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reseña

Oakley Hall: Warlock

miércoles 12 de agosto de 2009, 21:01h
Finalista del premio Pulitzer en 1958, fue adaptada al cine (casi al tiempo de su publicación) con el título de El hombre de las pistolas de oro; la perspectiva cinematográfica que adopta Oakley Hall al observar el escenario (donde detiene el objetivo desde distintos enfoques) debió aligerar el trabajo de su director.
Finalista del premio Pulitzer en 1958, fue adaptada al cine (casi al tiempo de su publicación) con el título de El hombre de las pistolas de oro; la perspectiva cinematográfica que adopta Oakley Hall al observar el escenario (donde detiene el objetivo desde distintos enfoques) debió aligerar el trabajo de su director. Además, el dinamismo narrativo y la claridad de su prosa, recrean los sonidos, canciones, sabores y olores fronterizos del “lejano Oeste”, y elevan a Warlock –a veces mito y otras realidad, por encima del género que la acoge– a una de las mejores novelas americanas del siglo XX.

Warlock, “demonio” es uno de sus significados, es una ciudad situada en la frontera de Estados Unidos, donde transcurre, en 1880, esta “novela del Oeste”. Está ubicada en un páramo, indómito y polvoriento, en el que hay que construir una nación y, paralelamente, poner equilibrio en los primitivos valores de prestigio y honor que presiden las relaciones. Éstas, en un territorio que lucha por conseguir el estatuto de ciudad, y donde no existe apenas ley, engendran, diariamente, un sanguinario “infierno”. Oleadas de violencia –en nombre del pundonor– debidas, en el fondo, al ansia de notoriedad, y el balazo que Benner (esbirro de Mcquown) mete al inofensivo barbero por herirle al afeitarle, reúnen en comité a los “ciudadanos bienpensantes” de la localidad. Deciden, entonces, pagar a un pistolero, con temple y dominio, para el cargo de comisario: Clay Blaisedell acepta ese reto.

Tanto los que rumorean, escondidos, como quienes proceden a la acción, hacen lo que “deben” mientras van tejiendo su destino: unos, justificando a los “revoltosos muchachos” cuando protagonizan diarios carnavales de violencia; otros –como Blaisedell– que, aun para matar, han de “atenerse a las normas como si estuvieran pisando huevos” porque, el menor descuido... se paga. Y el mismo destino final se cierne, inmisericorde, sobre todos.

Por Inmaculada López Molina
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