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El teatro de la política: representación y repetición

David Felipe Arranz
miércoles 02 de septiembre de 2009, 22:25h
Glaucón en La República de Platón indica la ventaja de la que gozan aquellos individuos que son justos en apariencia al mismo tiempo que se conducen sin escrúpulos siempre que les sea posible salir impunes de sus actos, injustos en esencia. Para esquivar estas imposturas, Platón recomienda someter a los candidatos a gobernantes a diversas pruebas para comprobar si propenden a dejarse seducir por la prosecución del propio placer; sólo serán elegidos quienes demuestren total devoción por el bienestar de la comunidad, aquellos más leales a los ciudadanos, hacia el país y entre sí.

Recordemos que los reyes y los magistrados contenían en su alma el oro desde su nacimiento, pues era la razón la que regía sus acciones. Es más que probable que si Platón desembarcara hoy en nuestras costas, proveniente de Atenas, volviera la proa al Mediterráneo a las pocas horas, tras echar un vistazo a los informativos. Pobre Platón. Pobres de nosotros. Lo que más se parece a la España de hoy es ese estado hipotético que recoge La República similar al navío que da bandazos en manos de una tripulación incompetente, censos irredimibles de un sistema que hace agua –no “aguas”, que eso es mearse— por todas partes.

Rajoy llama a Zapatero “máquina de gastar dinero” y hombre dado a “gracietas” y éste llama a aquél “demagogo”, “falto de seriedad” y representante de la “extrema derecha”. A mí me parece, qué quieren que les diga, una vez licuadas las ideologías y las ilusiones políticas, que los discursos de nuestros representantes, encerrados en su caverna particular de Carrera de San Jerónimo donde dan rienda suelta a abucheos y risas –y vaya carcajadas–, pataleos y silbadas, se parecen no sólo en el agravio y el descalificativo, sino en su extrema pobreza de contenido y su enconada y constante huida de la excelencia. La diferencia de logros y conquistas de nuestro escenario político y sus responsables es la misma que va de la potencia al acto, si excluimos del recuento de las acciones que provocan los desabridos bostezos que causan en los circunstantes. Yo huélgome de verlos con tan buena salud, tan orondos y trajeados, y responder a la alcachofa a la salida del hemiciclo con sonrisa tan profiláctica.

Ahora ya no se habla de ideología, sino de sensibilidad de izquierdas o de derechas: yo tengo mucha sensibilidad en las plantas de los pies. Tampoco se oye hablar ya de pensamiento, sino de talante: un profesor de ciencias naturales y dibujo que tuve en 6º de EGB, “El Peti”, tenía muy mal talante y disposición para la docencia y el muy salvaje tiraba a los alumnos de la patilla y mandaba a los muchachos a por paquetes de BN al quiosco en mitad de la clase, aunque dudo mucho que aquello tuviera que ver con ningún signo político. Él estaba calvo y se peinaba al estilo ensaimada, a lo Anasagasti. Tampoco se quedaba atrás mi compañero Angulo, que llevaba revistas porno a clase y en mitad de una de las lecciones de “El Peti” donde nos enseñaba a colorear a un tucán le clavó como un puñal la punta del compás en la espalda a Hugo, sin que allí pasara nada, salvo que manara la sangre como en las corridas y la bulla general. Alguno, como Salvador, se sacó el carnet del partido, pero no me acuerdo si le hizo saltar a alguno los dientes por los aires. Creo que no.

Más pendientes de salvar su imagen y de garantizar la impunidad de cualquiera de sus actos, nuestros políticos de uno y otro bando se repiten y se parecen, hechos copia unos de otros, espiándose y amenazando con denunciarse. La estandarización de los tiempos proyectada por la globalización reproduce hasta los ejemplos aducidos en los debates televisivos y baraja de los necios y los brillantes cierres de intervención: acuérdense, tras enseñar gráficas y agitar dossieres, de la niña de Rajoy y el buenas noches y buena suerte de Zapatero, que sonaba a aquello que decían nuestros mayores de… “que Dios te ampare”. Mientras, la casa sin barrer, más de 1.200.000 familias en paro, el sistema de financiación incapaz de remontar la crisis como ya han hecho otros países como Francia y Alemania, pero a ellos qué les importa.

Si el Estado es, para Platón, la razón ampliada del individuo y nuestro sistema está gobernado por estas castas políticas, elegidas en virtud no de sus cualidades, sino de su capacidad de resistencia, obsesión insaciable por el Poder, servidumbre al líder e imperturbabilidad y ausencia de sonrojo ante las más furibundas acusaciones, no creo equivocarme al aventurar que ya hemos entrado en el mundo al revés del carnaval. Cortesanos, mamporreros, semitontos y perrillos de falda que hacen procesión como los fieles a Lourdes, a Nuestra Señora de los Milagros de Génova o de Ferraz. Un mondo alla riversia donde los más ineptos consiguen sus propósitos por la falta de una vigilancia institucional y de una regulación del sistema de promoción político. Imagínense un cuerpo de inspectores de intachable moral supervisando cientos de dossieres de nuestros políticos y desechando a aquellos sorprendidos en comportamiento sospechoso: el Congreso estaría prácticamente vacío.

No sé por qué tengo la sospecha de que el ser político en nuestros días no es algo de lo que uno tenga que sentirse orgulloso; no sé por qué me imagino que el sistema corrupto tiene unos mecanismos de regulación para dar continuidad a la mentira estructural y el ocultamiento. La Constitución afirma que votar es un deber y una obligación para el ciudadano, pero con semejante caterva partitocrática, una de dos: tratamos de renovar el método de regulación y sustituirlo por el del meritoriaje curricular… o lo veo muy mal en los próximos años. Una España amiga de lo trivial, cada vez más condescendiente y acomodaticia, de cañita, palmadita en la espalda, sonrisa impostada y qué se le va a hacer, que hay que currar, comer, dormir y reproducirse. Ah, y fútbol los domingos, que juega el Real Madrid o el Atletic. Fredric Jameson define claramente nuestro tiempo en sus lúcidos ensayos al hablar de “su reducción al presente, la pérdida de percepción de la historia y su continuidad”.

¿La política no debería ser también pedagogía? “Deberíamos ser más cuidadosos porque nos hacemos los unos a los otros”, le dice Barnes (Ralph Richardson) al pequeño Phillipe en El ídolo caído (The Fallen Idol, 1948), excepcional filme de Carol Reed escrito por Graham Greene a partir de su propia novela. El aserto me trae a las mientes aquel refrán de “dime con quién andas y te diré quién eres”; luego te los encuentras riendo por los pasillos y haciéndose guiños. Nuestra clase política también se va haciendo y de qué forma, y el hemiciclo se va pareciendo cada vez más al patio de Monipodio, a un teatro decadente cuya función, extinguidos completamente los grandes lances de ingenio y destreza de oratoria, se va repitiendo, una y otra vez. Quizá, después de todo, los conceptos revolucionarios –como la noción de sociedad civil– ya no sean relevantes en la era de la globalización y del mercado mundial. Falta de caudal, que diría mi amigo Quevedo.

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