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Crónicas venecianas. Un banquete en San Giorgio

José María Herrera
sábado 22 de agosto de 2009, 18:08h
Mientras avanzan cansadamente entre la Biblioteca marciana y el Palacio Ducal, piazza San Marcos a la espalda, millones de personas contemplan todos los años la isla de San Giorgio Maggiore. El espectáculo es formidable, aunque pocos cruzan la laguna para conocer la iglesia y el convento colindante, uno de los conjuntos arquitectónicos más bellos del mundo, obra de Palladio. Tanto el templo como los claustros de la abadía son considerados unánimemente creaciones de primer rango, un tesoro al que falta, sin embargo, su joya más preciada, el gran cuadro que el Veronés pintó para el refectorio: Las Bodas de Canaá.

En 1797, cuando Napoleón conquistó Venecia y abolió la república aristocrática que la había regido ininterrumpidamente desde hacía mil años, la tela fue descolgada de la pared y, debido a su enorme tamaño, troceada en varios fragmentos a fin de facilitar su traslado a París, donde todavía hoy se expone en el Louvre. Cumplía con esta y otras tropelías la promesa hecha a Ludovico Manin, último dogo de la Serenísima, de ser un Atila para Venecia.

Durante doscientos diez años la pared del refectorio de la abadía benedictina de San Giorgio ha permanecido vacía. Esta situación cambió el 10 de Septiembre de 2007 cuando la Fundación Cini, propietaria del edificio, instaló allí una réplica del original realizada mediante un sofisticado sistema de foto-reproducción. El autor, Adam Lowe, es uno de los fundadores de Factum Arte, empresa con sede en Madrid especializada en el uso de la tecnología digital para la reproducción de obras de arte. La tela de Veronés sigue en el Louvre, junto a la Gioconda, pero los visitantes que ahora acuden a San Giorgio pueden volver a sentir la emoción que experimentaron los viajeros del pasado. No es el original, aunque mejor esto que nada.

Un año antes, en el Rijksmuseum de Ámsterdam, con ocasión del cuatrocientos aniversario de Rembrandt, el director de cine Peter Greenaway recreaba con ayuda de la moderna tecnología digital uno de sus cuadros más famosos, La Ronda de noche. Fue un espectáculo memorable. Durante unos minutos los personajes del pintor holandés parecieron recobrar la vida ante la mirada atónita del público. La reacción fue tan buena que cierta empresa, Change Performing Arts, decidió correr con los gastos y ampliar el proyecto a otras ocho pinturas, entre las que se encuentran Las Meninas de Velázquez, aún por realizar, y Las Bodas de Canaá, presentado este verano en el refectorio de San Giorgio.

Para llegar hasta allí el visitante debe cruzar el primer claustro del monasterio y bordear el segundo, separado de aquel por una columnata. Una altísima puerta da paso a un pequeño vestíbulo en el que se alza, por encima de una escalinata situada enfrente, otra puerta aún más grande. Dos gruesos lienzos de cortina ocultan el amplio comedor de los monjes, pero la rendija que queda en medio permite atisbar, situada en el testero del que nunca debió salir, la tela de Veronés. El ingreso en la sala es emocionante para quien conoce la historia del cuadro y lo es aún más cuando, sin previo aviso, las luces se apagan, suena la música de Giovanni Gabrielli, el más grande compositor veneciano de la época, y los personajes del cuadro –ciento veinte sin contar perros, gatos y pájaros- reviven ante nosotros. Mágicamente, pues no otra cosa se puede decir en ese momento, Greenaway hace hablar a la multitud reunida en torno a Jesús. El espectador se siente un invitado más en los desposorios. La cámara va conduciéndonos parsimoniosamente de un lugar a otro, de modo que podemos escuchar las conversaciones de los comensales, comprender sus gestos, seguir sus miradas. En ningún momento se trata de ahondar en el sentido profundo de la obra (les remito, si están interesados, a la introducción de mi libro Venecia Galante), no hay exégesis ni interpretación, aunque tampoco es necesario, pues confiriendo vida a los personajes se logra, de alguna forma, captar lo esencial. Y lo esencial aquí es que estamos en un banquete de bodas en el que todos se sienten unidos y contentos, y lo están porque Jesús, que permanece callado en el centro del cuadro, presente y ausente a la vez, como un verdadero mediador entre cielo y tierra, ha obrado el milagro que nunca podrán realizar los discursos de los eruditos, los sermones de los clérigos o las monsergas edificantes de los moralistas: convertir el agua en vino, o si lo prefieren, la materia en espíritu.
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