Leo en los periódicos que el pavoroso incendio en los alrededores de Los Ángeles “se ha cobrado la vida de dos personas”. Luego se especifica que se trataba de dos miembros del servicio de extinción que sufrieron un accidente de tráfico cuando se dirigían al lugar del incendio.
Es evidente que si no se hubiera producido ese incendio, probablemente no hubiera ocurrido el lamentable fallecimiento de los dos trabajadores. Me recordó el atroz accidente de Los Alfaques, en 1978, cuando un camión cisterna cargado de propileno explotó en la carretera junto al camping y acabó con la vida de 243 personas. Estadísticamente estas muertes se apuntaron en el “haber” de la siniestralidad vial, a pesar de que ninguno de los fallecidos en el camping estaba ni siquiera en la carretera. También en este caso es evidente que, si no se hubiese producido un accidente de tráfico en la N-340, no hubiesen fallecido las personas alojadas en el camping.
Viene todo esto a cuento por la facilidad con que los medios de comunicación e incluso los poderes públicos colocan o quitan de las casillas correspondientes las cifras estadísticas según conviene. Y lo que es más grave aún: se determina como “causa” o “responsable” la circunstancia que mejor se adapta a las tesis que se quieren demostrar, olvidando que en todos los accidentes intervienen una enorme cantidad de circunstancias, de manera encadenada e inseparable. Interesa decir que la causa de un accidente ha sido el exceso de velocidad cuando ese exceso es sólo un elemento determinante, pero nunca único: la impericia, el estado de la calzada, la capacidad psicomotriz del conductor reducida por el alcohol, drogas o medicamentos, el estado del vehículo y sus componentes, la señalización… todos estos elementos y algunos más son responsables del accidente. Sin embargo, la acción policial para reducir la siniestralidad sólo se dirige hacia uno o dos de estos factores y casi siempre de manera tergiversada y mediática.

Siguiendo con esa interpretación de la estadística a favor de nuestra tesis que desde tiempo inmemorial viene utilizando la DGT se acaba de escribir un capítulo más, que ha sido recogido con enorme éxito por la mayoría de los medios de comunicación. Todos hemos podido leer que este verano el número de fallecidos en accidente de tráfico ha sido de 377, la cifra más baja desde 1963. Como en toda interpretación, no se falta a la verdad; pero también, como en toda interpretación, (obsérvese que prefiero no hablar de manipulación) se oculta que los índices de siniestralidad no han cesado de disminuir desde que existen datos estadísticos. En aquel año de 1963, hubo 398 muertos para un parque automovilístico de 1,7 millones de vehículos. Es decir, una cifra de siniestralidad de 234 muertos por millón de vehículos. Esta cifra ha descendido a 125 mpm (muertos por millón) en el año 1978, a 92 mpm en el año 1989 y ha sido en este año de 2009 de 12,16 mpm. Es decir, en este periodo, la siniestralidad es 200 veces menor que en aquellos años del inicio del desarrollo, con los Seat 600 por nuestras carreteras.
Afortunadamente, la mejoría de los sistemas de seguridad, de las carreteras, de la formación de los conductores, la mayor conciencia social y sin duda el endurecimiento de las penas, han reducido el número de accidentes hasta niveles equiparables al de otros países de nuestro entorno, e incluso más bajos que en Francia o Italia si tenemos en cuenta que a la cifra del parque automovilístico hay que sumar muchos millones de coches extranjeros que también participan en el tráfico.
Que nadie pues saque pecho, se apunte medallas o presuma de políticas acertadas para la consecución de este logro. Desde hace 50 años los españoles vamos aprendiendo a conducir mejor, con mejores coches y mejores infraestructuras. Hay quien sigue diciendo que con más miedo también se reduce la siniestralidad y que “la letra con sangre entra”. Tal vez sea cierto, pero hay otras alternativas por las que muchos preferimos apostar, conscientes de que no hay una única manera de obtener buenos resultados.
José María Cernuda
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