Una de las peores muertes imaginables
María Cano
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mariacanoelimparciales/10/5/10/22
domingo 16 de agosto de 2009, 18:49h
Estoy desolada. Que la realidad supera a la ficción ha vuelto a quedar de manifiesto de forma brutal este domingo. Mientras escribo estas líneas, un joven de 33 años, Óscar Pérez, probablemente se debate entre la vida y la muerte a 6.300 metros de altitud en una repisa del Latok II con una pierna y una mano fracturadas. Lleva diez días solo rodeado de nieve silenciosa, dolorido, con escasos alimentos y luchando por sobrevivir, si es que a estas alturas aún respira.
Un equipo de montañeros trataba de rescatarle desde hace días luchando contra el frío, el cansancio y la falta de aclimatación a las alturas. Un helicóptero ha sobrevolado en varias ocasiones el pico para que Óscar supiera que estaban allí, que iban a por él y que tenía que resistir. Que no estaba solo. Pero ahora lo está.
El equipo de rescate ha tenido que desistir por la llegada del mal tiempo. Sus vidas corrían peligro y había pocas esperanzas de encontrar al joven con vida. Trato de imaginar qué deben sentir quienes tanto empeño han puesto en llegar hasta allí, en subir lo más rápido posible aunque no estuvieran lo suficientemente preparados para ello, en trabajar en las labores de rescate al borde de la extenuación con la esperanza de volver a casa con Óscar, con la única idea de llegar… de llegar a tiempo.
Y después de haber luchado contra los elementos, de haber perdido gran parte de la comida, de haber consumido sus energías subiendo centímetro a centímetro colocando las cuerdas por las que debía haber sido bajado Óscar, imagino el terrible descenso de esos montañeros generosos que han arriesgado sus vidas por salvar la de otro, la de Óscar. Dudo mucho que ninguno de ellos sea capaz de emprender el regreso sin volver la vista atrás, sin despedirse de él desde la distancia, en silencio, sin pedirle perdón por condenarle a una muerte segura allí, en la cornisa, solo, en silencio y rodeado de nieve, sin derramar alguna lágrima de frustración, de rabia y de pena.
Saben que si vuelven allí algún día a por él será para bajar su cuerpo sin vida. Porque son demasiados días, porque ya no le queda comida y porque el temporal que en estos momentos se cierne sobre el pico acabará con las últimas reservas físicas y psicológicas que le queden. Ignoro si lograrán superar semejante golpe y dejarán de tener pesadillas con la nieve, con el frío, con Óscar.
Tampoco me atrevo a imaginar qué debe sentir su familia, sus amigos. Una pérdida siempre es desgarradora pero es más fácil aceptarla de golpe, sin preavisos. Sus familiares desconocen si aún vive pero saben que morirá, que para él ya no hay esperanza. Llevan diez días agonizando de angustia y de miedo por si no llegaban a tiempo, por cómo estaría cuando lo rescataran. Ahora, la angustia ha dejado paso a la tristeza y conviven en sus corazones porque nadie sabe, aunque todos lo imaginan, cómo será el final de Óscar: uno de los peores imaginables.
Y mientras escribo estas líneas delante del ordenador, tomando una Coca Cola, sentada en un confortable sillón y con el estómago lleno, allá arriba, bajo los copos de una nieve impasible que cae sin piedad, Óscar se despide del mundo en soledad. Descanse en paz.
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Subdirectora de EL IMPARCIAL
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