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Desconfianza y Administración

viernes 11 de septiembre de 2009, 20:30h
Los ciudadanos pueden desconfiar de la moralidad de los órganos superiores del Estado; de hecho, es saludable dicha desconfianza en una Democracia y, precisamente, las democracias se fundan antropológicamente en esa desconfianza cívica, acrisolada por infinitas malas experiencias. Pero de lo que no pueden desconfiar jamás es de la competencia del Estado y del conocimiento supremo institucionalizado en la Administración del Estado, supremum corpus scientiarum omnium. El saber y el poder se unifican en el Estado, haciéndose el Estado una institución que sabe por esencia y naturaleza. El Estado esencialmente sabe. Saber es su función primordial.

Y si para el ciudadano el saber y el Estado no coincidiesen, sin duda, se desmoronaría el entero edificio social, ya que es el saber el que fundamenta el poder del Estado. Lo legitima y, lo que es más importante, lo dota de justificación. La racionalidad difusa e infusa en toda la sociedad moderna se concentra en la Administración del Estado. Y si el Estado cimienta y corona el edificio social es porque es la identidad suprema del Saber y el Poder. El ciudadano puede desconfiar de la moralidad del Estado (y eso ya es mucho, sería en sí una catástrofe política que liquidaría el régimen, aunque no el Estado), pero es metafísicamente imposible que desconfíe, en tanto que ciudadano, del saber del Estado.

Ahora bien, si los órganos superiores comenzasen a comportarse por un extraño hechizo brujeril de forma incompetente, imprevisible y alocada durante un largo período de tiempo (5 años, 6 años, ¡7 años!), es lógico pensar que los órganos directivos de la Administración del Estado se resintiesen, y hasta podrían incluso perder ocasionalmente el norte por puro contagio o contaminación con los de arriba. Eso le puede ocurrir, efectivamente, hasta a un hipersistema tan compacto y sólido como el Estado. Ahora bien, el Derecho Administrativo se traduce en la previsibilidad del poder político, y si su actuación cayese en la imprevisibilidad de la ignorancia se barrería toda la seguridad jurídica.

Y eso parece que ha ocurrido algunas veces durante esta travesía de pánico bajo la galerna furibunda de esta crisis económica huracanada que zarandea inmisericorde la nave del Estado (otra vez la metáfora de Alceo). ¿Puede un Estado resistir impasible las continuas acometidas intelectuales de Zapatero, Presidente sin duda de proficuo ingenio y timonel de atrevidos brazos? Sólo sociólogos muy duchos y expertos de enorme prestigio en Derecho Administrativo (este es un gobierno que desde el principio tiende a zafarse de las regulaciones del Derecho Administrativo) podrían responder a esta ardua cuestión. Pero que el Estado ya comienza a resentirse con la locura zapateril es un hecho absolutamente indubitable.

Si para los ciudadanos sólo está prohibido lo que está bien definido por la ley, para la Administración y sus agentes sólo es lícito lo que está indicado por las normas.

A mayor previsibilidad del gobierno, mayor confianza de los ciudadanos hacia el gobierno, y mejores condiciones ambientales para salir de la crisis. Lo previsible tranquiliza, aunque sea duro.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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