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El PP pinchado y Rajoy, en la hamaca

domingo 09 de agosto de 2009, 17:52h
Mariano Rajoy se encuentra de vacaciones en Puente Umia, un tranquilo y encantador pueblo pontevedrés. Allí, como él mismo confesó antes de partir a primeros de agosto, está dedicado por entero a leer novelas, a pasear, a charlar y, habría que añadir, a columpiarse en la hamaca. Porque se está columpiando.

Mientras, María Dolores de Cospedal, sola ante el peligro, abre aún más sus enormes ojos color miel y lanza la bomba del verano al denunciar que el Gobierno ha ordenado pinchar los teléfonos de dirigentes del PP como Federico Trillo, Francisco Camps y ella misma. Rodeados de espías.

Se trata de una de las acusaciones más graves que se le puede hacer a un Gobierno: haber logrado información del grupo de la Oposición, utilizando ilegalmente los resortes del Estado y con el único propósito de aniquilar políticamente, o como sea, a ese partido que puede arrebatarles el poder. Y que, según las últimas encuestas, se encuentra por encima en intención de voto. A pesar de que Rajoy sólo se despeina con la brisa atlántica.

La psicosis invadió la sede del PP la pasada semana. Todos los expertos que pudo recabar el partido estuvieron día y noche barriendo con sus aparatos detectores cada recoveco de Génova en busca de micrófonos, cámaras o cualquier artilugio detectivesco. Aún no sabemos lo que encontraron.

El PP, al menos, ya ha aprendido la lección. La informática, móviles incluidos, es el mejor coladero para los cotillas. Cualquier pringado te lee los correos y te graba las conversaciones. Todo lo que se escribe o se habla puede ser descubierto tarde o temprano. Queda grabado durante mucho tiempo y al alcance de cualquier caco.

Y, para colmo, cuando se filtraron los nombres de los pinchados, a algún dirigente del PP se le pudo ver una mueca de decepción al no encontrarse en la lista de los protagonistas. El de Rajoy tampoco figura, al menos mientras siga en Babia, o en Puente Umia.

Zapatero, hace ya muchos días, se encuentra también bamboleándose en su hamaca de La Mareta, una antigua residencia del Rey, que han reconstruido el presidente y su mujer por todo lo alto para pasar las vacaciones con la familia al borde del océano, en Lanzarote. El presidente no renuncia a una siesta, ni se acalora ante los documentos oficiales que le intentan pasar a consulta. Vive plácidamente sus vacaciones de lujo. Muchos pagarían porque siempre estuviera allí.

Pero Zapatero, entre siesta y siesta, ha hecho dos apariciones públicas y ya nadie se acuerda de su hamaca. Primero se presentó en el descomunal incendio de la isla de La Palma. Estuvo un ratito por la tarde, pero las televisiones adictas, casi todas, se pasaron el día anunciando la visita y luego se pusieron las botas con las imágenes del presidente atendiendo a los damnificados.

Y hace un par de días, aprovechó una reunión con sus colegas socialistas canarios para, en el tono solemne y parsimonioso habitual, lanzar un ataque al PP por su “irresponsabilidad” al denunciar el espionaje gubernamental. El acto político también le sirvió al presidente para sacar pecho con sus medidas económicas. Otro ratito y a las portadas de todos los informativos y de todos los periódicos. En algunos aparecía fotografiado como un torero rodeado de entusiastas isleñas que le aplaudían a rabiar. Y ahora, en este momento, se encuentra de nuevo respirando a sorbos los aires de las Canarias. El descanso del guerrero.

Pero con dos apariciones fugaces ha dado la impresión de que está apagando los incendios y batiéndose el cobre en medio del fuego cruzado que este agosto libran a machetazos PP y PSOE. Que pocas veces la gresca ha sido tan violenta. Ahora, los dirigentes de los dos partidos, que representan a casi al noventa por ciento de la soberanía popular, sólo luchan por meterse en la cárcel los unos a los otros.

Quizás un día se sepa la verdad del caso Gürtel y de esos espionajes del Gobierno a la Oposición. Hoy, sólo se sabe que la gresca política es gravísima y Rajoy se fuma un puro en su hamaca.
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