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Terrorismo en Lockerbie: beau geste desenfocado

sábado 22 de agosto de 2009, 00:30h
El 21 de diciembre de 1988 tenía lugar el atentado más brutal cometido en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. El ataque terrorista contra un avión de la Pan Am que realizaba el trayecto entre Londres y Nueva York y que estalló en pleno vuelo, causando la muerte de las 259 personas que llevaba a bordo, más otras once en tierra -ya que los restos de la aeronave cayeron sobre una zona habitada de Escocia. Los dos culpables de semejante masacre, a la sazón agentes de la inteligencia libia, fueron condenados en 2001 a cadena perpetua, sin que mostrasen en ningún momento signo alguno de arrepentimiento. Precisamente por eso, la puesta el libertad de uno de ellos, aduciendo motivos humanitarios -padece un cáncer en estado terminal- ha causado un profundo malestar en los familiares de las víctimas; una irritación que se ha tornado en indignación al ver el recibimiento triunfal que se le dispensaba a su llegada al aeropuerto de Trípoli. Por si fuera poco, Abdelbaset Alí al Megrahi, que así se llama el terrorista, retornó a su país en un avión privado fletado por el propio Gadafi y acompañado durante el vuelo por un hijo del líder libio.


Vivir en sociedad comporta una serie de derechos y obligaciones. Uno de los bienes más preciados, la libertad, es para aquellos que conviven entre sus semejantes en paz y armonía. Pero quienes hacen daño, son privados de la misma por el Estado de Derecho que vela por la pervivencia de esa misma libertad. No la tienen quienes no la merecen. Y alguien que es capaz de asesinar a 259 personas, desde luego, ha de ser apartado de esa sociedad a la que tanto daño ha causado. El sistema penitenciario británico es respetuoso con los derechos humanos, lo cual no puede decirse del libio. Quien comete un delito en Gran Bretaña sabe que tendrá un juicio justo y que el Estado velará por que sus derechos como recluso no se conculquen. Pero de ahí a dejar libre a un asesino confeso por motivos “humanitarios” va un abismo, tan oscuro como el petróleo que parece estar detrás de espurios intereses comerciales entre Londres y Trípoli. Por muy enfermo que esté, la sanidad británica posee recursos suficientes como para tratarle con las máximas garantías. La atención sanitaria es un derecho que el señor Abdelbaset Alí al Megrahi tiene garantizado en la Unión Europea, pero no la libertad, que perdió el día en que decidió acabar con sus semejantes. Que se lo pregunten sino a los familiares de las 259 personas cuya vida segó fríamente. El mensaje que pueden interpretar con el gesto británico los totalitarios que amenazan nuestro continente puede estar muy desenfocado.
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