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Ejemplo ejemplar

viernes 14 de agosto de 2009, 21:18h
Hace un año algunas Comunidades Autónomas de diverso signo político reestructuraron el organigrama de sus Consejerías respectivas con el noble objetivo del ahorro y la austeridad en unos duros tiempos de crisis. Es así que en ellas se han eliminado direcciones generales, integrando sus funciones en otras direcciones generales ya existentes, rebajando así el rango administrativo de aquéllas. Estamos seguros de que esa reordenación de la burocracia autonómica ahorrará mucho dinero a los contribuyentes o bien las Administraciones Autonómicas lo podrán utilizar para labores públicas y el mejoramiento de la calidad del ejercicio de los derechos de los ciudadanos. Por el contrario, la Administración Central no ha eliminado ningún ministerio, secretaría de Estado, subsecretaría, dirección general o subdirección general, con los muy cuestionables beneficios públicos que tienen algunas o incluso algunos. Afortunadamente, algunos presidentes autonómicos socialistas, como v. gr. José María Barreda Fontes, tienen mejor cabeza y mejores intenciones con referencia a la ética pública que la gran cabeza, y han hecho uso de un sentido común honorable y penetrante que transciende sin duda los chatos signos magnéticos de la polaridad política.

La utilización prudente y austera del dinero público honra sin duda a las cúpulas de las Administraciones de este Estado Autonómico, cuando son precisamente los principales pacientes y afectados de esta prudencia presupuestaria y austeridad.

No se sabe bien hasta qué punto se ennoblece el perfil de los altos funcionarios cuando el rango y el sueldo de estos responde a la austeridad presupuestaria que exige una coyuntura nacional, y hasta qué punto este ejemplo de ascética funcionarial fortalece y vigoriza moralmente la unidad social en el combate contra la crisis económica por parte de la sociedad en su totalidad.

Al contrario, como ya he dicho desde esta humilde mirada escolástica, la insultante exhibición pública de vestidos, calzado y complementos, adquiridos en las tiendas sitas en la rue St. Honoré, en la rue Cambon o en el Boulevard de la Madeleine (sin olvidar, por supuesto, la rue de Castiglione), por parte de los más altos jerifes de esta alegre monarquía, deprime fatalmente a todos aquellos patriotas que se esfuerzan con su trabajo bien rematado y cinturón apretado a salir de esta situación. La falta de decoro en la dosificación del lujo en la cumbre del poder, acabará sin duda pasando factura por parte del sentimiento popular. Además, el lujo no es la exhibición espasmódica de la riqueza que uno lleva puesta –como hacen ciertos monarcas y princesas-, sino la singularidad estética y eurítmica que refleja un espíritu señero y de buen gusto. La riqueza zafia y vulgar que desentona en el paisaje humano y la situación no sólo no corresponde con el lujo y el buen gusto, sino que es una horterada a nivel social y estético, y un insulto desaprensivo a nivel político. Un crimen político en época de crisis cuando el hortera pertenece al poder político.
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