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Un cajón de sastre donde todo cabe

Ordenanzas municipales, un paraíso de prohibiciones

viernes 31 de julio de 2009, 22:58h
El gusto por legislar cosas que no tienen un aparente uso práctico en nuestra vida diaria se está conviertiendo en costumbre en muchos ayuntamientos. Desde jugar a las palas hasta el lugar donde tender la ropa, los consistorios se proponen rellenar cada vacío legal que encuentran a su paso, y no siempre con acierto.
Hace unos días nos levantábamos con una noticia curiosa. El Ayuntamiento de Barcelona quería sancionar al grupo U2 por exceder el horario y los niveles de ruido durante los ensayos de sus conciertos en la capital catalana. Parece ser que los irlandeses incumplieron reiteradamente los horarios de ensayo concedidos por el Ayuntamiento, que debían acabar a las 22:00, y que superaron los límites de ruido permitidos por la Ordenanza Municipal de Medio Ambiente, que regula la contaminación acústica.

Y resulta curiosa la noticia porque en la ciudad de Barcelona se dan cientos de conciertos al año, pero no se suelen leer noticias de este tipo. Además, el Ayuntamiento estuvo inspeccionando los ensayos del grupo desde los primeros días en que les fue concedido el permiso. Cierto es que una norma dictada por cualquier Administración no debe tener excepciones. Como dice Ángel Ruiz de Apodaca, profesor de Derecho Administrativo de la Universidad de Navarra: "todo el mundo tiene que cumplir las normas, sea Bono o sea Pepito Pérez". Pero cabe una duda razonable sobre si la aplicación de la Ordenanza municipal en este caso puede ser un poco exagerada. Y entonces se plantea la cuestión: ¿la actuación del Ayuntamiento responde al deseo de hacer cumplir la ley, o a un mero interés recaudatorio?

En los últimos años, este afán normativo por regular la actuación de las personas en el espacio público, e incluso en el privado, está llevando a los Ayuntamientos a dictar reglamentos que a veces puede parecer que no tienen mucho sentido. A parte de las normas preexistentes en las Ordenanzas de cada ciudad, que no son actualizadas y que pierden su razón de ser con el paso del tiempo, aparecen cada año nuevas reglas que hacen muy difícil salir a la calle sin infringir la legalidad vigente.

Las playas son un escenario incomparable para mostrar las incoherencias de la Administración local. Por ejemplo, en la Comunidad Valenciana está prohibido llevar envases de vidrio a la playa. Podría parecer razonable, ya que se promueve la limpieza de la zona y se evitan posibles accidentes. Pero por otra parte, si los envases son procedentes de un chiringuito, tan cuestionados en días recientes, tienen vía libre para circular por la playa. En algunas comunidades han ideado una curiosa norma que prohibe la tan española costumbre de llegar a la playa el primero, reservar tu sitio con la sombrilla o hamaca y regresar más tarde para disfrutar de tu día playero en el mejor lugar de la arena. Y así innumerables normas que regulan cosas tan habituales como hacer un picnic, castillos de arena o jugar a las palas.

Pero no sólo la playa es lugar de prohibiciones rebuscadas. En cada ciudad española podemos encontrar Ordenanzas que, en principio, pueden parecer una broma. En Sahagún, un pequeño municipio de León, el Ayuntamiento ha prohibido caminar ebrio por la calle. En Barcelona te arriesgas a pagar una multa de 450 euros si dejas tu bicicleta atada a cualquier clase de mobiliario urbano. Los alicantinos no pueden colgar la ropa en terrazas o balcones porque afea la estética del edificio. Los taxistas de varias ciudades españolas tienen prohibido prestar sus servicios en chándal, con pantalones cortos o playeras. En el pueblo gaditano de San Roque se especifica claramente que los animales no pueden pastar en la vía pública. Y así podemos repasar las Ordenanzas de cada municipio español.

Un día normal podría resultar desastroso para nuestra economía si realmente se cobrasen las infracciones que todos cometemos sin saberlo.

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Juan Español sale de su casa en un céntrico barrio de Madrid. Va a trabajar, pero se ha dormido y llega tarde. A lo lejos ve llegar el autobús y sale corriendo trás él a ver si lo alcanza. Primera infracción. Está prohibido correr por la vía pública si causa molestias.

Con el tiempo justo y después de haber perseguido al autobús inútilmente, tiene que esperar a que llegue el siguiente. La marquesina está llena por más gente que espera, así que Juan Español se apoya en un coche mal aparcado al lado de la parada del autobús. Segunda infracción: no se puede esperar a los vehículos de trasporte urbano fuera del lugar habilitado para ello.

Una vez en el trabajo, Juan Español reparte por la calle unos panfletos anunciando la apertura de una nueva tienda de su cadena de peluquerías. Sería la tercera infracción de la mañana, y aún le queda todo el día por delante.

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Una vez terminada su jornada laboral, nuestro protagonista vuelve a casa y saca a su perro a dar un paseo por un parque cercano. Entra al parque a las 19:50 y suelta al can. Otra multa más. Si hubiera esperado hasta las 20:00, que comienza el horario en el que los perros pueden ir libres, ésta se la habría ahorrado.

Al volver a casa con el perro, esta vez atado, se para a dar de comer a un grupo de patos que nadan en un lago del parque. Al salir, en la acera de enfrente, se encuentra a un numeroso grupo de amigos con los que se para a hablar y obstaculizan la calle. Las últimas dos infracciones del día.

Después de esta jornada tan intensa, nuestro Juan Español tendría que desembolsar más de 1000 euros a causa de todas las infracciones administrativas que ha cometido. Y él sin saberlo.

¿Pero sirve de algo esta acumulación indiscriminada de reglamentos y ordenanzas?. Ángel Ruiz de Apodaca lo tiene claro: "todas las normas intentan mejorar algo, otra cosa es que lo consigan". La gente realiza a diario acciones que no sabe que son localmente ilegales, no cumple las normativas por desconocimiento, pero además, las autoridades presencian infracciones constantemente y no las castigan. ¿Hacen la vista gorda o tampoco ellos saben que cosas tan comunes como cruzar un semáforo en rojo son sancionables con una multa?. Total, que tanta norma parece que no sirve para regular adecuadamente la vida de las ciudades y pueblos, su uso legítimo, ni para recaudar unos cuantos euros para el Ayuntamiento de turno. Quizá sería mejor dejar de legislar alegremente y como reclama el profesor Ruiz de Apodaca: "si aprueban normas, que se hagan cumplir".
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