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Un maestro universitario

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 14 de septiembre de 2009, 16:09h
La temprana reedición de las Obras Completas –fenómeno raro en la historia y en los usos y costumbres del libro español- del egregio constitucionalista castellano D. Manuel García Pelayo –obra rectorada, como tantas empresas bibliográficas de igual porte, por un funcionario benemérito y, como tal, en la más pulcra tradición española, ignorado, el aragonés Ricardo Banzo Alcubierre- hace ocasionada, junto con otros lances del día, la evocación del que fuese el primer presidente del Tribunal Constitucional de la reciente época de la vida española. Los cuatro volúmenes de las mencionadas O. C. constituyen, amén de otras cosas, un prodigio de la inteligencia y la voluntad en su manifestación más descollante. Un océano de conocimientos siempre bien regimentados y embridados, una crítica indesmayablemente buida, una exposición tersa, sólo franqueada al pálpito íntimo en muy contadas pero deslumbrantes veces (¿Se contará, v. gr., en toda la selvática literatura de nuestro último conflicto civil una viñeta más rezumante de calor humano y fuerza descriptiva que la narración –con admirable elusión del yoísmo- de uno de los episodios militares más significativos de la última fase de la contienda?). Sobre tales columnas, resulta asombrosamente lógico que la recopilación del quehacer intelectual ahora de nuevo llevada a cabo se ofrezca como uno de los edificios más monumentales de toda la arquitectura cultural española del siglo XX, ciertamente, no escasa en ellos…

Sin duda también son muchos los adjetivos meliorativos –en las reprobables fronteras, incluso, de lo bombástico- utilizados en el parágrafo anterior para calificar la producción bibliográfica de uno de los creadores más sugestivos de la politología hispana o, más exactamente, hispanoamericana, dada su absorbente atención por la vida pública contemporánea del Nuevo Continente. Un adusto, casi híspido zamorano como él, los hubiera rechazado, pues, al fin y a la postre, su obra fue tan sólo la realización plenificante de una vocación universitaria impuesta a vacilaciones y debilidades propias y a constreñimientos y limitaciones ajenas. Con todo, sin embargo, la lectura de cualquier página de su vasto viaje por el cosmos de la sabiduría y práctica política del mundo occidental provoca irrefrenablemente la loa y reconocimiento sinceros ante la honestidad y agudeza de un gigante del espíritu. Mas aquí, por descontado, no se pretende ni siquiera tangentear el corpus intellectualis del autor, entre otros libros igualmente memorables salidos de su pluma en la España del primer franquismo, El reino de Dios como arquetipo político. En la arrancadera –digamóslo así, en ejercicio del castellano de dos mundos y, sobre todo, del ardido mejicanismo del catedrático por largo tiempo de la Universidad Central de Venezuela- del curso académico 2009-10, quizá ningún estímulo más positivo para su azarosa trayectoria que el reproducir, cara, sobre todo, a los alumnos que se sientan atraídos por ejercer un día la enseñanza, al final de la autosemblanza del gran maestro: “ No he suscrito nunca la idea del “intelectual comprometido”, que en la práctica se ha mostrado como intelectual alienado, con frecuencia arrepentido, y cuyo resultado ha sido la pérdida de auctoritas de la que gozó en tiempos no lejanos (…)Abierto a distintas perspectivas, sensible a los problemas de nuestra época (…)mantengo, sin embargo, ciertos criterios y actitudes que no van con los habituales de nuestro tiempo: tengo muy poca confianza en los trabajos de equipo, tampoco confío mucho en congresos, simposio, coloquios, etc., ni suelo acudir a conferencias, cocktails, presentaciones de libros o actos de análoga naturaleza (…),he preferido ser señor de mis propias tareas a menestral de las ajenas y, por consiguiente, nunca he estado en oferta permanente. En una palabra, he procurado evadirme de los engranajes que la actualidad impone a la actividad intelectual (…) Pero, precisamente por ello, me considero como ejemplar de una especie histórica, de una forma de vida intelectual que, habiendo tenido presencia en la historia occidental desde el siglo XVII, está hoy en curso de extinción”.

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