Me temo que lo que voy a escribir, lo que llevo pensando desde hace algún tiempo, me va a proporcionar más de un coscorrón. Estoy dispuesto a rectificar si se me convence y entonar el “mea culpa” si ello fuera menester; pero no por ser sabio, sino por puro sentido común.
Esta es la tesis que planteo a la reflexión: el AVE es un despilfarro difícilmente justificable en la inmensa mayoría de los casos. Recuerdo que pocos días después de inaugurarse la Expo de Sevilla en 1992, el embajador de Alemania en España dijo algo así como “es una maravillosa exposición y es una lástima que en Alemania no nos podamos permitir este lujo”.
Guido Brunner, a quien nadie podrá nunca acusarle de oponerse al AVE y a la Expo, ponía el dedo en la llaga al decir de manera tan sutil que aquella faraónica muestra era un despilfarro descomunal que difícilmente podía permitirse, desde la razón, una economía como la española. Desde la pasión y desde la política no sólo podía permitirse, sino que se permitió.
Hace pocos días, en un viaje entre Madrid y Barcelona en un magnifico AVE, reflexionaba sobre lo maravilloso que es el tren de alta velocidad y el avance que supone para el desarrollo de un país. Todo eran caras de felicidad entre los pasajeros y yo mismo no era ajeno a esa alegría compartida.
Sin medios para llevar a cabo un análisis en profundidad, deduje que aproximadamente la mitad de los viajeros se desplazaban a Barcelona por causas diferentes al trabajo: por el horario, porque muchos estaban acompañados por su pareja y por niños e incluso por los generosos equipajes, poso usuales entre quienes hacen un ida y vuelta para resolver un tema de trabajo.
Así que, de las 300 personas más o menos que viajábamos, unas 150 se desplazaban a 300 kilómetros por hora, en un artefacto mecánico maravilloso, de 325 toneladas de peso y consumiendo unos 16.000 watios por cada kilómetro recorrido.
Lamentablemente, RENFE ya no oferta plazas entre Madrid y Barcelona que no sean de alta velocidad, por lo que, se quiera o no se quiera, cada día, hay centenares de personas que en desplazarse entre las dos ciudades más populosas de nuestro país consumen toneladas de petróleo, que han de transformarse en energía eléctrica para llegar a Barcelona o Madrid en algo menos de 3 horas ¿Cuántos de estos pasajeros necesitan verdaderamente consumir esta energía para llegar a su destino dos horas antes?
Somos fervorosos partidarios de la velocidad. Consideramos que es un bien en sí misma, que ha permitido el acercamiento de los pueblos y la comunicación y el conocimiento de culturas y personas. No se concibe el siglo XX, ni el siglo XXI sin la movilidad que ha proporcionado el automóvil, el avión y el ferrocarril. La incorporación del ferrocarril a la movilidad veloz ha sido también otro de los logros de la segunda mutad del siglo XX. Pero sinceramente creo que se está cometiendo un error al sustituir la red de ferrocarril por otra red de alta velocidad.
El AVE es magnífico para desplazamientos medios que precisen de movilidad muy rápida, pero tiene un coste energético muy elevado que sólo se justifica cuando esa velocidad es beneficiosa. Para un viaje de placer, de vacaciones o incluso de trabajo sin una prisa imprescindible, debería utilizarse un medio de transporte con menos coste energético. Además, algunos de los proyectos en marcha o en estudio para la implantación de la alta velocidad van a convertirlo en un tren de cercanías, con paradas cada quince minutos. Y es precisamente en la aceleración cuando se produce el mayor consumo energético.
En definitiva: tenemos que aprender a usar el AVE en términos de eficiencia, pero lamentablemente, ni RENFE ni los poderes públicos lo van a permitir. Es demasiado atractivo, demasiado moderno para ser utilizado con criterios de responsabilidad. Por cierto: la candidata del Partido Socialdemócrata de Portugal, Manuela Ferreira Leite tampoco tiene muy claro que sea el mejor momento para la generalización del AVE entre su país y España.
La próxima semana hablaremos de lo que dio de sí el Salón de Frankfurt, en el que todos los fabricantes han coincidido en que los coches eléctricos son solo un producto de imagen.
José María Cernuda
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