que sea –que es aquí el caso- no se tope con un muro de incomprensión. Pues, en verdad, nada más reluctante que el reflexionar acerca del presente del lugar en que habita el escritor. A mayor abundancia cuando este presente es de postración, acusada aún más por el cotejo que, velis nolis, de manera inmediata se establece con el de otras urbes españolas de menor rango histórico, vertiente en la que, en todo Occidente, tierra de ciudades, sólo dos o tres núcleos capitalinos pueden compararse con Córdoba aunque quizá no superarla.

Debido a una conjuración astral o por responsabilidad de las mujeres y hombres que integran su censo, lo cierto es que, al día de hoy, Córdoba, la undécima ciudad del país, cabeza de unos de sus reinos más señeros y provincia de singular ascendiente en la marcha histórica de la nación, se encuentra hondamente sumergida en una situación pesarosa. Las cifras y estadísticas que así lo testan son –y desde ha tiempo- elocuentes e irrebatibles. En consonancia con tal panorama, el fracaso y la frustración semejan haberse encariñado con todas las iniciativas de alguna entidad proyectadas por sus gentes y un horizonte de fatalismo encuadra la actividad de sus diversos estratos. Los brotes verdes pronto se agostan y las energías y tareas de mayor ambición buscan en otro suelo atmósfera más propicia para su despliegue. Figuras de relieve nacional nacidas o residentes en ella, tan abundantes en un pasado todavía no muy remoto, son hodierno llamativamente escasas, constituyendo la reciente desaparición del gran psiquiatra Castilla del Pino el término de un ciclo definitivamente concluido, sin que pueda vislumbrarse al observador común un relevo generacional a escala de dimensiones notorias.

Pero incluso con encuadramiento tan desalentador, no deja de sorprender que la presencia de Córdoba -y también de su provincia- en el contexto del país sea casi tan exigua como la reclamada para sí por Teruel… Ningún cordobés o cordobesa capitalinos se ha sentado en los consejos de ministros de la restaurada democracia; salvo alguna excepcionalidad relevante a la manera del poeta sobreviviente del grupo Cántico Pablo García Baena, ningún autor o autora de la antigua Colonia Patricia alcanzó en el mismo periodo distinción o premio de verdadero prestigio y refulgencia ya en España, ya en el extranjero; y ni siquiera desde los días del tardofranquismo, convulsionado taurinamente por el “último califa” de la Fiesta, la tierra del Guerra y Manolete ha dado al arte de Cúchares un matador de tronío y leyenda…, al tiempo que en los deportes de masas tampoco la vida cordobesa ha protagonizado en el postrer tercio de siglo acontecimientos de entidad siquiera regional.

Demasiados vacíos, excesivos desencantos, numerosas marginaciones para no provocar un clima de abatimiento colectivo en la que fuera, ha un milenio, capital de un estado imperial. ¿Podrá, no obstante, albergarse, entre otras razones, por los dividendos anímicos dejados por tal hecho, alguna posibilidad de recuperación? Con punción excruciante, la realidad obliga a decir que, a la fecha, “ni está ni se la espera”…
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