Crítica
[i]Desgracia:[/i] Las tensiones entre los blancos y negros en Sudáfrica después del Aparheid
sábado 01 de agosto de 2009, 21:45h
No resulta nada fácil encontrar escritores que se sientan plenamente satisfechos con las adaptaciones cinematográficas que se realizan de sus novelas. Sin embargo, en el caso de la recién estrenada Desgracia, su autor, el sudafricano J.M. Coetzee, ganador de dos Booker y Premio Nobel en 2003, ha declarado sin falsos complejos que sí lo está. Y asegura convencido que Steve Jacobs, el director del filme, “ha logrado integrar con enorme belleza la historia en el paisaje soberbio de Sudáfrica y los actores ofrecen unas interpretaciones tan intensas como matizadas”.
No resulta nada fácil encontrar escritores que se sientan plenamente satisfechos con las adaptaciones cinematográficas que se realizan de sus novelas. Sin embargo, en el caso de la recién estrenada Desgracia, su autor, el sudafricano J.M. Coetzee, ganador de dos Booker y Premio Nobel en 2003, ha declarado sin falsos complejos que sí lo está. Y asegura convencido que Steve Jacobs, el director del filme, “ha logrado integrar con enorme belleza la historia en el paisaje soberbio de Sudáfrica y los actores ofrecen unas interpretaciones tan intensas como matizadas”.
Lo cierto es que se trata de una película que conserva con claridad el espíritu de una compleja novela que, llena de simbolismos, aborda un tema tan espinoso como el del contraste entre la tiranía con la que se vivía en Sudáfrica durante la terrible época del Apartheid y la peligrosa tensión entre blancos y negros que aún invade a la traumatizada sociedad de aquel país en el presente, reflexionando a la vez acerca de su futuro. Y el retrato que realiza es valiente, sin que parezca demasiado preocupado por ninguna norma de la siempre presente corrección política.
El protagonista, eje central para la construcción de la historia, es David Lurie, un sofisticado profesor de universidad de 53 años con una existencia vacía que sólo logra sobrellevar conquistando mujeres, leyendo a Byron y escribiendo una eterna ópera sobre la etapa italiana del poeta. Hasta que ese frágil y falso equilibrio se rompe cuando se obsesiona por una de sus jóvenes alumnas a la que seduce, con el correspondiente escándalo que conlleva su expulsión de la facultad y su posterior exilio en un remoto paraje del país donde vive aislada en una granja su independiente hija, Lucy. Este será el escenario del violento y desgraciado suceso que provoca el interesante recorrido del personaje, magníficamente interpretado por John Malkovich en uno de los papeles más intensos del actor, por los abismos de la culpa, el castigo, la fatalidad y una cierta esperanza al final del camino. Porque, sólo entonces, Lurie se verá obligado a enfrentarse en serio con su compleja personalidad, llena de contradicciones y marcada por su egoísta costumbre de juzgar a los demás, sobre todo a las mujeres, para no perder lo único real que le queda en la vida: el respeto y el amor de su hija.
Tremendamente fiel a la novela, esta producción australiana rodada en Sudáfrica con un presupuesto de 4.2 millones de euros, cuenta, además, con otros personajes muy perfilados sin los cuales no habría sido posible bordar de la forma en que lo hace la compleja e intensa historia que narra, porque es a través de sus relaciones con los demás cómo el profesor emprende el difícil camino hacia la redención. Especialmente, con su hija Lucy, encargada de enseñarle los valores del amor desinteresado, del perdón y de la racionalidad más allá de las pasiones, y que está interpretada por una actriz sudafricana no profesional, Jessica Haines, con una sorprendente capacidad de convicción para exhibir el dolor que experimenta su personaje en la cinta.