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La Mesa del Rey Salomón

miércoles 16 de septiembre de 2009, 19:33h
De entre las muchas leyendas que tienen que ver con Toledo, hay una que destaca especialmente. Y no solo por lo fascinante de la historia en sí, sino por lo documentada que está. Entre otros muchos, se hacen eco de ella Flavio Josefo, Procopio de Cesarea o Ibn Hayan. La leyenda en cuestión hace referencia a una mesa muy especial que, dicen, perteneció al mismísimo rey Salomón. En ella, el hijo de David habría dejado plasmado todo el conocimiento del Universo que entonces se tenía, así como la fórmula de la creación y el nombre verdadero de Dios: en hebreo, “Shem Shemaforash”, -“que no puede escribirse jamás”-. De ahí que el supuesto contenido gráfico de la mesa estuviera formado por complejos jeroglíficos para cuya comprensión haría falta conocer en profundidad la Cábala.

El valor de la mesa, por tanto, sería incalculable. Más si tenemos en cuenta la descripción que de ella se hace en las crónicas y textos que la mencionan; estaría recubierta de oro y piedras preciosas, sobre todo esmeraldas. Ello la convertiría en uno de los objetos más codiciados de la historia. Los judíos lograron esconderla de Nabucodonosor cuando los persas arrasaron Jerusalén, pero no tuvieron tanta suerte durante la otra gran destrucción del templo por las legiones de Tito, quien se la llevó a Roma. Allí se la apropiarían los godos al saquear la Ciudad Eterna en el año 410. Sus últimos portadores serían los visigodos, que cruzarían con ella los Pirineos tras sacarla de la fortaleza de Carcasona. La pista se pierde en España, y más concretamente en Toledo.

Cuando Tarik entra por Gibraltar en el año 711 lo hace con ánimo de conquista, pero viene también con el firme propósito de hacerse con la Mesa. Aquí las crónicas difieren en el lugar donde el caudillo moro la encontró, oscilando entre Alcalá de Henares, Medinaceli o la legendaria Cueva de Hércules en Toledo. Lo cierto es que un objeto tan valioso no podía pasar desapercibido para el jefe de Tarik, Muza, que la reclamó. Dilucidarían su disputa ante el califa de Damasco, aunque ni Tarik, ni Muza ni la Mesa -si es que realmente llegó a salir- volvieron a España.

Su desaparición bien podría achacarse a Don Rodrigo, último rey de la España visigoda, a quien perdió la curiosidad. Cuentan que el monarca abrió un recinto sagrado -que algunos sitúan cerca de Zocodover, la llamada “Casa Cerrada”- que llevaba siglos clausurado. Cada uno de los 24 reyes visigodos anteriores había añadido un cerrojo, para asegurarse de que el secreto seguía a salvo. Don Rodrigo no pudo resistirse y abrió la puerta, si bien lo que había tras de ella no le gustó nada: se trataba de un lienzo en el que las fuerzas cristianas bajo estandarte real visigodo eran derrotadas por las de Tarik. Al lado se hallaba la Mesa, así como las 24 coronas de sus antecesores. ¿Verdad o leyenda? La respuesta, en Toledo, todo un tesoro en sí mismo.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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