La mejor liga del mundo
sábado 05 de septiembre de 2009, 16:57h
A cualquier hora del día o de la noche, en la radio o la televisión, hay alguien en España hablando de fútbol. De ningún asunto poseemos una información tan completa y actualizada. No es sólo que podamos asistir como espectadores a cualquier partido de la competición, en todas sus categorías, es que conocemos cuanto sucede en los clubes, la opinión de entrenadores, árbitros y masajistas, lo que hacen y dicen las estrellas, etc. La situación del equipo nacional, por ejemplo, suscita más preocupación que el colapso de la justicia o el fracaso del sistema educativo. También suele más concienzuda la manera de abordarla. Si no supiéramos que se trata de un deporte y un espectáculo, pensaríamos que el fútbol es primordialmente un tema de conversación, el más apasionante de todos, el más universal, tan lleno de incitaciones que nadie aquí puede sustraerse a su hechizo. ¿A qué responde todo esto?
Yo no soy la persona más adecuada para responder a la pregunta. A mí el fútbol no me interesa en absoluto. Como espectáculo me parece pueril y reiterativo, una suerte de eterno retorno de lo mismo soportable en raciones mínimas y espaciadas, aunque no en las dosis de choque habituales; como tema de conversación, soporífero y previsible hasta la estupidez. No pienso que el fútbol sea un horror superior a cualquier baloncesto, concurso televisivo, serie de médicos forenses o programa del corazón, pero sí algo por el estilo, algo muy insulso, muy plano, incompatible con una mente refinada y, en rigor, con cualquier mente en general. El entusiasmo que genera entre las masas tampoco creo que añada nada a su favor, al revés, demuestra su rango inferior entre las distracciones humanas, pues las masas siempre prefirieron aquello que las alivia del tedio sin exigirle ninguna perfección.
Hasta hace poco esto era algo sabido. Pan y circo, se decía. Pero las masas ya no ocupan un lugar secundario en el escenario social, ni hay dictadores a los que culpar de sus defectos. Son ellas las que dominan el cotarro y las que saturan el espacio público hasta el punto de que sin su apoyo no hay poder ni influencia. Opinión pública e índice de audiencia son categorías en trance de hibridación. Quizás por eso las aficiones de la masa han adquirido un repentino prestigio y pasatiempos que antes se juzgaban triviales suscitan hoy más atención que las cosas más graves. Igual ocurrió en Roma con la lucha de gladiadores y en Bizancio con las carreras de carros.
Ortega decía que el nivel histórico y político de un país depende de lo que sea su hombre medio. Ese nivel se ha elevado innegablemente en España en los últimos años. La elevación ha coincidido con la libertad y la prosperidad. Por desgracia, mucho de lo que se ha hecho ha sido simple maquillaje. Entre Sancho Panza y el actual gourmet las diferencias son menos profundas de lo que parece. En este último se aprecia sin duda cierta voluntad de refinamiento, una elegancia de nuevo cuño, pero también importantes dosis de pedantería, señal de que los cambios son superficiales. Igual pasa con el fútbol. No me refiero al juego en sí mismo, sino a lo que lo rodea. El tono general de locutores y comentaristas apenas puede ser más pedante. La afectación ha llegado al punto de que cualquier lance del juego da pie a profundas reflexiones estratégicas, genera complejas estadísticas y suscita comentarios de una jactancia inusitada. En cualquier otro ámbito, salvo el académico, tanta retórica sería la ruina. Pero no en el fútbol. Aquí todo se eleva a la enésima potencia. Los jugadores son héroes, los clubes imperios en guerra, la competición una epopeya y los periodistas deportivos Homeros con acento argentino. El peso social del fútbol es tan grande que, ocurra lo que ocurra en el país, los telediarios dedicarán un espacio similar al último entrenamiento del Barcelona o del Madrid. Hasta los clubes se han crecido tanto que no se conforman con el negocio deportivo y quieren tener, además de escudo, bandera e himno, su propia lengua oficial. Desde luego se trata de cosas de la época, manifestaciones de una nueva mentalidad, aunque conviene saber que, utilizada de cierta manera, no hay ninguna diferencia entre la fuente de Cibeles y el viejo pilón.
A nuestra sociedad le interesa lo que piensa el futbolista acerca de las cosas, mas no lo que piensa el pensador; le interesa lo que sabe el futbolista, pero no lo que sabe el sabio; le interesan las pasiones del futbolista, pero no las del poeta o el artista. Sus ideas y opiniones, los hechos de su vida, sus gustos tienen más cobertura informativa y mayor influencia pública que los de cualquier otra persona, excepción hecha quizá del famoso, gremio al que pertenece con pleno derecho y con el que comparte devoción popular. La cosa es así y no tiene remedio, pero es una cosa muy triste, pues tristes son sin duda el achabacanamiento y la trivialidad, las dos columnas sobre las que se sostiene el ídolo del fútbol y todos los ídolos cuyo culto rebaja y embrutece.