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Obama en México: un salvavidas

martes 18 de agosto de 2009, 19:56h
La visita relámpago de Obama lanzó un salvavidas al presidente Calderón que se ahoga en un mar de problemas. Sólo fue una guindola y falta saber si Calderón tiene las fuerzas y las provisiones para arribar a buen puerto.

La captura y exhibición pública de un presunto criminal que planeaba asesinar al presidente Calderón fue denunciada como una maniobra para llamar la atención de Obama y de la prensa internacional acerca de la gravedad de la situación y la “valentía” del presidente mexicano, slogan de la pasada campaña electoral.

La burda maniobra fue vista en México con indiferencia y más de un comentarista se preguntó a quién le interesa asesinar “a un presidente políticamente muerto”, ya que su gabinete está formado por incapaces, su partido es minoría en el Congreso y, además, se encuentra dividido por la imposición del ex secretario particular del presidente, el imbele César Nava.

Ni el presidente Obama ni el Primer Ministro canadiense ofrecieron algo a México. El primero, con franqueza dijo que no tenía “una varita mágica” para resolver el problema migratorio y el segundo se negó a suprimir el requerimiento de visado para los turistas mexicanos, recién establecido. De los problemas económicos ni una palabra, como tampoco de los suscitados por el Tratado de Libre Comercio suscrito por los tres países.

En cambio, sí llovieron las recomendaciones para que el ejército mexicano respete los derechos humanos en la lucha contra el narcotráfico. El recién llegado embajador estadounidense, Carlos Pascual, asumió de inmediato su papel de virrey: “tenemos que ver si hay algunas maneras de que el ejército pueda cambiar o mejorar su forma de funcionar, donde tengamos todos un sistema un poco más transparente… tenemos la cooperación del Estado mexicano para demostrar que es consistente con los estándares internacionales de respeto a derechos.” Cabe preguntarse acerca de estos “estándares”, ¿serán los seguidos por los Estados Unidos en Irak?

El embajador Pascual, “experto en Estados fallidos”, no pudo abstenerse de manifestar su interés básico: “México está ahora en una situación en la que existe una presión tremenda, pero se tiene que ver que si no podemos trabajar juntos, ayudar a controlar la situación aquí, vamos a tener un problema mucho mayor en Estados Unidos y en los países del hemisferio.”

Más tardó Obama en regresar a Washington que el presidente mexicano en viajar a Colombia para respaldar el acuerdo de su colega con Estados Unidos y permitirle operar en bases militares colombianas. Este tácito apoyo aislará a México, aún más, del resto de países latinoamericanos. Los gobiernos del PAN se han convertido en los voceros de los intereses estadounidenses, trastocando la tradicional política exterior de México en el siglo XX y lo han hecho por ignorancia y torpeza. A cambio sólo han obtenido un marcado desdén por parte del gobierno Bush y un educado desentendimiento de los intereses mexicanos por parte del gobierno de Obama. Ciertamente éste tiene asuntos más importantes en su agenda.

Aún no pasaba la euforia de la visita, cuando el Ministro de Hacienda anunció que el próximo año México sufrirá el peor shock económico de las últimas tres décadas. El déficit en las finanzas públicas lo estimó en cerca de 30 mil millones de dólares, equivalente a 2.7% del PIB, debido a la caída de los ingresos tributarios, así como al precio y volumen de la producción petrolera.

El orondo ministro, que simula desvanecimientos a causa de su obesidad, carece de margen de maniobra: subir impuestos a las personas de mayores ingresos es impensable en un neoliberal. En cambio, se incrementará el costo de bienes y servicios que proporciona el Estado y se intentará gravar con el IVA a medicinas y alimentos, exentos por el momento. Esta última medida parece inviable, ya que la oposición domina la Cámara de Diputados y desde hace nueve años se ha opuesto a ella; menos lo hará en un año en que se elegirán 10 gobernadores. El endeudamiento con organismos internacionales será limitado, tanto por la escasez internacional de fondos como por el volumen de la deuda contraída por el gobierno actual.

La reducción al gasto público continuará (este año alrededor de ocho mil millones de dólares) y naturalmente afectará los programas de salud, educación y obra pública. Así, el país continuará en el inmovilismo sin mejoras sustanciales en la competitividad, la investigación científica o el desarrollo tecnológico, por no hablar del desempleo y la inflación.

Los mexicanos, dados a la santería, esperan milagros: el establishment que los sindicatos no se muevan y que los campesinos, afectados por la sequía que se padece, se aprieten aún más el cinturón. Asimismo, hay la esperanza de una rápida recuperación de la economía estadounidense y un alza en el precio del petróleo. Esta expectativa es más racional que esperar del equipo en el Poder Ejecutivo imaginación y talento.
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