Los siervos de las civilizaciones
jueves 17 de septiembre de 2009, 21:52h
Leyéndole a mi hija en voz alta sobre la sociedad en la antigua Creta Minoica en el libro ‘La Cultura Griega’ (‘The Life of Greece’, 1939) de Will Durant (1885-1981) –filósofo, historiador y escritor estadounidense – me topé con una frase que me hizo reflexionar; reza más o menos así: “Es igual de difícil iniciar una civilización sin pillaje que mantenerla sin esclavitud”. Pensando en las civilizaciones antiguas esta afirmación de Durant es obvia, pero a primera vista no parece tan aplicable a la civilización contemporánea occidental, o al menos, uno preferiría pensar que no es aplicable a nuestro tiempo. Comenté la frase con un amigo, y me dijo que no debería leerle cosas así a mi hija, le pareció cruel y duro, y totalmente impensable que a día de hoy existieran esclavos en Occidente. Pero ¿existen o no?
Cualquier imperio de cualquier tiempo en el que piense: China, Egipto, Roma, España, Inglaterra… se construye sobre el pillaje de otros pueblos y tierras que no pudieron hacer frente al extranjero agresivo. Luego, la riqueza y la grandeza del imperio efectivamente se mantienen con el trabajo gratuito o semi-gratuito de los desheredados. El imperio de hoy día ya no es tanto una nación (a EE.UU. de América se le puede considerar el imperio del momento, aunque las cosas hayan cambiado), como las grandes compañías y los bancos; y quizás sí podamos imaginar que la riqueza de estos nuevos imperios se construya sobre el trabajo semi-gratuito de unos esclavos modernos que a primera vista no lo parecen.
Cuando enseñaba español a ingenieros norteamericanos de Delphi Automotive Systems (una filial de General Motors), me contaban mis alumnos que cotizaban para la pensión de la vejez dentro del sistema organizado por la empresa: si después de 20 años trabajando para la empresa la abandonaban, perdían automáticamente la cotización de los 20 años anteriores y se quedaban con el culo al aire; por esto no solían cambiar de empresa, no convenía. Estaban amarrados de pies y manos. La hipoteca que usamos para comprar la casa, el coche, el barco, nos vuelve siervos del banco que nos la dio; en la antigua Rusia los ricos poseían tierras y almas, casi todos eran siervos de la tierra, en Occidente de hoy, casi todos somos siervos de los bancos. Los funcionarios son siervos de los estados. Y en Japón, las empresas te premian si te casas con un compañero de trabajo.
Las cosas no han cambiado tanto después de todo, pero el humano del siglo XXI se ha vuelto más sutil en su perversión, más sigiloso. Y aunque nos resistamos a ver la realidad si difiere de nuestros ideales, las cosas son como son, y el ser humano nunca ha sido un angelito filántropo, y probablemente nunca llegue a serlo. Cuanto antes nos demos cuenta, mejor sabremos hacerle frente a la vida tal y como es.