www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Perversiones y violencia deportivas

¿Por qué intentan hacer trampas los deportistas?

sábado 29 de agosto de 2009, 12:37h
Un deportista de alto nivel es un profesional de una disciplina atlética que, además de ofrecer espectáculo y cumplir ciertos objetivos, debe reflejar ciertos valores positivos asociados con el deporte. Casos como el de Tom Williams -jugador de rugby que se tragó e hizo explotar una cápsula con sangre-, o el del “Condor” Rojas –portero de fútbol que se autolesionó con una cuchilla-, muestran el lado negativo de los deportistas. El Imparcial ha hablado con expertos en psicología y sociología del deporte para conocer las motivaciones que provocan estas actitudes.

El deporte ofrece a los aficionados historias de superación y esfuerzo impresionantes. La trayectoria del ciclista Lance Armstrong, que superó un cáncer de testículos y venció siete Tours de Francia, es un claro ejemplo de los elementos positivos de la actividad deportiva de alto nivel; los futbolistas brasileños que se refugian en el deporte para salir de la pobreza y llegan a convertirse en estrellas mundiales, o la incomparable superioridad física del atleta jamaicano Usain Bolt, son también reflejos de los valores positivos del deporte.

Pero en ocasiones, los deportistas se alejan de los conceptos de solidaridad, esfuerzo, “fair play” y disciplina asociados con la práctica deportiva, para adoptar actitudes dudosas moralmente y que nada tienen que ver con la pureza de la disciplina que practiquen.

El caso del jugador de los Harlequins del rugby inglés Tom Williams, que simuló una herida en la boca con abundante salida de sangre, para que su equipo tuviera beneficio con los cambios (una vez superado el límite de sustituciones, un equipo de rugby podría realizar una más si alguno de sus jugadores resulta lesionado con corte en la cara), ha hecho que tiemblen los cimientos de uno de los deportes tradicionalmente más nobles, y ha provocado el recuerdo de otras actitudes muy poco deportivas.

En el famoso estadio brasileño Maracaná se disputaba un encuentro entre la selección “canarinha” y Chile, correspondiente a la Copa América. El portero chileno “Condor” Rojas ve como una bengala cae a su lado y se "desmaya" sobre el césped. Al levantarle las asistencias, la televisión capta un corte en la ceja, por el que es atendido. Más tarde se descubrió que el portero había guardado en su guante una pequeña cuchilla que usó para engañar al árbitro y provocar una sanción a la federación brasileña.

Pero los casos de perversión de los valores deportivos más veces de las deseables desembocan en violencia, en pérdida de control. De sobra conocido es el nefasto acontecimiento en el que el futbolista francés Eric Cantona saltó una valla publicitaria para propinar una patada voladora a un espectador que le increpaba. La sanción para el francés fue ejemplar, pero su imagen siempre estará marcada por aquel episodio.


Además, en la última semana, unas imágenes grabadas por la televisión boliviana han vuelto a conmocionar a los aficionados la fútbol. Sergio Jáuregui, del Blooming, y Leonardo Medina, del Oriente Petrolero, fuero expulsados por un enfrentamiento sobre el campo, hasta ahí todo normal. En la entrada a los vestuarios algo extraño ocurre: Jáuregui salta y golpea con su bota de tacos en el cuello a Medina. El resultado es un futbolista en el hospital inconsciente y con heridas en el cuello, y el otro sancionado y con una fuerte presión social. La suerte hizo que este acontecimiento no acabara en tragedia. Pero, ¿por qué se producen este tipo de reacciones en los deportistas?

En el proceso de perversión de los valores positivos atribuidos al deporte intervienen varios factores. Eneko Larumbe, psicólogo deportivo, dirige el foco de las causas hacia el aprendizaje desde la infancia. El niño que se está iniciando en un deporte aprende desde el principio que tiene que ganar, tiene que cumplir objetivos. Según este doctor, el problema se agrava con la permisividad de los responsables del club o de sus padres, que no censuran las ideas “nocivas” que en ocasiones se inculcan a los niños que inician la práctica deportiva.

Además, existe el refuerzo en este proceso gracias al “aprendizaje vicario”, es decir, el niño está expuesto en todo momento, a la influencia de deportistas de alto nivel que tomar actitudes negativas, que reflejan valores antagónicos a la pureza del deporte. La repercusión social de los deportes es muy elevada, por lo que mucho niños están influenciados en su aprendizaje al observar actitudes negativas en sus ídolos.

Con respecto a la violencia en el deporte que tiene como protagonista a los aficionados, Larumbe indica que la causa está más en los aficionados que en los propios deportistas. En muchas ocasiones el odio y la violencia se genera de forma ajena al deporte, aunque luego se reproduzca en un estadio. Existe una predisposición en una pequeña parte de la masa de hinchas a realizar actos violentos.

Juan Antonio Castrillo, especialista en sociología del deporte y colaborador del Colegio Oficial de Politólogos y Sociólogos de Madrid, comparte esta misma tesis. Explica que la violencia que se produce en los estadios poco tiene que ver con la naturaleza más o menos violenta del deporte, citando un estudio realizado en Estados Unidos que indica que el deporte con más violencia en los estadios es el béisbol –deporte más seguido en América-, por delante por ejemplo del fútbol americano; según Castrillo, la violencia tiene que ver más con la difusión y fama del deporte que con su naturaleza.


El deporte es un “enfrentamiento simbólico”, en el que la identificación con un equipo es tan fuerte como el odio al rival. El sentimiento de pertenencia al grupo también está detrás de la violencia en los estadios. La personalidad débil y permeable es el prototipo de individuo que puede convertirse en violento en un estadio.

Para este experto en sociología deportiva, las actitudes en las que el deportista trata de engañar a los árbitros y toma posiciones contrarias al “fair play”, están relacionadas con una perversión de los valores deportivos, provocada por la gran presión y el estrés que a los que están sometidos los deportistas desde niños por cumplir objetivos. Esa presión es tan extrema que en ocasiones el atleta antepone la realización de los objetivos marcados a preservar la moral deportiva y sus valores.

Para reducir al mínimo casos como el de Eric Cantona o Tom Williams, ambos expertos coinciden en que se tiene que producir un firme rechazo desde todas las instituciones que tienen relación con el deporte en cuestión, y también se tiene que producir una censura de la sociedad, que no debe interpretar como loables estas actitudes aunque hayan reportado éxitos al equipo preferido. Debe existir una recriminación general.

Cuando los deportistas se dejan llevar por su situación social, cuando anteponen sus objetivos a los valores de los que deben ser portadores (solidaridad, trabajo en equipo, compromiso) y realizan doping o tratan de engañar con artimañas a los jueces para sacar beneficio, uno de los elementos socializadores más importantes en la actualidad, el deporte, se resiente, y si desde la infancia los profesionales inculcan en los niños valores de dudosa validez moral, los cimientos de la pureza deportiva tiemblan, y estos modelos sociales del siglo XXI quedan en entredicho.


¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios