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Ohrid, la cuna del cirílico

domingo 23 de agosto de 2009, 14:26h
Hace unos días, la prensa se hacía eco de un descubrimiento arqueológico excepcional: una tumba donde descansaba un cuerpo joven cubierto de oro. Los arqueólogos no han datado todavía el hallazgo, ni lo han atribuido a una civilización concreta. Lo que sí sabemos es que ha sido encontrado en los alrededores de la ciudad de Ohrid, a la orilla del lago del mismo nombre.

Ohrid no figura entre los destinos vacacionales españoles, ni siquiera forma parte el ideario colectivo nacional como un lugar conocido, como un punto geográfico identificable. No está en nuestras cercanías culturales, ni en nuestro día a día. Sin embargo para los europeos del Este, Ohrid es un lago de gran belleza y armonía, un centro de recreo y vacaciones, con buena infraestructura y es también una hermosa ciudad.

El lago Ohrid se encuentra en los Balcanes y lo comparten dos países: dos terceras partes pertenecen a Macedonia y una tercera a Albania. Descansa en una meseta, a 700 metros sobre el nivel del mar, rodeado por montañas con picos que superan los 2.000 metros como los montes Petrino, Galicica y el Magaro, que con sus 2275 metros de altura separa el Orhid del Prespa, otro lago que Macedonia también comparte, aunque en este caso con Grecia. Con sus aguas azules y cristalinas que reflejan un cielo limpio y brillante, y un sol que ilumina la frondosa vegetación que le rodea, tiene una dimensión de 358 metros cuadrados, 30 kilómetros de largo y 15 kilómetros en el punto más ancho. El lago es naturaleza en estado puro ya que el haber llegado tarde al desarrollo ha sido un buen antídoto para no cometer las mismas atrocidades urbanísticas que a lo largo y ancho del Mediterráneo.

Para los viajeros independientes, para los buscadores de novedades poco explotadas, interesados por conocer regiones, paisajes y países no incluidos en los circuitos turísticos, Macedonia es un buen destino: hermosos parajes, viñedos, bosques, ciudades viejas, ruinas, parques naturales, lagos, carreteras en buen estado, gente amable y educada, una buena gastronomía y unos vinos más que aceptables.

Se puede llegar a Macedonia desde la ciudad griega de Florina, a 160 kilómetros de Tesalónica. Atravesar la frontera tiene sus dificultades. Los griegos no aceptan el nombre de República de Macedonia para este pequeño país que formó parte de la gran Yugoeslavia y no les gusta que ciudadanos comunitarios visiten a sus vecinos a través de Grecia. A quince kilómetros de la frontera, se encuentra Bitola, una ciudad mediana, con edificios interesantes entre los que sobresalen un par de mezquitas, recuerdo de la denominación otomana. El sábado por la noche, la ciudad entera se echa a la calle. Tiendas, cafés, restaurantes, pubs se llenan de jóvenes y mayores. Nada que envidiar a cualquier ciudad europea, el espejo donde se miran, a las que copian, con las que sueñan. De oriente vino tradicionalmente el enemigo, de Europa Occidental el amigo, la democracia, la idea de prosperidad y un mundo mejor. La historia que se repite en cada uno de los países del Este de Europa que han sido sufrido invasiones a lo largo de la historia.

En las afueras de Bitola están las bien conservadas ruinas de Heraclea, ciudad romana enclavada en la Via Egnatía, la gran calzada romana que unía Roma con Bizancio. Una vía que también pasaba por Lyhnidos, que fue macedonia antes de romana, que se integró en Constantinopla al dividirse el Imperio. Hoy Lynhidos se llama Ohrid, un lugar lleno de historia, situado al noreste del lago, un magnífico destino para un viaje, un centro espiritual desde el inicio del Cristianismo, sede episcopal de la iglesia ortodoxa, centro de actividades misioneras y docentes, a la que llegaron los eslavos en el siglo VI.

El núcleo antiguo de Orhid se recuesta en las faldas de la colina que corona una fortaleza medieval, con sus calles empedradas, con sus hermosos y cuidados edificios, donde todavía se conserva algo de su pasado religioso y místico. Esta hermosa ciudad es un centro vacacional, un lugar placentero e idílico, que crece de día en día, pero que lo hace de forma sensata y equilibrada. En 1979 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por sus valores naturales, culturales e históricos, hecho al que contribuyeron las hermosas y viejas iglesias que todavía se mantienen en píe: el monasterio de San Clemente y San Pantaleón, del siglo V, Santa Sofía y San Juan, del siglo XI, San Clemente, del siglo XIII, San Bogorodica y San Nicolás, del XIV San Bogorodica y San Nicolás Bolnicki, todas ellas ornadas de hermosos frescos y mosaicos muy bien conservados, y a las que hay que unir el Monasterio de San Naum, al sur del lago, a un paso de la frontera con Albania.

Precisamente San Naum y San Clemente fundaron la primera universidad de los Balcanes. Eran discípulos de los monjes Cirilo y Metodio, hermanos y santos, inventores del alfabeto cirílico. Efectivamente, en la segunda mitad del siglo IX, estos dos monjes, quisieron integrar el cristianismo y la cultura eslava. Para ello crearon el alfabeto llamado glagolítico, conocido popularmente como cirílico, y que es una evolución de la lengua griega a la que se le añadieron sonidos de la lengua eslava, desconocidos en la grafía griega.

El alfabeto cirílico inicial contaba con 43 caracteres. Con el paso del tiempo, la escritura cirílica se divulgó y popularizó, y el Zar Pedro el Grande la modernizó. En la actualidad, el alfabeto cirílico se usa tanto en Europa como en algunas regiones de Asia central. Existen más de 70 lenguas que emplean la escritura cirílica para representar sus sonidos como el ruso, el bielorruso, el ucraniano, el búlgaro, el serbio, el macedonio, el kurdo, el turcomano, el uzbeco, el kiriguiso y el mongol, el abjaso, el azerí, el tártaro, el moldavo, el tayik, el yakuto, etc. Algunas de estas lenguas se escriben también en el alfabeto latino. En el caso de los eslavos, el serbio es el único idioma que usa los dos alfabetos de manera oficial, aunque la versión latina sea la más utilizada.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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