¿Se ha puesto ya precio a la cabeza de Obama?
miércoles 19 de agosto de 2009, 20:35h
Quieren matar a Obama. Pero primero, a la controvertida Ley de Reforma Sanitaria, cuyo estandarte ha defendido el presidente americano desde que empezó sus mítines como candidato. Así, al menos, lo ha afirmado Howard Dean, ex presidente del Partido Demócrata, que ha acusado directamente a los republicanos en una entrevista para la cadena de televisión NBC, provocando aún más controversia acerca de un asunto de vital importancia y que sigue dividiendo a los norteamericanos.
Porque el proyecto sanitario de Obama fue, desde el principio, uno de los puntos clave de su campaña, a pesar de que ninguno de sus partidarios ni siquiera de sus asesores, se ocultaba la dificultad que suponía a causa del inevitable enfrentamiento con uno de los lobbies más poderosos de Estados Unidos: el de las compañías de seguros. La esperanza que ofrecía el plan Obama para los ciudadanos era la alternativa de un seguro público de libre elección que, según el presidente, forzaría a las compañías de seguros privadas a ser más honestas. Y demostrando su interés personal en el asunto, no tuvo problemas en contar cómo su madre, fallecida de un cáncer de ovarios a los 53 años, tuvo que pasar las últimas semanas de vida peleando por su cobertura sanitaria desde la cama del hospital.
Puede que desde Europa, nos cueste creer que en Estados Unidos los costes médicos sean la primera causa de las bancarrotas personales, con el agravante de que el 75% de los que se quedan en la miseria por tener la estúpida ocurrencia de caer enfermo o necesitar una intervención quirúrgica, pagaban un seguro privado que a la hora de la verdad les dejó tirados. También parece increíble que empresas como General Motors o Chrysler se vean metidas en serios problemas financieros a causa del enorme coste del seguro médico de sus empleados, lo que les ha hecho menos rentables y competitivas frente a otros fabricantes de automóviles del mundo.
Y, sin embargo, las agresivas manifestaciones a las que estos días se ha tenido que enfrentar Obama en su periplo por el Oeste americano para defender su reforma, demuestran a los que estamos a este lado del charco que allí las cosas no las tienen tan claras a la hora de apoyar una reforma que intentaría acabar con el tremendo hecho de que casi 50 millones de ciudadanos de aquel país no tienen seguro médico. La oposición, dirigida, al parecer, desde el ala ultraconservadora, está siendo tan encarnizada que circulan rumores que disfrazan a Obama con el bigote hitleriano y le acusan de pretender la socialización de la medicina.
Pero es que hay cosas que son muy difíciles de cambiar y el modelo de sanidad que, con más o menos variaciones, sigue vigente en Norteamérica es el que fue creado por un gobierno conservador, el de Von Bismark en la Alemania de 1883, que promovió la creación de los primeros sistemas de protección social de los trabajadores como forma de frenar los movimientos que recorrieron toda Europa durante la Revolución Industrial, y cuya financiación procedía de las propias contribuciones de empresarios y trabajadores. El otro modelo, del que disfrutamos en España y que hoy nos parece tan normal, no nació hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue necesario afrontar la reconstrucción de una Inglaterra devastada, en la que se hizo necesaria la protección de toda la población, y que se financia por vía tributaria, con la obligación de estar cubierto por los correspondientes Presupuestos Generales del Estado. En el primer caso, la protección sanitaria se asume como una “responsabilidad” del Estado; en el segundo, como un derecho de todos los ciudadanos.
Una diferencia que en el papel puede resultar tan sólo un juego de conceptos e incluso de palabras, pero que en la piel del que lo sufre puede suponer la ruina y lo más importante, el deterioro constante de su salud y, finalmente, la muerte. Ahora habrá que ver hasta donde arriesga Obama para cumplir con el más importante de sus retos políticos y sociales. Y no por las amenazas que recibe cada día de personajes armados, cada vez más violentos, que se pasean con tétricas pancartas que hablan de su muerte, si no por otro tipo de coacciones mucho más materiales y, por lo tanto, efectivas: las de los poderosos grupos de presión en contra, que no están dispuestos a dejarse arrebatar el suculento pastel del que únicamente se sacian unos cuantos.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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